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Al entender los diez mandamientos, podremos entender también el origen y la obligación de las mitzvot.
El medio a través del cual Israel obtiene el bien para el cual Dios creó el universo son los mandamientos. Si Adam hubiera cumplido su único mandamiento (no comer del árbol), entonces habría alcanzado de inmediato esta meta. Como no lo hizo, necesitamos numerosos mandamientos.
Es por esta razón que la Torá contiene muchos mandamientos. Así se enseña: “Dios quiso beneficiar a Israel; por lo tanto, les dio abundancia de Torá y mandamientos”. La esencia de la Torá son sus mandamientos.
Básicamente hay dos clases de mandamientos. En algunos lugares, la Torá ordena cierta acción. Este es un mandamiento positivo u obligatorio (mitzvá asé). En otros lugares, la Torá prohíbe cierta acción. Este es un mandamiento negativo o prohibitivo (mitzvá lo taasé). Existe una tradición de que Dios incluyó 613 mandamientos en la Torá. De ellos, 248 son positivos, mientras que 365 son negativos.
Sin embargo, muchos de estos mandamientos tratan de las leyes de pureza y sacrificio, y por lo tanto sólo eran aplicables cuando el Templo Sagrado estaba en pie en Jerusalén. Por ello, de todos los mandamientos, sólo 369 aplican hoy. De estos, 126 son positivos y 243 son negativos.
Incluso de estos, muchos sólo corresponden a casos o circunstancias especiales. El número total de mandamientos que aplican a todos bajo todas las condiciones es 270. De estos, 48 son positivos y 222 son negativos.
Todos los mandamientos, incluyendo sus interpretaciones y leyes, fueron dados a Moshé durante los 40 días que pasó en el Monte Sinaí. Dios le dijo a Moshé: “Sube hacia Mí al monte y quédate allí. Te daré tablas de piedra, así como la Torá y los mandamientos que he escrito, para que los enseñes” (Éxodo 24:12). Todo nos fue dado en el Sinaí.
Hubo numerosos mandamientos que se conocían desde antes. Los siete mandamientos universales (“noájidas”) fueron dados a Adam y Nóaj. Más tarde, la circuncisión fue dada a Abraham, y una ley dietética de no comer el nervio ciático (guid hanashé), fue dada a Iaakov. El hijo de Iaakov, Judá, instituyó el matrimonio por levirato (ibum). Leyes detalladas de matrimonio y divorcio fueron dadas a Amram en Egipto.
No aprendemos leyes de actos hechos antes de la revelación en el Sinaí.
A los israelitas también se les dieron otras leyes antes de llegar al Monte Sinaí. Las reglas del Shabat les fueron dadas inicialmente cuando recibieron el maná. Asimismo, las leyes respecto al honor debido a los padres y ciertas regulaciones judiciales fueron dadas en Mará, poco antes de que llegaran al Sinaí.
Sin embargo, la autoridad final de todos los mandamientos fue su revelación en el Sinaí. En cuanto los israelitas entraron en este pacto con Dios, quedaron sujetos únicamente a la Torá revelada por Moshé. En ese momento quedaron absueltos de todos los mandamientos previos. Por ello no aprendemos leyes de actos hechos antes de la revelación en el Sinaí.
Por lo tanto, aunque la Torá encarnaba leyes anteriores y fue escrita durante un período de 40 años, todos sus mandamientos se volvieron obligatorios en el instante de su aceptación en el Sinaí. Como religión, el judaísmo no evolucionó, sino que surgió de una vez con la revelación en el Sinaí.
Los israelitas aceptaron la Torá tanto mediante un juramento como mediante un pacto.
Al presentar la Torá a los israelitas, Moshé los obligó con un juramento. Este juramento fue hecho por todo Israel en el Monte Sinaí. Este es eternamente vinculante para todas las generaciones futuras.
El pacto consistió en tres elementos. Primero, la circuncisión de todos los varones, justo antes del Éxodo. Segundo, la inmersión de todo el pueblo justo antes de la revelación en el Sinaí. Tercero, ofrecieron sacrificio. Fue mediante esto que los israelitas declararon: “Haremos y escucharemos” (Éxodo 24:7).
Cuando un gentil se convierte al judaísmo, debe aceptar todos los mandamientos, del mismo modo que lo hicieron originalmente todos los israelitas.
