3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año
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Imagina que eres teletransportado a Auschwitz, 1944. Tienes diez minutos con los prisioneros. ¿Qué les dirías?
Deja que el peso de esa pregunta repose por un momento.
En la porción de la Torá de esta semana, encontramos una profunda enseñanza sobre la conexión humana y la verdadera naturaleza del liderazgo, una que transforma la manera en que podríamos afrontar esta oportunidad imposible.
En los capítulos iniciales de Éxodo, somos testigos del rápido descenso del pueblo judío hacia un sufrimiento insoportable. Los decretos económicos iniciales del Faraón contra los judíos escalan hasta un genocidio a gran escala, dirigido a cada bebé judío varón en un intento de asesinar al futuro redentor de Israel. Contra todo pronóstico, Moshé emerge ileso, salvado por la propia hija del Faraón y, de manera irónica, es criado en el palacio del mismo Faraón.
Aunque protegido dentro de los muros del palacio y con su identidad judía oculta al Faraón, Moshé sale para presenciar el sufrimiento de su pueblo. La descripción de la Torá de este momento encierra una verdad profunda: “Cuando Moshé creció, salió a sus hermanos y (וירא בסבלתם) vio en sus cargas.(1) Esta expresión peculiar (no que vio sus cargas, sino que vio en sus cargas) llama la atención de Rashi. La aparentemente superflua letra bet (ב) (que significa “en”) nos enseña que Moshé no se limitó a observar su sufrimiento; se sumergió en él: “Puso sus ojos y su mente para compartir su angustia”. El futuro líder de Israel no comenzó con discursos, sino con el profundo acto de vinculación emocional.
Todos hemos atravesado grandes luchas en la vida. Piensa en la persona que más te ayudó en uno de esos momentos. ¿Te bombardeó con consejos? ¿Te aseguró estoicamente que todo estaría bien?
Años atrás sufrí una pérdida devastadora y un rabino a quien apenas conocía se puso en contacto conmigo. Cuando se abrió y habló de haber enfrentado las mismas luchas, sentí que mi mundo se expandía. Ya no estaba solo. La subida cuesta arriba de pronto se volvió posible porque tenía un aliado que realmente comprendía mi dolor. Me sacó de la desesperación no con soluciones, sino mediante la cualidad elevada de la empatía.
Esta cualidad de empatía profunda, lo que nuestros Sabios llaman nosé beol, cargar con la carga del prójimo, trasciende la mera simpatía. Rav Shlomo Wolbe la identifica como la forma más elevada del logro humano, la cualidad que más se asemeja a los atributos Divinos. Él explica que cuando entramos verdaderamente en el dolor del otro, iluminamos su sufrimiento y su soledad con esperanza y calidez. Entonces ocurre algo milagroso: aligeramos su carga sin necesidad de decir una palabra ni ofrecer soluciones.
Teniendo en cuenta esto, ¿cuáles son las palabras correctas para decirle a alguien en Auschwitz? Ninguna. Al menos no al principio. Antes de hablar, primero debemos experimentar y apreciar el sufrimiento de nuestros hermanos. Solo después de establecer esta conexión de dolor compartido podemos comenzar a hablar de esperanza y de la redención futura.
¿Qué le sucede a alguien que domina esta cualidad elevada? Cuando Dios se aparece a Moshé en la zarza ardiente, el texto nos dice que “Dios vio que Moshé se apartó para ver”. El Midrash(2) revela un significado más profundo: Dios vio que Moshé se había apartado de su vida privilegiada como príncipe para compartir el sufrimiento de su pueblo. Fue este acto de empatía radical (elegir abandonar su comodidad para compartir verdaderamente el dolor de su pueblo) lo que lo hizo digno de convertirse en su redentor.
La próxima vez que un cónyuge, amigo, familiar o compañero de trabajo comparta su dolor contigo, detente. Resiste el impulso inmediato de ofrecer soluciones. En cambio, practica el arte sagrado de nosé beol: entra en su mundo, comparte su carga y crea un espacio donde la sanación pueda comenzar de manera natural a través del poder de la empatía genuina.
Esta no es simplemente una técnica para ofrecer consuelo. Como nos enseña la historia de Moshé, es el fundamento mismo de la redención. En un mundo a menudo marcado por la desconexión y la simpatía superficial, la práctica de la empatía profunda se vuelve nada menos que revolucionaria. A través de ella, no solo sanamos el dolor individual, sino que participamos en el proceso gradual de la reparación del mundo, acelerando la llegada del día de la redención final.
Inspirado en las enseñanzas de Rav Beryl Gershenfeld
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