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En una encrucijada

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05/05/2014 | por Rav Najman Zakon

Con gratitud a los jóvenes que lucharon por nuestra libertad.

La ruta 90 es la autopista más larga de Israel, extendiéndose desde Eilat en el sur hasta la ciudad fronteriza de Metula, en el norte del país. Este año, con deseos de disfrutar las despampanantes flores salvajes y los maravillosos ríos y arroyos, mi esposa y yo partimos hacia el norte.

Ahora volvíamos a casa, manejando por la ruta 90.

Unos diez minutos después de Kiriat Shemoná, pasamos por un cruce casi imperceptible llamado Tzómet Cóaj, traducido como 'El cruce de los 28'. Hice un giro abrupto para salir de la autopista; a unos pocos kilómetros del camino principal había un lugar que teníamos que visitar: Nebi Yusha, en donde 28 jóvenes judíos, incluyendo a mi primo Eliézer, fueron asesinados en la víspera del nacimiento de Israel.

Probablemente nunca has escuchado sobre Nebi Yusha. No es un lugar visitado por los turistas extranjeros; incluso los israelíes rara vez llegan allí. Sin embargo, el hecho de que miles de habitantes del norte israelí vivan allí y de que los israelíes puedan manejar por la parte norte de la ruta 90 es, al menos en parte, resultado de lo que ocurrió en Nebi Yusha hace 65 años.

Cuando los británicos gobernaban la región conocida como Palestina, construyeron fuertes de policía en todo el país. Nebi Yusha era uno de ellos. Puedo entender fácilmente su ubicación estratégica. Desde el fuerte de la cima de la montaña (en la actualidad una estación israelí de policía fronteriza) uno tiene una visión panorámica de la parte alta de Galilea y del Valle Hula, además de una clara visión de la ruta 90 atravesando una porción importante del país en ambas direcciones. Claramente, quien fuera que controlara el fuerte determinaría si el área sería judía o árabe.

Cuando el polvo se asentó, los 22 habían sido asesinados por fuego enemigo.

Cuando los británicos evacuaron Palestina en 1948, ellos entregaron Nebi Yusha a los árabes. Veintidós jóvenes miembros del Palmaj (una unidad del ejército no oficial judío en ese entonces), fueron enviados a conquistarlo. Veintidós jóvenes en contra de una fortaleza de piedra.

El objetivo era establecer una tierra patria para el pueblo judío a la sombra del aún reciente Holocausto y esos hombres hicieron lo que tenían que hacer. Para cuando el polvo se asentó, los 22 habían sido asesinados por fuego enemigo. Sus cuerpos fueron dejados a la intemperie en la ladera.

Se realizaron otras dos ofensivas para arrebatar Nebi Yusha de manos árabes. Murieron seis soldados más del Palmaj, pero en menos de un mes la batalla había sido ganada. La parte alta de Galilea y Metula pasó a ser parte integral del incipiente Estado de Israel. 28 hombres habían muerto.

Después de la batalla final, los restos de los cuerpos fueron recuperados y enterrados en un kéver ajim, una 'tumba de hermanos', en la ladera al costado de la fortaleza, conocida ahora como El cruce de los 28. Un grupo de hermanos juntos en vida, y juntos en la muerte.

Orgullo y logro

Mi esposa y yo nos paramos cerca de la tumba en donde, junto a sus camaradas, está enterrado mi primo Eliézer. Rodeados por la quietud del bosque, recitamos Salmos, profundamente conmovidos por la santidad del lugar. Leímos los nombres escritos en el monumento erigido como memorial y nos sorprendimos al descubrir que Eliézer tenía tan sólo 17 años de edad. La mayoría de los demás tenía entre 18 y 19 y el mayor 26.

Iom Hazikarón es el Día del Recuerdo en Israel, el día previo a Iom Haatzmaut, el día de la Independencia Israelí. La nación recuerda a esos muchachos y a los miles como ellos, que dieron su juventud y sus vidas. Pero, como mi madre solía decir, en el judaísmo no hay un Día de la Madre: el Día de la Madre es todos los días.

Lloramos con los corazones rotos de esas madres que enviaron a sus hijos y nunca los vieron volver.

Parados junto a la fosa común nos dimos cuenta que, en Israel, todos los días deberían ser Iom Hazikarón, el Día del Recuerdo. Lloramos con los corazones rotos de esas madres que enviaron a sus hijos a defender nuestra tierra y nunca los vieron volver. Recordamos a esos jóvenes apreciando y celebrando el legado que nos dejaron: el grandioso regalo llamado Israel.

Para algunos puede ser la alegría de una tierra patria en la que viven millones de judíos. Para otros, el orgullo de que el país esté a la vanguardia mundial en medicina, ciencia, tecnología y, también, bondad (jésed). Para muchos, el Estado de Israel es la fuente de conexión con la identidad judía y un significativo despertar espiritual.

Lo que sea que nos deleite de este país y sus logros, no lo demos por sentado. Recordemos el sacrificio, sacrificio que honramos disfrutando de la existencia de Israel.

Todo día puede ser el Día del Recuerdo y todo día puede ser una celebración de independencia. Todo día puede ser una oportunidad para apreciar la gloriosa tierra patria que Dios nos dio.





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