Cada vez que un gentil se convierte al judaísmo, en esencia repite este juramento y pacto. Él debe aceptar sobre sí mismo todos los mandamientos, y luego, si es varón, ser circuncidado. Tanto varones como mujeres deben luego sumergirse en una mikvé válida. De este modo, entran en un pacto tal como lo hicieron los israelitas originalmente.
Fue este juramento y pacto lo que estableció la relación especial entre Dios e Israel para siempre. Moshé dijo: “Ustedes están hoy firmes delante de Hashem su Dios… para entrar en el pacto y en el juramento que Hashem su Dios concierta hoy con ustedes. Hoy los confirmará como Su pueblo, y Él será su Dios, como juró a sus padres, Abraham, Itzjak y Iaakov. No sólo con ustedes hago este pacto y juramento… sino también con los que no están hoy aquí con nosotros” (Deuteronomio 29:9-14).
La Torá y sus mandamientos fueron dados únicamente a Israel. Así está escrito: “La Torá nos la ordenó Moshé, herencia de la congregación de Iaakov” (Deuteronomio 33:4). De manera similar, “[Dios] declaró Su palabra a Iaakov, Sus decretos y leyes a Israel; no lo ha hecho con ninguna otra nación” (Salmos 147:19-20).
Por lo tanto, ninguna ley que aparece en la Torá es obligatoria para otro pueblo que no sea Israel. Las únicas excepciones son las leyes universales (noájidas), que según la tradición son obligatorias para toda la humanidad. Esto suele indicarse mediante redundancias especiales en la Escritura, donde el mandamiento se repite específicamente para los gentiles.
No existe ningún caso en el que la ley sea más estricta para los gentiles que para un judío. Hay algunas excepciones a esta regla general, pero todas ellas están regidas por tradiciones específicas.
Uno de los fundamentos de nuestra fe es la afirmación de que los mandamientos fueron dados para todos los tiempos. Así está escrito: “Las cosas reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para cumplir todas las palabras de esta Torá” (Deuteronomio 29:28).
Está prohibido añadir o quitar cualquier mandamiento de la Torá.
Por lo tanto, está prohibido añadir o quitar mandamientos de la Torá. Así está escrito: “Todo lo que Yo les ordeno, cuidarán de hacerlo. No añadirán a ello, ni quitarán de ello” (Deuteronomio 13:1). Incluso está prohibido interpretar un mandamiento de modo que se añada una prohibición no incluida en la tradición.
Dios dio al Sanedrín el poder de legislar nuevas leyes cuando fueran necesarias. Estas leyes se llaman “mandamientos rabínicos” (mitzvot de-rabanán). Sin embargo, al legislar, el Sanedrín debía tener sumo cuidado de distinguir su legislación de las leyes reales de la Torá. Hay diferencias importantes en la severidad entre los “mandamientos rabínicos” y los mandamientos de la Torá (mitzvot de-oraita).
Los Diez Mandamientos sirvieron como introducción a los demás mandamientos. Ellos contienen la esencia de toda la Torá.
Los Diez Mandamientos habían formado la base de la moralidad y de la religión incluso en los tiempos de los Patriarcas. Ellos contienen los principios fundamentales necesarios para la supervivencia del pueblo judío, tanto religiosa como éticamente.
Dios reunió a todo el pueblo de Israel al pie del Monte Sinaí y proclamó públicamente los Diez Mandamientos. Luego fueron escritos en dos tablas de piedra. Estas tablas fueron colocadas en el Arca Sagrada, que finalmente se guardó en el Kódesh Kodashim (Santo Sanctorum) en el Templo.
Fue mediante los Diez Mandamientos que el pacto fue sellado. Así está escrito: “[Dios] proclamó Su pacto, el cual les ordenó guardar: los Diez Mandamientos, y los escribió en tablas de piedra” (Deuteronomio 4:13).
En algunos lugares, las Tablas fueron llamadas “Tablas del Pacto” (luchot ha-brit). Esto indica que contienen las palabras mediante las cuales el pacto del Sinaí fue sellado. En otros lugares, se llaman “Tablas del Testimonio” (luchot haedut), ya que son un testimonio tangible y permanente de la existencia de este pacto. Las Tablas representaban la realidad física del pacto, la relación especial entre Dios e Israel.
