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En contra de sus dioses

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Bo (Éxodo 10:1-13:16 )

por Rav Jonathan Sacks

La novena plaga, oscuridad, está envuelta en su propia oscuridad.

¿Qué hace aquí esta plaga? Parece fuera de secuencia. Hasta aquí hubo ocho plagas, y cada una se fue volviendo firme e inexorablemente más grave. Las dos primeras (el Nilo transformado en sangre y la infestación de ranas), parecieron más presagios que otra cosa. La tercera y la cuarta (piojos e insectos y animales salvajes), provocaron incomodidad, no crisis. La quinta, la plaga que mató al ganado, afectó a los animales pero no a los seres humanos.

La sexta plaga, úlceras y llagas, nuevamente provocó incomodidad, pero más grave. Ya no era una molestia externa, sino una aflicción en el cuerpo. (Recuerda que Job perdió todo lo que tenía, pero sólo comenzó a maldecir su suerte cuando su cuerpo se llenó de llagas – Job 2). La séptima y la octava, granizo y langostas, destruyeron el grano de Egipto. Ahora, tras perder los granos, además de haber perdido el ganado en la quinta plaga, ya no tenían alimentos. Pero todavía faltaba la décima plaga, la muerte del primogénito, en retribución a que el faraón asesinara a los niños israelitas. Eso sería lo que eventualmente quebraría la decisión del faraón.

Por lo tanto, hubiéramos esperado que la novena plaga fuera algo realmente grave, algo que amenazara a la vida humana, incluso si no le ponía fin de inmediato. En cambio, lo que leemos parece un anticlímax.

Dios le dijo a Moshé: Extiende tu ,mano hacia los cielos y habrá oscuridad sobre la tierra de Egipto y la oscuridad se hará más densa". Moshé extendió su mano hacia los cielos y hubo oscuridad de tinieblas en toda la tierra de Egipto durante un período de tres días. Ningún hombre pudo ver a su compañero, y nadie se levantó de su lugar durante tres días. Pero para los hijos de Israel hubo luz en todas sus moradas" (Éxodo 10:21-23)

La oscuridad es una molestia, pero no más que eso. La frase "la oscuridad se hará más densa", sugiere qué fue lo que sucedió: un jamsín, una tormenta de arena de una clase conocida en Egipto, que puede durar varios días, provocando que el aire esté lleno de arena y polvo que oculta la luz del sol. Un jamsín por lo general se produce por un viento del sur que llega a Egipto desde el desierto del Sahara. La peor tormenta de arena por lo general es la primera de la estación, en el mes de marzo. Esto encaja con la fecha de la plaga, que ocurrió poco antes de la muerte del primogénito, en Pésaj.

La novena plaga sin duda fue inusual en su intensidad, pero no fue un evento de una clase completamente desconocida para los egipcios, en ese entonces o en la actualidad. ¿Por qué entonces figura en la narración de las plagas, justo antes de su clímax? ¿Por qué no tuvo lugar al comienzo, como una de las plagas menos severas?

La respuesta se encuentra en una línea de "Daieinu", la canción que forma parte de la Hagadá: "Si Dios hubiera juzgado en su contra [de los egipcios], pero no lo hubiera hecho contra sus dioses, habría sido suficiente". Dos veces la Torá se refiere a esta dimensión de las plagas:

"Yo pasaré por la tierra de Egipto en esta noche y mataré a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el hombre hasta la bestia. Y a todos los dioses de Egipto ejecutaré juicios. (Sólo) Yo soy Dios Eterno" (Éxodo 12:12)

"Los egipcios estaban sepultando a sus primogénitos, que Dios había abatido, y contra sus dioses Dios ejecutó juicios" (Números 33:4)

En primer lugar, no todas las plagas estuvieron dirigidas contra los egipcios. Algunas estuvieron dirigidas contra cosas que ellos idolatraban. Ese fue el caso de las dos primeras plagas. El Nilo era personificado en el antiguo Egipto como el dios Hapi y era idolatrado como la fuente de fertilidad en una región desértica. En las épocas de inundaciones hacían ofrendas al Nilo. Las inundaciones mismas eran atribuidas a una de las mayores deidades egipcias, Osiris. Los egipcios pueden haber asociado la plaga de ranas con Heket, la diosa que creían que asistía en los partos como partera, y que era descripta como una mujer con cabeza de rana.

Las plagas no sólo buscaban castigar al faraón y a su pueblo por el maltrato a los israelitas, sino que también venían a demostrar la omnipotencia de los dioses en los cuales creían. Lo que estaba en juego en esta confrontación era la diferencia entre el mito (en el cual los dioses eran meros poderes que había que domesticar, propiciar o manipular), y el monoteísmo bíblico, en donde la ética (justicia, compasión, dignidad humana) constituye el punto de encuentro entre Dios y la humanidad.

El simbolismo de estas plagas, que a nosotros a menudo se nos pierde, sería aparente de forma inmediata ante los egipcios. Dos cosas quedan claras ahora. La primera es por qué los magos egipcios no se sorprendieron en absoluto. Ellos lo malentendieron como la obra de las deidades egipcias, porque creían que a veces se enojaban con el pueblo y se vengaban.

