Esposa, madre de siete hijos y espía israelí

30/06/2025

11 min de lectura

Durante 14 años, Shulamit Cohen-Kishik desempeñó un rol vital, transmitiendo información política y militar altamente sensible a los servicios de inteligencia israelíes.

En una entrevista realizada unos años antes de su fallecimiento, Shulamit Cohen-Kishik y su hija, Carmela Assel, relatan una historia de inconcebible valentía.


“Mi madre, Shulamit, de soltera Cohen-Erazi, nació en 1917 en Buenos Aires, Argentina”, comenzó su hija Carmela. “En 1924, cuando mi madre tenía sólo siete años, la situación económica de la familia empeoró, lo que los llevó a emigrar a la Tierra Santa. Se establecieron en la calle Alfandari, en el barrio Mekor Baruj de Jerusalem.

“Al principio, su situación financiera era manejable. El padre de mi madre viajaba largas temporadas a Sudamérica para ayudar en el negocio familiar, y vivían de esos ingresos. Pero tras varios años, el negocio se deterioró dramáticamente y comenzaron a pasar grandes dificultades.

“Fue entonces cuando surgió una propuesta de matrimonio: mi padre, Iosef Cohen-Kishik, un joven extraordinario de una familia respetada y consolidada en el Líbano, había llegado a Israel en busca de esposa. Todos sus hermanos se habían casado con mujeres libanesas, pero él insistió en casarse con una joven de la Ciudad Santa. Mis padres se casaron en 1936 y se fueron a vivir a Beirut, la capital del Líbano”.

Durante la siguiente década, Shulamit, una mujer de gran energía e iniciativa, se integró en los círculos más altos de la comunidad judía en el Líbano. También hizo amistad con muchas mujeres cristianas falangistas, el grupo étnico que dominaba la política en ese momento. Ella estableció vínculos cercanos con figuras clave del gobierno libanés, moviéndose dentro y fuera de sus círculos internos. Además, dio a luz a siete hijos: Yafa, Berti (Abraham), Meir, Arlette, Itzjak, Carmela y David.

Shulamit, una mujer llena de energía, hizo amistad con figuras claves del gobierno del Líbano.

"Mi madre era una ama de casa modelo", recordó Carmela con profunda admiraicón, Recuerdo cómo tejía, bordabam cosía, cocinaba y horneaba".

El punto de inflexión

Entonces llegó el punto de inflexión que cambió la vida de Shulamit.

“En un evento social privado al que asistió, mi madre escuchó una conversación entre varias figuras árabes que planeaban atacar al estado judío que estaba a punto de establecerse", relató Carmela.

“Mi madre quedó horrorizada y entendió que debía hacer llegar esa información a los judíos de Palestina. Pero el correo entre ambos países estaba interrumpido y las fronteras selladas.

“Mi madre, siempre creativa, escribió un mensaje con tinta invisible y logró que lo enviaran a la sede de la Haganá en Metula, con la esperanza de que pudieran descifrarlo”.

Días después, alguien llamó a la puerta.

Un ciudadano libanés, que en realidad era un agente encubierto que trabajaba para el Shai (el servicio de inteligencia previo al establecimiento del estado), le entregó una carta de respuesta.

“Le agradecieron por la información crucial”, contó Carmela, “y de inmediato le pidieron que cumpliera una misión urgente. Mi madre sintió una nueva energía recorriendo sus venas y así, en 1947, incluso antes de que se estableciera el estado de Israel, comenzó su camino en los servicios de inteligencia como una espía aguda, hábil, carismática pero cautelosa, con conexiones en los más altos niveles del gobierno libanés”.

Shulamit en Beirut

Durante 14 años, Shulamit desempeñó un papel de inmenso valor, transmitiendo a los servicios de inteligencia israelíes información política y militar vital y altamente sensible. Ella también dirigía su hogar con mano firme y contribuía a la comunidad judía de Beirut con una amplia gama de iniciativas: desde formar maestros para enseñar hebreo, imprimir libros de gramática hebrea, hasta organizar entrenamientos de autodefensa para proteger el barrio judío.