La lectura de los Diez Mandamientos fue originalmente incluida en la liturgia diaria. Sin embargo, hubo herejes que afirmaron que sólo estos diez mandamientos realmente fueron dados por Dios. Debido a ellos, la lectura fue eliminada. Además, se legisló que no se leyeran como parte de ningún servicio público. Aunque los Diez Mandamientos tienen una importancia cardinal, todos los mandamientos fueron dados por Dios y son esenciales para el judaísmo.
El significado principal de los mandamientos es el hecho de que fueron dados por Dios mismo. Por lo tanto, son el único medio mediante el cual podemos acercarnos a Él y cumplir Su propósito en la creación.
Los mandamientos hacen que el judaísmo sea más que una simple filosofía religiosa. Es un modo de vida que implica acción y observancia, más que una mera confesión de fe.
Los mandamientos definen una lógica superior, Divina.
Los mandamientos deben observarse porque fueron dados por Dios, y no porque la lógica lo exija. Los mandamientos mismos definen una lógica superior, como está escrito: “Los preservarán y los llevarán a cabo, pues eso constituye la sabiduría y el discernimiento de ustedes ante los ojos de las naciones" (Deuteronomio 4:6).
De igual modo, los mandamientos no deben cumplirse por un gusto personal, sino por su origen divino. Aprendemos que uno no debe abstenerse de comer cerdo porque este le repugna, sino porque Dios lo prohibió.
Asimismo, está prohibido cumplir cualquier mandamiento como un amuleto supersticioso de buena suerte. En ningún caso los mandamientos fueron dados para nuestro propio placer material.
Los mandamientos pueden dividirse en dos categorías: decretos (jukim) y leyes éticas (mishpatim).
Las leyes éticas son necesarias para la preservación de la sociedad. Como tales, proporcionan la base para la estructura moral del judaísmo.
Los decretos de Dios (jukim) son mandamientos para los cuales no hay una razón aparente. En cierto grado, sirven para poner a prueba nuestra lealtad a Dios al observar Sus mandamientos incluso cuando no están dictados por la lógica.
Existe también una tercera categoría, a medio camino entre las dos anteriores, conocida como “testimonios” (edut). Estos no tienen una base moral, pero son inherentemente lógicos en la medida en que sirven para recordarnos verdades religiosas importantes o eventos clave de nuestra historia. En este grupo se incluyen las diversas festividades, así como mandamientos que dan “testimonio” de los conceptos fundamentales del judaísmo.
Incluso cuando no se conoce la verdadera razón de un mandamiento o ley, debemos esforzarnos por comprender sus beneficios y simbolismo. Más aún, incluso cuando se conoce la razón básica de un mandamiento, debemos intentar entender la lógica de sus leyes detalladas.
No podemos basarnos en la razón aparente para cambiar una ley.
Sin embargo, incluso cuando se conoce una razón aparente para un mandamiento, no podemos basarnos en esa razón para cambiar o restringir una ley. Esto es cierto aun cuando la razón se especifica en la Torá, ya que puede haber otras razones no reveladas. También es posible que las leyes impliquen argumentos sutiles, no fácilmente comprendidos por la lógica o la experiencia.
Asimismo, está prohibido imponer a Dios cualquier razón que intentemos dar a Sus mandamientos. Así, por ejemplo, Dios ordenó que cuando alguien encuentra un nido de ave, debe alejar a la madre antes de tomar los huevos o crías. Sin embargo, está prohibido rezar para que Dios nos tenga misericordia así como tuvo misericordia de un nido. Cualquier razón que podamos dar a un mandamiento, por muy lógica que sea, queda corta frente a la infinitud de su significado.
Por esta razón Dios no incluyó las razones de los mandamientos en la Torá, ni las reveló a ningún mortal en este mundo, salvo a Moshé. De haber sido reveladas, una comprensión imperfecta de tales razones y de la propia naturaleza de la persona habría llevado a la gente a hacer excepciones personales indebidas a los mandamientos.
Por lo tanto, debemos ser igualmente cuidadosos en observar todos los mandamientos de Dios. Profesar creer en una Torá revelada divinamente, y al mismo tiempo escoger mandamientos según el propio juicio, es pretender ser mayor que Quien los dio.
Dios es inherentemente perfecto, y por lo tanto es obvio que Él no dio ninguno de los mandamientos por Sus propias necesidades. Así está escrito: “Si eres justo, ¿qué le das a Él? ¿Qué recibe de tu mano?” (Job 35:7).
