La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


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Cuando ocurre una tragedia, Internet corre a calificarla como odio. El judaísmo nos insta a la moderación: ser lentos para juzgar, buscar la verdad con responsabilidad y preservar la credibilidad cuando surgen amenazas reales.
Al regresar de una excursión escolar, una estudiante de tercer grado de Ieshivat Noam en Paramus resultó gravemente herida cuando una piedra golpeó su autobús en la autopista New Jersey Turnpike. Al pasar cerca de la salida de Teaneck Road, una roca grande rompió una ventana y golpeó a la niña en la cabeza. Lo que inicialmente parecía una herida menor se convirtió rápidamente en una pesadilla. Una tomografía reveló sangrado cerebral y la niña necesitó cirugía. Gracias a Dios, la operación fue exitosa y la niña se está recuperando.
El hecho fue aterrador y sacudió profundamente a la comunidad judía.
Casi de inmediato, las redes sociales estallaron. Aunque la escuela y las autoridades afirmaron explícitamente que aún desconocían la naturaleza o el motivo del incidente (y no había marcas externas en el autobús que lo identificaran como transporte de estudiantes judíos), en línea muchos corrieron a calificarlo como un horrible ataque antisemita. Predeciblemente, surgieron declaraciones alarmantes: “Este es el fin de la vida judía en los Estados Unidos. Los judíos ya no están seguros. La historia se repite ante nuestros ojos.”
Dos días después, se realizó un arresto.
No se trató de un crimen de odio. Fue un trágico acto de violencia cometido por alguien con graves problemas mentales.
Las autoridades informaron que el sospechoso, ya acusado en una serie de incidentes de lanzamiento de piedras en el condado de Bergen, no actuó motivado por antisemitismo. Estaba mentalmente inestable. La policía estatal reveló que esta persona esperaba ser juzgada por actos similares, incluyendo una agresión agravada en Bogotá que ya lo había llevado a la cárcel. Los registros judiciales mostraron cargos adicionales tras su liberación, incluyendo agresiones a oficiales, daños a la propiedad e intrusión.
Esto no fue un crimen de odio. Fue un trágico acto de violencia de alguien profundamente enfermo.
Unos meses antes, ocurrió una historia similar. En octubre, un rabino en Nueva Jersey fue atacado fuera de su casa. Las cámaras de seguridad mostraron a transeúntes corriendo a ayudar mientras el rabino y un buen samaritano sufrían heridas menores. En minutos, Internet decretó con certeza que un rabino que estaba armando su sucá había sido atacado a plena luz del día por un antisemita.
Se difundieron declaraciones contundentes y advertencias alarmantes que generaron miedo.
Pero los hechos contaban otra historia. La policía declaró: “Este fue un acto de violencia al azar. No se intercambiaron palabras antes del asalto, y no hay indicios de que el ataque haya sido motivado por raza, religión o etnia”. El sospechoso tenía antecedentes criminales. No había evidencia de crimen de odio. El rabino no estaba armando su sucá. Sin embargo, el veredicto en línea ya había sido emitido.
No comparto estas historias para minimizar o negar el alarmante aumento del antisemitismo. Las estadísticas son innegables y las amenazas reales. Los actos de violencia ocurridos son dolorosos y demasiados para contarlos. Debemos mantenernos vigilantes, valientes y activos, denunciar el odio y combatirlo legal, moral y espiritualmente.
Es comprensible la prisa por asumir un motivo. Tras el 7 de octubre (y la respuesta a estos acontecimientos), el comediante Jim Gaffigan captó un sentimiento que muchos judíos reconocieron cuando bromeó: “¿Alguien más siente la necesidad de llamar a todos sus amigos judíos y decirles: ‘De acuerdo, no estabas paranoico’?”
Sin embargo, el judaísmo nos pide hacer una pausa, pensar y reflexionar.
La Mishna dice: “Sé lento para juzgar” (Ética de los Padres, 1:1). Rabeinu Ionáh, un importante comentario sobre la Mishna, explica que quien juzga apresuradamente, aunque crea hablar con verdad, su error no se considera accidental. Se acerca más a un acto deliberado de maldad por no haber reflexionado. Una mente apresurada carece de la profundidad necesaria para entender verdaderamente y emitir juicios correctos.
Hoy, la información viaja instantáneamente y las opiniones se difunden más rápido que los hechos. Hay una reacción instintiva de alertar, alarmar, analizar y aconsejar, muchas veces sin paciencia para recopilar información, escuchar y aprender. Esto es peligroso tanto para el creador de contenido como para quien lo consume.
Vemos este mismo fenómeno en la reacción pública sobre la muerte de Renée Nicole Good a manos de un agente de ICE en Minneapolis. Antes de que surgieran todas las pruebas en video, antes de establecer los hechos, antes de que concluyeran las investigaciones (incluso antes de que se realizaran), cada lado se apresuró a condenar o defender, acusar o absolver, filtrando todo a través de narrativas preconcebidas. No veíamos los hechos, sino reflejos de nuestras propias suposiciones.
“Sé lento para juzgar.”
Busca la verdad con responsabilidad. La indignación desconectada de la verdad solo fractura más el mundo.
La deliberación es lo que nuestro mundo hiperconectado y cargado emocionalmente necesita con desesperación. Ser lento para juzgar te hace confiable y creíble, de modo que cuando surja odio real y amenazas genuinas, no estarás simplemente gritando “lobo”.
En un mundo que corre a sacar conclusiones, ten el coraje de hacer una pausa.
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