Una madre y sus hijos en el refugio antibombas en Israel

17/06/2025

3 min de lectura

Mientras caen misiles y suenan las sirenas, una madre abraza a sus hijos en el cuarto seguro, y encuentra, en medio del miedo, destellos de esperanza.

Anoche fue surrealista. Otra vez.

Con mi familia nos acurrucamos en nuestro refugio o 'cuarto seguro', mi corazón latía con fuerza mientras abrazaba a mi hijo de cuatro años, con sus ojos inocentes llenos de preguntas. Afuera, resonaba el ya familiar rugido de los misiles. Sirenas desde todas las direcciones, lejanas y cercanas.

Él preguntó: “¿Por qué estamos aquí otra vez exactamente?”

Le di la misma respuesta tranquilizadora de siempre: que cuando suena la sirena, nos reunimos para rezar por los soldados. Pero incluso él pudo sentirlo: esto no era sólo un simulacro ni otro “evento”. Había en el aire una clase diferente de miedo.

Un silencio cargado se extendía entre las explosiones. Lo sentíamos: las ventanas que temblaban, los golpes sordos que subían desde el suelo, el profundo y estomacal estruendo del impacto.

No era sólo ruido, era vibración. Física. Primal. Como si la misma tierra estuviera reaccionando.

Y entonces, rezamos. Hice lo que siempre hago cuando no tengo respuestas: canté.

Junto con mis hijas y mi pequeño, cantamos Shemá Israel y Adon Olam. La melodía nos envolvía como una coraza protectora.

Giré hacia mi hija mayor y le susurré: “Feliz cumpleaños”.

Catorce años atrás, en esta misma noche, ella nació. Lo recuerdo claramente. Estaba en trabajo de parto, al borde de algo nuevo. Y justo como anoche, canté.

De algún modo, la melodía ayuda a traer cosas al mundo. Conforta, conecta y abre algo profundo dentro de uno.

Anoche, incluso en medio del caos, sentí ese mismo trasfondo: no sólo miedo, sino movimiento. Un cambio. No era sólo una sirena. Se sentía como el parto otra vez.

Mis hijos en el cuarto seguro

Un dolor diferente

Esta mañana la sensación sigue siendo rara. Surrealista. Como si estuviéramos deslizándonos a otra realidad, una que creíamos haber dejado atrás con el Covid.

Escuelas cerradas. Programas cancelados. Niños deambulando por la casa en pijama. Todo de nuevo en línea: clases por Zoom, cuentos virtuales, distracciones digitales tratando de reemplazar la estructura.

Y estamos pegados a nuestros teléfonos. Esperando actualizaciones. Reenviando enlaces. Preguntando cómo están los demás. Tratando de mantenernos humanos en un tramo de tiempo que se siente muy inhumano.

Ya hemos estado aquí antes. Sin embargo… no. Esto es nuevo, más pesado.

Nacer en la oscuridad

Hay una antigua idea judía de que antes de que algo grande nazca, el mundo tiembla. Contracciones, confusión, momentos de caos… a menudo es lo que precede a la transformación.

El parto no se trata sólo de dolor, se trata de progreso. Cada contracción significa que estás más cerca del momento del nacimiento.

Tal vez eso es lo que es también este momento. Quizás el miedo que sentimos no es sólo una muralla… es un umbral. Estamos parados justo al borde de algo que empieza a emerger.

La historia no es aleatoria. Quizás este sea el comienzo de algo más grande de lo que podemos ver.

Algo de lo que estamos siendo invitados, no forzados sino invitados a ser parte.

¿En qué nos estamos convirtiendo?

Todos llevamos una imagen de nosotros mismos, de quiénes somos, qué podemos soportar, dónde están nuestros límites. Pero en estos meses, esas imágenes han sido puestas a prueba.

Y ahora, se nos pide que nos estiremos otra vez. Que sostengamos más de lo que creíamos posible. Que encontremos una fuerza que no sabíamos que teníamos.

En el cuarto seguro, con las explosiones aún resonando, miré a mis hijos y sentí esa sensación familiar que he tenido durante el parto: esto duele, pero algo está por salir. No te rindas ahora.

Pensé en el mundo, en el pueblo judío, en la unidad, el dolor, el sacrificio.

En cómo el guion parece estar cambiando, no por accidente sino por diseño. Un momento en que el miedo puede convertirse en claridad. Donde la pérdida puede convertirse en despertar.

Susurré, no sólo a mis hijos, sino al cielo fuera: “Fortalécenos. Que este dolor signifique algo. Que lleguemos a ser quienes estamos destinados a ser”.

Estamos cansados. Pero seguimos aquí.

Seguimos cantando.

Seguimos apareciendo.

Seguimos abrazándonos unos a otros, y aferrándonos a algo más grande, algo que no siempre podemos nombrar, pero que sentimos profundamente.

Gracias, Dios, por la fuerza para seguir adelante.
Por los milagros.
Por el amor que aún fluye por esta nación rota y hermosa.
Por las canciones que nos sostienen.
Por las lágrimas que hacen espacio para algo nuevo.

Estamos listos para el renacimiento.
De nosotros mismos.
De nuestro pueblo.
De este mundo herido y anhelante.

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Mayra
Mayra
7 meses hace

Amén , si , algo bello va a surgir después de la oscuridad del túnel viene el reaplandor...y lo van , veremos todos..ahora es incertidumbre pero la emunah mueve montañas y donde esta esa arma nuclear se va a llegar por que no hay montañas qué no se muevan con emunah y lo que es imposible para el hombre es posible para EL...confiemos

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