Lo segundo es el simbolismo diferente que las dos primeras plagas debían tener para los israelitas, y para nosotros. A igual que en la décima plaga, estos no fueron meros milagros para demostrarle a Israel el poder de Dios, como si la religión fuera la arena de los gladiadores donde gana el dios más fuerte. Su significado era moral. Ellas representaron lo más fundamental de todos los principios éticos, declarado en el pacto noájico con las palabras: "El que vierta la sangre del hombre, por el hombre su sangre será vertida" (Génesis 9:6). Esta es la regla de la justicia retributiva, medida por medida: tal como tú hagas, eso te harán a ti.

Al ordenar primero a las parteras matar a todos los bebés varones israelitas, y luego, al fracasar ese plan, ordenar: "A todo niño varón que nazca arrójenlo al Nilo" (Éxodo 1:22), el faraón transformó lo que debían ser símbolos de vida (el Nilo, que alimentaba la agricultura egipcia, y las parteras) en agentes de muerte. Que el río se transformara en sangre, y que ranas similares a Heket infestaran la tierra, no eran aflicciones tan terribles, sino más bien una comunicación codificada, diciéndoles a los egipcios: la realidad es una estructura ética. Miren lo que se siente cuando los dioses que dirigieron en contra de los israelitas se vuelven en su contra. Si las usan para malos fines, las fuerzas de la naturaleza se vuelven en contra del hombre, por lo que lo que él haga se lo harán a él. Hay justicia en la historia.

Y por eso llegamos a la décima plaga, para la cual todas las otras plagas fueron un mero preludio. A diferencia de todas las otras plagas, su significado fue revelado a Moshé incluso antes de que partiera a su misión, cuando todavía vivía con Itró en Midián:

Entonces dirás al faraón: Así dijo Dios: "Israel es Mi hijo primogénito. Yo te he dicho que dejes partir a Mi hijo para que me sirva. Si te niegas a dejarlo ir, he aquí que mataré a tu hijo primogénito" (Éxodo 4:22-23).

Mientras que las dos primeras plagas fueron representaciones simbólicas del asesinato egipcio de los niños israelitas, la décima plaga fue la promulgación de la justicia retributiva, como si el cielo les estuviera diciendo a los egipcios: ustedes cometieron, apoyaron o aceptaron pasivamente el asesinato de niños inocentes. Sólo hay una forma para que lleguen a entender el mal que hicieron: que ustedes mismos sufran lo que hicieron a otros.

Esto también ayuda a explicar la diferencia entre las dos palabras que la Torá usa regularmente para describir lo que Dios hizo en Egipto: otot umoftim, "señales y maravillas". Estas dos palabras no son dos maneras de describir lo mismo: milagros. Ellas describen dos cosas bastante diferentes. Un mofet, una maravilla, de hecho es un milagro. Un ot, una señal, es otra cosa: un símbolo (como los tefilín o la circuncisión, que también son llamados ot); es decir, una comunicación codificada, un mensaje.

El significado de la novena plaga ahora es obvio. El mayor de los dioses en el panteón egipcio era Ra o Re, el dios del sol. El nombre del faraón que a menudo se asocia con el éxodo, Ramsés II, significa meses, "hijo de" Ra, el dios del sol. Los egipcios creían que su pueblo era dirigido por el sol. Su gobernador humano, el faraón, era una criatura semi-divina, el hijo del dios del sol.

Al comienzo del tiempo, de acuerdo con el mito egipcio, el dios del sol gobernaba junto con Nun, las aguas primigenias. Eventualmente hubo muchas más deidades. Entonces Ra creó a los seres humanos con sus lágrimas. Sin embargo, al ver que eran engañosos, envió a la diosa Hathor para destruirlos. Sólo unos pocos sobrevivieron.

La plaga de la oscuridad no fue un mofet, sino un ot, una señal. La obstrucción del sol señaló que hay un poder mayor que Ra. Sin embargo, lo que la plaga representaba no era tanto el poder de Dios sobre el sol, sino el rechazo de Dios de una civilización que convirtió a un hombre, al faraón, en un gobernante absoluto (hijo del dios sol), con la capacidad de esclavizar a otros seres humanos, y de una cultura que podía tolerar el asesinato de niños porque eso fue lo que había hecho el mismo Ra.

Cuando Dios le dijo a Moshé que dijera al faraón: "Mi hijo primogénito, Israel", le estaba diciendo: Yo soy el Dios que se preocupa por Sus hijos, no uno que mata a Sus hijos. La novena plaga fue un acto de comunicación Divina que dijo: no existe sólo oscuridad física sino también oscuridad moral La mejor prueba de una civilización es ver cómo trata a los niños, a los propios y a los ajenos. En una época de familias quebradas, de niños abandonados y pobres y, todavía peor, de niños que son utilizados como instrumentos de guerra, esta es una lección que todavía debemos aprender.

Shabat Shalom




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