Masacre en un evento de Janucá en Australia


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Hace un año visité por primera vez Auschwitz, donde mi bobe entró a la cámara de gas llevando en brazos a su nieto más pequeño. ¿Qué encontraría allí?
Viajé con 70 mujeres fuertes en una travesía hacia ese surrealista planeta de muerte y devastación. Me pidieron que liderara un grupo hacia este lugar donde el ser humano descendió al abismo más oscuro, aunque nunca antes había puesto un pie allí. ¿Cómo me sentiría? ¿Qué pensaría?
Nací de las cenizas del Holocausto. Llevo el nombre de la madre de mi abuelo, mi bobe Rebetzin Slova Jana. Nunca pude escucharla cantarme una canción de cuna, sentir sus caricias ni ver su sonrisa. Ella dejó este mundo al entrar a una cámara de gas con su nieto más pequeño en brazos. Sus últimas palabras antes de ser asesinada fueron “Shemá Israel”.
Al estar en las puertas de Auschwitz, supe que me acercaba a la distancia física más cercana que jamás habría tenido con mi bobe. De alguna manera, sentí su alma flotando sobre mí. ¿Estaba esperando que la llamara, que le contara mi historia, que compartiera lo que sucedió con sus descendientes?
Quería gritar a viva voz: “¡Bobe, estoy aquí! Vine a encontrarte, a escucharte, a sentir tu presencia y llevarla de regreso conmigo a casa”.
Me esforcé para mirar las montañas de maletas detrás de los vidrios. ¿Acaso mi familia había escrito su nombre en las maletas, como lo habían hecho otros con tanta inocencia, pensando que iban a asentarse y desempacar?
Las pilas de cabellos, los miles de gafas entrelazadas, y la interminable montaña de zapatos. ¿Acaso algo de eso perteneció a mi bobe, a mis abuelos, mis primos, mis tías y tíos?
Al tocar los innumerables nombres de los que murieron en Auschwitz, suspendidos desde el techo, descubrí páginas y páginas de mis familiares. Cientos de Jungreis, demasiados para contarlos. Me dolía el corazón.
¿A dónde va todo el dolor?

Después de caminar por las habitaciones donde les rapaban la cabeza, les rociaban desinfectante y se dispensaba gas venenoso, finalmente tropecé con la luz del sol. Parecía imposible pensar que hubiera rayos de sol en un lugar donde en un momento las cenizas bloqueaban la luz del sol.
Ahora estamos aquí nuevamente. Masacrados. Vilipendiados. Odiados. Violados. Secuestrados. A nuestros hijos los hacen sentir no bienvenidos e indeseados.
Gritan lemas: “Sólo hay una solución”.
Oímos que “nunca más” es ahora. ¿Realmente ha cambiado nuestro mundo desde que mi bobe caminó hacia el valle de la muerte?
Reuní al grupo de mujeres y compartí mis emociones:
Escúchenme. Soy un milagro ambulante.
Si hubieran estado allí, viendo a mi bobe con el bebé en brazos mientras los nazis con sus uniformes, rifles en mano, hacían marchar a los judíos hacia las cámaras de gas, ¿qué habrías pensado? Si tuviéramos que hacer una apuesta, ¿quién crees que viviría y quién desaparecería?
No había forma de que esa anciana bobe sobreviviera. La mayoría diría que el judío es quien desaparecería de la faz de la tierra.
Sin embargo, aquí estoy. Llevo con orgullo el nombre de mi bobe. Ella sigue viviendo a través de mí. Creó un legado de toda una vida. Triunfó. Parece imposible, pero esta es la definición de fe.
Y aquellos que intentaron exterminarnos, ya no están.
Nuestra historia continúa.
Pueden quemarnos.
Pueden dispararnos misiles.
Pueden gritarnos. Escupirnos. Acusarnos falsamente.
Pueden tratar de destruirnos, negar nuestra cultura, nuestras raíces y nuestra herencia.
Pero nosotros desafiamos todo eso.
Entendí que había encontrado a mi bobe, por quien recibí mi nombre. Su espíritu vivió en mi corazón todo este tiempo. Ella está conmigo.
Nuestra nación, el pueblo judío vive. Am Israel Jai.
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