Por lo tanto, debemos concluir que Dios dio los mandamientos con un motivo puramente altruista, para el exclusivo bien de los receptores. Así está escrito: “Guarda los mandamientos de Dios… para tu propio bien. He aquí, los cielos pertenecen a Dios… junto con la tierra y todo lo que hay en ella” (Deuteronomio 10:13,14).
Los mandamientos fueron dados, por lo tanto, como un medio a través del cual Dios podría cumplir Su propósito altruista en la creación, y son principalmente para beneficio de quienes los observan. Así está escrito: “Dios nos ordena guardar todos estos decretos… para nuestro bien eterno. Y será justicia para nosotros si observamos y guardamos todos estos mandamientos delante de Dios, como Él nos lo ordenó” (Deuteronomio 6:24,25).
Dado que los mandamientos fueron dados para el beneficio último del hombre, fueron hechos lo suficientemente difíciles como para presentar un desafío, pero no tan difíciles como para hacer su observancia excesivamente gravosa. Dios dijo: “Este mandamiento que te doy hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos” (Deuteronomio 30:11).
Al dar los mandamientos, Dios tuvo en cuenta la falibilidad del hombre. Así se enseña que “la Torá no fue dada a los ángeles ministeriales”. Los mandamientos fueron concebidos de manera que el hombre no los encontrara imposibles de observar. “Dios no actúa como un tirano hacia Sus criaturas”.
El beneficio principal de las mitzvot es acercar a la persona a Dios.
Los mandamientos más difíciles, por lo tanto, no son aquellos que implican nuestra relación con Dios, sino los que se requieren para mantener una sociedad ordenada. No es Dios quien hace que los mandamientos sean difíciles, sino la debilidad moral del hombre.
El beneficio inmediato principal de los mandamientos está en el ámbito espiritual: obedecerlos acerca a la persona a Dios. Cada mandamiento actúa como un alimento para el alma, fortaleciéndola y aumentando la fortaleza espiritual de la persona.
Por el contrario, el pecado disminuye la perfección de la persona y lo separa de Dios. Así está escrito: “Sus iniquidades son las que hacen división entre ustedes y su Dios” (Isaías 59:2).
El pecado es, por lo tanto, como veneno para el alma. Las prohibiciones de la Torá fueron dadas por Dios para protegernos de este veneno espiritual.
Así como Dios creó un sistema autosuficiente de leyes físicas, también creó un sistema autosuficiente de leyes espirituales. Dios concibió la creación de modo que el bien del hombre no venga como una recompensa por su acción, sino como resultado directo de ella. Así está escrito: “La justicia guarda al de camino íntegro, pero la maldad trastorna al pecador” (Proverbios 13:6).
Cada acto humano se refleja, por lo tanto, espiritualmente en lo alto. Las propias acciones del hombre son el medio que genera la cercanía espiritual que constituye su recompensa final.
En una escala universal, los mandamientos sirven para cumplir el propósito de Dios en la creación. De este modo, ellos intensifican la relación de Dios con Su universo.
Por lo tanto, los mandamientos conducen a la manifestación de la unidad absoluta de Dios en el universo, incluso en el mundo físico.
Israel se convierte, de este modo, en el medio a través del cual la esencia de Dios se revela más fuertemente en el mundo. Así está escrito: “[Dar] fortaleza a Dios es el deber de Israel, Su orgullo” (Salmos 68:35).
Aunque la persona promedio no lo perciba, los mandamientos sirven al propósito más elevado en el plan de Dios para la creación. Son una parte esencial del drama cósmico invisible a través del cual este plan se cumple.
Por lo tanto, si una persona comprende la verdadera naturaleza espiritual del universo, incluyendo la naturaleza del bien y del mal, entenderá fácilmente el significado de todos los mandamientos. Esta fue la manera en que los Patriarcas comprendieron la Torá antes de que fuera dada y, en gran medida, observaron todos sus mandamientos. Esta es también la razón por la cual las verdaderas razones de todos los mandamientos serán obvias en el Mundo Venidero, cuando toda la verdad será revelada.
Aunque el beneficio principal de los mandamientos está en el plano espiritual, ellos también proporcionan muchísimos beneficios mundanos.