Como cobertura para sus actividades de espionaje (que se castigaban con la horca o el pelotón de fusilamiento), Shulamit se dedicó a hacer pasar ilegalmente a judíos de países árabes hacia el recién establecido estado de Israel. De esta manera ayudaba a los judíos cuya seguridad se había vuelto precaria, y si la atrapaban, podría alegar el cargo menos grave de tráfico ilegal.

Durante 14 años, Shulamit desempeñó un papel de inmenso valor, transmitiendo a los servicios de inteligencia israelíes información política y militar vital y altamente sensible.

Gracias a este doble rol, Shulamit salvó a miles de refugiados judíos que habían huido al Líbano desde lugares como Siria e Irak, y los hizo entrar a Israel por mar, tierra y aire.

Siempre que viajaba en secreto a Tel Aviv para reunirse con oficiales de inteligencia y planificar operaciones, Shulamit insistía en pasar por Tiberíades para rezar en la tumba de Rabí Meir Baal Hanés. Carmela recuerda que su madre decía: “Cada vez que iba a Israel antes de una misión, era importante para mí pedirle a Dios que el mérito de Rabí Meir me protegiera”.

Así fue como su madre lo explicaba al contacto que la esperaba en Metula tras cruzar la frontera. Shulamit llevaba consigo una alcancía dedicada a Rabí Meir y colocaba el dinero que había reunido dentro de la tumba, mientras murmuraba: “Eloká deRabí Meir, aneni – Que el Dios de Rabí Meir me responda”.

Agente encubierta

“Mi padre, que vendía telas, apoyó a mi madre en cada paso del camino. Él estaba orgulloso de la labor sagrada que ella realizaba: salvar vidas judías”, cuenta Carmela. “La ayudaba a recaudar fondos e incluso invertía sumas importantes de su propio dinero para financiar su vasta red de operaciones, aunque muchas veces no estaba claro quién reembolsaría esos gastos. Cada vez que ella tenía que volar a Turquía, él le preparaba una coartada diciendo que viajaba a entregar un catálogo de su fábrica”.

Shulamit Kishik-Cohen con un agente de inteligencia libanés

Cualquier judío que llegaba al Líbano desde algún país árabe vecino con la intención de ingresar clandestinamente a Israel, sabía a quién acudir: Shulamit Cohen era quien contactaba a los contrabandistas, coordinaba el momento y la transferencia de fondos, y acompañaba a las familias asustadas casi hasta los puntos de encuentro.

“Los refugiados judíos que llegaban a nosotros no podían quedarse mucho tiempo en el Líbano”, recordó Shulamit. “Muchos habían huido en secreto de sus países de origen y eran considerados residentes ilegales en Beirut. Si las autoridades los descubrían, iban a ser devueltos a países hostiles donde enfrentarían cargos por cruzar ilegalmente las fronteras.

“Yo tenía que actuar con rapidez y discreción, todo mientras criaba a mis hijos. Para mí, todos los caminos llevaban a Israel. Enviaba a las familias por Tiro o Sidón hacia Rosh Hanikrá, o por rutas del sur hacia Metula, según la situación y la inteligencia que teníamos sobre las patrullas fronterizas en ese momento.

Casi no dormía de noche y tenía que funcionar normalmente durante el día.

“El momento en que finalmente suspiraba aliviada porque un grupo había llegado sano y salvo, recibía la noticia de que otro grupo acababa de llegar y no podía ser abandonado. Una vez más tenía que organizar camiones, coordinar con los contrabandistas, calmar a las mujeres y niños asustados, apoyarlos emocional y físicamente hasta que cruzaran la frontera, y darles instrucciones detalladas sobre cómo comportarse. Algunas operaciones duraban semanas enteras, durante las cuales apenas dormía de noche y seguía que funcionar como si todo fuera normal durante el día.

