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Espejos de fe y esperanza

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Vaiakel (Éxodo 35:1-38:20 )

por Rav Isajar Frand

Cuando llegó el momento de construir el Mishkán, el pueblo llegó para llevar su contribución, tanto hombres como mujeres. El Daat Zekenim Baalei HaTosafot comenta que las mujeres contribuyeron con entusiasmo, entregando sus joyas para este propósito sagrado. Los hombres pensaron que las mujeres no querrían desprenderse de sus joyas, pero ellas demostraron que estaban equivocados.

El Daat Zekenim, basado en el Midrash, continúa delineando una clara diferencia entre los hombres y las mujeres. Durante el incidente del Becerro de Oro, las mujeres se negaron a entregar sus alhajas para la construcción del Becerro y los hombres se llevaron las joyas a la fuerza. Pero para la construcción del Mishkán, muchos hombres fueron reacios a contribuir mientras que las mujeres contribuyeron con gran entusiasmo.

Por esta razón, las mujeres fueron recompensadas con una conexión especial con la festividad menor de Rosh Jódesh, un día en el que las mujeres habitualmente se abstienen de realizar labores, pero no los hombres (Óraj Jaim 417:1).

¿Cuál es la relación específica entre la contribución de las mujeres y la recompensa de Rosh Jódesh?

El Shemen Tov ofrece una bella interpretación basada en otro Midrash. La Torá dice (Shemot 38:8): "Y él hizo el lavadero de cobre, junto con su base de cobre, de los espejos de las (mujeres) multitudes que se reunieron a la entrada de la Tienda de la Cita".

¿Cuál era la historia de estos espejos? El Midrash Shir HaShirim, citado por Rashi, explica que durante los peores momentos de la esclavitud en Egipto, lo hombres cedieron a la desesperación. Ellos perdieron las esperanzas y se separaron de sus esposas. ¿Qué sentido tenía traer niños a este mundo sólo para que sufrieran interminablemente como esclavos de los egipcios? Pero las mujeres se negaron a rendirse. Ellas tenían fe que algún día la esclavitud terminaría, que el pueblo judío sería redimido, y que había un futuro de libertad y oportunidades para los niños que engendrarían en el momento más oscuro de su esclavitud. Por eso las mujeres se embellecían frente a sus espejos y salían a los campos donde trabajaban sus esposos. Maquilladas y arregladas atraían a sus maridos y los convencían de que sería bueno tener más hijos.

Los espejos que usaron esas mujeres eran el símbolo de la supervivencia del pueblo judío. De no ser por esos espejos, no hubiera habido más niños judíos. Por eso Dios dijo: "Esos espejos son para mí más valiosos que cualquier otra cosa. Úsalos para hacer la fuente del lavatorio del Mishkán".

Las mujeres fueron las más fuertes dentro del pueblo judío. Cuando los hombres estaban dispuestos a ceder a la desesperación, las mujeres fueron un ancla para el pueblo. Ellas mantuvieron firme su fe, nunca perdieron las esperanzas e insistieron que "debíamos seguir adelante".

Cuando se construyó el Mishkán, los hombres una vez más se vieron embargados por la depresión Antes del pecado del Becerro de Oro, no hubiera sido necesario el Mishkán. La Shejiná hubiera podido habitar entre todo el pueblo. Todo el campamento judío hubiera sido su domicilio. Pero el pueblo judío perdió su gracia cuando pecó. Ya no merecían que la Shejiná se encontrara entre ellos. A partir de ese momento, el campamento estaría dividido en el Campamento de la Shejiná, el campamento de los levitas y el campamento de los israelitas. La Shejiná habitaría aislada detrás de las murallas del Mishkán.

Mientras no comenzó la construcción del Mishkán, los hombres se aferraron a su esperanza de que tal vez habría un indulto a último momento. Quizás las cosas revertirían a la forma en que eran a antes, como deberían haber sido. Tal vez la Shejiná habitaría entre todo el pueblo. Pero cuando comenzó la construcción, la escritura sobre la pared quedó clara. El daño causado por el pecado del Becerro de Oro sería eterno. No habría indulto. Esto era un pensamiento demasiado depresivo, y muchos hombres perdieron las esperanzas. Ellos no podían contribuir al Mishkán, era como poner los clavos en su propio ataúd.

Pero las mujeres, rocas de estabilidad, una vez más salieron adelante y salvaron la situación. Ellas dijeron: ¡Este no es un momento para la desesperanza! Lo hecho, hecho está, y no importa cuánto hayamos perdido, no puede corregirse deprimiéndonos. Ahora es el momento de mirar hacia el futuro, de participar con entusiasmo para el sagrado Mishkán, y dar lugar a un renacimiento del pueblo judío.

En Egipto, la fe y las esperanzas de las mujeres salvaron físicamente al pueblo judío. En la construcción del Mishkán, la fe y la esperanza de las mujeres los salvó espiritualmente. Les dio esperanzas para buscar una nueva cercanía con el Amo del Universo. Y por eso fueron recompensadas con un estatus especial respecto a Rosh Jódesh.

De acuerdo con nuestros Sabios, Rosh Jódesh, la festividad de la nueva luna, celebra los conceptos de renacimiento y renovación. La luna siempre crece y decrece. Incluso en su fase más oscura, sabemos que volverá a recuperar su brillo. Ella es el símbolo de la fe y la esperanza para el pueblo judío que también atraviesa ciclos de luz y de oscuridad. Por lo tanto, las mujeres judías, quienes se mostraron más sensibles a las ideas de fe y renovación, son las que están más íntimamente relacionadas con la festividad de Rosh Jódesh.




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