Un gran número de mandamientos tratan de la relación del hombre con su prójimo, y son necesarios para la preservación de una sociedad armoniosa. Así, la base de la Torá es el principio: “Lo que no te gusta que te hagan, no lo hagas a tu prójimo”. Está escrito: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18), y se enseña que esta es la regla principal de la Torá. Asimismo, está escrito: “Sus caminos son caminos agradables, y todas sus sendas son de paz” (Proverbios 3:17).
Los mandamientos rituales tienen el propósito de santificar nuestras vidas y acercarnos a Dios. Ellos penetran cada rincón de la existencia de una persona, santificando incluso los actos más humildes y elevándolos al servicio de Dios.
Las mitzvot santifican cada aspecto de la vida: comer, vestirse y los negocios.
La multitud de leyes que regulan incluso actos tan mundanos como comer, beber, vestirse y hacer negocios, santifican cada faceta de la vida, recordándonos constantemente nuestra responsabilidad hacia Dios.
Cada mandamiento sirve para hacernos más santos y divinos. Antes de observar muchos mandamientos, recitamos una bendición que incluye las palabras: “Que nos santificó con Sus mandamientos”. Dios dijo: “Recordarán y cumplirán todos Mis mandamientos, y serán santos para su Dios” (Números 15:40).
Los numerosos rituales asociados con la vida diaria también sirven para enseñar autodisciplina. Así se enseña: “Cuando Israel se ocupa de la Torá y los mandamientos, domina su deseo, y no es dominado por él”. Asimismo, está escrito: “Recordarán todos los mandamientos de Dios y los guardarán, y no irán detrás de su y corazón y de sus ojos, por los cuales se desvían” (Números 15:39).
Los mandamientos también sirven para mantener la identidad del pueblo judío, separándolos de los gentiles. Respecto a muchas leyes, Dios declara: “Yo soy Hashem su Dios, que los he apartado de las naciones” (Levítico 20:24).
Los numerosos rituales también brindan oportunidades de observancia comunitaria y de fraternidad. De esta manera, los individuos pueden identificarse con la comunidad en general.
Los mandamientos también sirven para unificar al pueblo judío recordándoles constantemente su historia única. Está el recordatorio constante: “Para que recuerdes el día en que saliste de Egipto todos los días de tu vida” (Deuteronomio 16:3). Además, recordar nuestra historia única también nos recuerda nuestras responsabilidades únicas.
Los mandamientos también cumplen una función pedagógica, transmitiendo las enseñanzas de Dios de una generación a otra. La Torá declara que los israelitas deben recordar los mandamientos: “Para que sus hijos, que no han conocido, oigan y aprendan a temer a Hashem nuestro Dios” (Deuteronomio 31:13). Asimismo, está escrito: “[Dios] dio un mandato solemne a Iaakov, y estableció una ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que enseñaran a sus hijos, para que lo supieran las generaciones futuras, los hijos que aún han de nacer; y estos, a su vez, lo repitan a sus hijos” (Salmos 78:5,6). Esto es de máxima importancia, ya que sólo esta transmisión constante puede garantizar la continuidad de nuestra fe.
Por lo tanto, los mandamientos actúan como un mecanismo de supervivencia, permitiendo que el judaísmo permanezca vital incluso en las persecuciones más duras. De hecho, esto es una indicación de la naturaleza Divina de los mandamientos. Ellos han mantenido vivo al pueblo judío durante incontables generaciones, mientras que una sola generación de descuido ha llevado a una grave debilitación espiritual y física de los judíos.
Los mandamientos, por lo tanto, establecen límites mediante los cuales una persona puede cumplir el propósito Divino mientras vive en un mundo esencialmente hostil hacia él. A través de los mandamientos, uno puede ser parte del mundo y, al mismo tiempo, estar dedicado a lo espiritual.
Por encima y más allá de todas las razones limitadas que podamos dar a los mandamientos de Dios, existe una infinitud de profundidad conocida sólo por Él. Dios dijo: “Porque Mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos son Mis caminos… Como los cielos son más altos que la tierra, así son Mis caminos más altos que sus caminos, y Mis pensamientos que sus pensamientos. Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, haciéndola germinar y producir, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será Mi palabra que sale de Mi boca: no volverá a Mí vacía, sino que cumplirá aquello que deseo y logrará el propósito para el cual la envié” (Isaías 55:8-11).
Tomado de The Handbook of Jewish Thought (Vol. 1), Maznaim Publishing. Reimpreso con permiso.
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Con mis respetos. Entiendo que ese primer mandato fue "no comer *del fruto* del árbol del bien y del mal".