“Después de la Guerra de Independencia de 1948, intenté convencer a la comunidad judía del Líbano para que emigrara a la Tierra Santa. Mi esperanza era que al menos los judíos adinerados de Beirut enviaran a sus hijos a la seguridad de Israel. Pero se negaron rotundamente y me dijeron sarcásticamente que primero enviara a mis propios hijos y que luego volviera con esa propuesta. Tuve el valor de tomarles la palabra y, en 1949, un año después de la creación del estado de Israel, cuando mi hijo mayor tenía sólo once años y su hermano nueve, me despedí de ellos entre lágrimas y los hice pasar clandestinamente a Israel a través de Metula, decidida a que vivieran en la Tierra de Israel, con la esperanza de que algún día nos reuniéramos allí”.

Durante la siguiente década, Shulamit continuó con sus actividades de espionaje con gran intensidad, junto a sus operaciones de contrabando.

En 1958 estalló una guerra civil en el Líbano entre musulmanes y cristianos. La situación en Beirut se volvió explosiva. “Tras largas deliberaciones, decidí enviar a mi hija Yafa, entonces de 20 años, a unirse a sus hermanos en Israel”, dice Shulamit. “Nos quedamos con cuatro hijos en Beirut, y mi trabajo se volvió más crucial que nunca”.

Con astucia harás la guerra

“Una vez, decenas de niños pequeños estaban bajo el cuidado de mi madre, mientras ella organizaba su ingreso a Israel por Metula. Los niños estaban listos para partir, cuando mi madre vio a agentes de la policía secreta rusa, que colaboraban con los servicios de seguridad sirios y libaneses, parados junto al autobús que debía recogerlos”, relató Carmela.

“Mi madre les dijo a los niños que esperaran y corrió rápidamente a la tienda de comestibles cercana. Le pidió al sorprendido dueño que le diera todas las velas que tuviera, tanto de las estanterías como del depósito. Luego regresó junto a los niños, armada con velas y fósforos. ‘Niños’, les dijo, ‘¡Ahora vamos a ensayar para la próxima festividad de Janucá! ¡Vamos a marchar por las calles cantando canciones de Janucá!’

Ante la mirada perpleja de la policía secreta rusa, se desplegó un desfile espontáneo de Janucá, dirigido por mi valiente madre. La policía secreta perdió el interés, asumiendo que se trataba de una mujer inofensiva.

“Los niños, confundidos, no hicieron muchas preguntas. Y así, se desarrolló un desfile improvisado de Janucá ante la mirada perpleja de la policía secreta rusa, con decenas de niños marchando en una larga fila serpenteante por las calles del barrio judío, cantando canciones de Janucá, liderados por mi valiente madre. Finalmente, la policía secreta perdió el interés, asumiendo que se trataba sólo de una mujer inofensiva llevando a sus alumnos a una salida festiva por una festividad judía.

“El momento en que la policía secreta se retiró, mi madre actuó de inmediato, subiendo rápidamente a los niños a los autobuses, que luego se dirigieron hacia el sur del Líbano, rumbo a la frontera con Metula.

“Mi madre era un genio absoluto”.

Nada dura para siempre

Durante los últimos años de su actividad de espionaje, Shulamit estuvo bajo constante vigilancia. Fue arrestada e interrogada en varias ocasiones, pero su actuación fue impecable. Era una maestra del engaño, y las autoridades nunca pudieron probar su implicación en nada, por lo que siempre fue liberada por falta de pruebas.

Pero una vez, las cosas terminaron de manera diferente.

Esto ocurrió en 1961.

Shulamit había viajado a reunirse con sus contactos en Israel. Tras completar su misión allí, viajó a Turquía, con la intención de continuar desde allí hacia Beirut. Al prepararse para abordar su vuelo de conexión al Líbano, descubrió un error crítico: su pasaporte había sido sellado por error con un sello israelí al salir de Israel. Ese sello incriminatorio significaba que no podía presentar el pasaporte al entrar en el Líbano.

Quedó varada en el aeropuerto de Estambul.

A medida que avanzaba la noche, la terminal —mucho menos concurrida que los aeropuertos actuales— se fue vaciando. Sólo quedaba una mujer, sola y acorralada. No podía regresar a Israel, no podía quedarse en Turquía y tampoco podía volver a Beirut. Con una extraordinaria astucia, que incluye detalles que aún hoy no pueden publicarse, Shulamit logró superar la crisis. Tras dos largos meses (durante los cuales se quedó temporalmente en Roma) consiguió llegar a Beirut.

Shulamit en sus últimos años

Pero en el momento en que bajó del avión, todo salió mal. Las autoridades habían encontrado pruebas concluyentes de sus actividades de espionaje y de inmediato la rodeó una gran fuerza de tropas militares, sin dejarle margen de maniobra.

El juego había terminado, y en su lugar comenzó una desgarradora pesadilla.

Por el bien de sus hijos

“Pasé seis años en una infame prisión libanesa,” relató Shulamit. “Era la única mujer judía entre cientos de prisioneros libaneses y carceleros sirios, todos profundamente antisemitas. La mayor parte del tiempo estuve en confinamiento solitario y, al principio, me sacaban para interrogatorios desde la mañana hasta la noche, interrogatorios que eran tortura para el cuerpo y para el alma".

Pasé seis años en una infame prisión libanesa… esos sádicos me torturaron arrancándome las uñas, el cabello, rompiéndome los dientes, aplicándome descargas eléctricas y otras agonías que prefiero ahorrarte.

“Quiero que puedas dormir por las noches, así que no te contaré todo", me dijo. "Sólo mencionaré que esos sádicos me torturaron arrancándome las uñas, el cabello, rompiéndome los dientes, aplicándome descargas eléctricas y otras agonías de las que prefiero no hablarte”.

“El famoso espía israelí en Damasco, Eli Cohen, fue capturado y ahorcado mientras yo estaba en prisión. Los guardias solían burlarse de mí: ‘Él es Cohen, y tú eres Cohen. A él lo ahorcaron, ahora te toca a ti.’”

“Años después, mamá nos contó que cuando capturaron a Eli Cohen —y como compartían el mismo apellido— ella fue sometida a una ola de torturas horribles, en un intento por averiguar si había alguna conexión entre ellos. Durante esa tortura, el ojo de mamá resultó dañado, y perdió la visión en él”, contó Carmela.

“Sabía de memoria el Libro de los Salmos”, continuó Shulamit, “y las palabras del rey David estaban constantemente en mis labios. Sólo sobreviví gracias a los Salmos. También ayunaba todos los lunes y jueves, y hablaba con el Creador con mis propias palabras. Le decía: ‘Amo del mundo, sólo creo en Ti. Sólo Tú me sacarás de aquí, por el bien de mis hijos. Después de todo, entregué mi vida por Tus hijos’”.

Saber que me habían capturado por salvar a miles de judíos era como una dosis de morfina que mitigaba ligeramente el tormento insoportable que sufría mi cuerpo.

“Durante esos años, me perdí los bar mitzvás de tres de mis cuatro hijos. Pero ni por un momento perdí la esperanza. Recé constantemente y, sobre todo, creí que en el momento en que el Creador eligiera sacarme de ese valle de muerte, sucedería de manera repentina y rápida. Realmente creía que cualquier cosa que me ocurriera sería lo que Dios mismo decidiera. Él determina mi destino, no los jueces humanos de carne y hueso. Levantaba mis ojos hacia Él con la esperanza de que tuviera misericordia de mí”.

Además de las plegarias que le dieron una fuerza inmensa para soportar el sufrimiento, Shulamit mantenía siempre viva su sentido de propósito. “Me preguntaba, ¿por qué estoy aquí? Y la respuesta me daba nuevas fuerzas. Saber que me habían capturado por salvar a miles de judíos era como una dosis de morfina que mitigaba ligeramente el tormento insoportable que sufría mi cuerpo”.

“Esperaba que mis hijos resistieran, que hubiera algo a lo que pudiera regresar”.

El esposo de Shulamit también fue arrestado, acusado de conocer las actividades de su esposa, pero fue absuelto tras una apelación.

“De repente, de la noche a la mañana, nos convertimos en cuatro niños huérfanos,” recordó Carmela. “La familia de nuestro padre en el Líbano quería separarnos, pero nuestros padres, desde la distancia, dieron instrucciones estrictas: Nadie sale de la casa y nadie se lleva a los niños. Desde lejos, nos ayudaron, y los cuatro crecimos en nuestra casa en el Líbano, mientras nuestros tres hermanos mayores estaban en Israel. Mi hermano Itzjak dejó sus estudios y se hizo cargo de la tienda de nuestro padre. Mi hermana mayor, que tenía diecinueve años, abandonó la escuela y se convirtió en ama de casa. Yo tenía trece años y mi hermano menor nueve”.

“Al principio, el más pequeño no sabía nada,” dijo Shulamit. “Pensaba que yo me estaba recuperando de una enfermedad en el hospital, hasta que un compañero de clase dejó escapar accidentalmente la amarga verdad”.

“Fue duro, pero fuimos fuertes”, dijo Carmela. “La fe con la que vivió mi madre durante toda su actividad, y la fe de mi padre, se nos pegó como pegamento.

“Una de las situaciones más dolorosas fue que la comunidad se alejó de nosotros. Cualquiera que tuviera relación con nosotros, de repente se sintió amenazado por las autoridades y cortó todo contacto”.

En un abrir y cerrar de ojos

Originalmente, Shulamit fue condenada a muerte. Tras una apelación, le redujeron la sentencia a 20 años.

Pero después de seis años, su estancia en prisión terminó con una repentina e inesperada liberación.

En 1967, tras la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días, se firmó un acuerdo de intercambio de prisioneros entre Israel y el Líbano. Shulamit fue liberada como parte de ese trato.

Había estado languideciendo en una estrecha celda, aún le quedaban 14 años de sentencia, y en cuestión de horas, bajo la protección de la Cruz Roja, su esposo, ella y los cuatro hijos que quedaban en el Líbano fueron extraídos de Beirut y trasladados a Israel vía Chipre.

“Al llegar a Israel, entendí que finalmente alcanzaría la paz interior”, dijo Shulamit.

“Mi madre tiene un espíritu excepcionalmente fuerte. El estado de Israel la reconoció como una ‘cautiva redimida’, lo que le otorgó una pensión por discapacidad del Instituto Nacional de Seguros. Como parte de esto, tuvo derecho a sesiones de orientación profesional. Tenía todas las razones para derrumbarse, pero siguió siendo una leona, negándose a sucumbir a los terribles recuerdos”.

Una mujer con tal fuerza interior, que aprieta los dientes durante la tortura y se niega a traicionar a sus camaradas, es una mujer capaz de recuperarse de cualquier infierno y seguir creciendo frente a todos los riesgos.

“Durante toda su vida, mamá continuó agradeciendo a Dios: porque la familia se reunió, porque no fue ahorcada como Eli Cohen y porque salió de prisión más rápido que Jonathan Pollard”, dice Carmela.

En sus últimos años, después de contribuir en Israel mediante trabajo educativo y voluntario, incluyendo conferencias para el aparato de seguridad y en muchos otros foros, Shulamit recibió numerosos homenajes.

“Nunca persiguió la fama”, enfatizó Carmela. “Mi madre fue humilde y modesta, nunca buscó crédito por nada… pero la fama la persiguió. Fue precisamente su humildad lo que le granjeó tanto respeto”.

El 25 de Iar, 21 de mayo del 2017, Shulamit Cohen falleció pacíficamente a la edad de 100 años. Dejó atrás una gran familia: hijos, nietos y bisnietos, entre ellos el diplomático Itzjak Levanon, quien fue embajador de Israel en Egipto y falleció hace poco tiempo.


Este artículo apareció originalmente en la revista Mishpacha.

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Israel
Israel
1 año hace

Maravilloso ejemplo, su familia debe estar extremadamente orgullosos del ejemplo de esa Mujer

Lina
Lina
1 año hace

Hermoso testimonio de vida , gracias

O. Guillermo Perez-Cohen
O. Guillermo Perez-Cohen
1 año hace

Shulamit, gran heroína y patriota. Ejemplo para las futuras generaciones, entre otras razones por su entereza a toda prueba.

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