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La nueva película de Steven Spielberg pregunta si la vida extraterrestre destruye la fe en Dios. Aquí hay una respuesta desde una perspectiva judía.
El último encuentro de Steven Spielberg con los “hombrecitos verdes” ha llegado a los cines, y trae los mismos temas clásicos que convirtieron películas como E.T. y Encuentros cercanos del tercer tipo en fenómenos culturales. Como sus predecesoras, El día de la revelación sigue a un grupo de rebeldes que protegen a alienígenas de agencias gubernamentales crueles y torpes, y de un público asustado. Y, como siempre, alguien insiste en que la existencia de vida extraterrestre debe mantenerse en absoluto secreto “por el bien de la humanidad”.
Pero El día de la revelación añade un nuevo giro: uno religioso. En la escena inicial conocemos al Dr. Daniel Kellner, un exhacker convertido en especialista en ciberseguridad en WARDEX, una oscura corporación con fuertes vínculos gubernamentales. Él roba tecnología alienígena avanzada y archivos clasificados que revelan décadas de contacto secreto entre humanos y extraterrestres, incluyendo eventos como Roswell. De la noche a la mañana se convierte en un denunciante, decidido a revelar la conspiración mientras escapa de quienes lo persiguen. Suena emocionante.
Su miedo es que el asombro ante una inteligencia alienígena destrone a Dios como soberano del universo.
Kellner tiene una novia, Jane Blankenship, una exmonja. Cuando Daniel le cuenta la verdad (que los extraterrestres existen y que el gobierno lo ha ocultado durante décadas) ella se opone a su plan de contárselo al mundo. Su miedo no es el pánico social que podría generar, sino algo más profundo: que el asombro ante una inteligencia alienígena destrone a Dios como soberano del universo. Le preocupa que los extraterrestres se conviertan en ídolos literales y que la humanidad pierda su sentido de realidad.
Jane pasa gran parte de la película ayudando a Daniel, pero sus dudas persisten hasta una conversación clave con su antigua mentora, la hermana Maura, abadesa del Monasterio de Santa Clara del Alba. Cuando le preguntan si podría existir vida extraterrestre, la sabia monja responde que el Génesis describe a los humanos como la culminación de la vida en la Tierra, pero no dice nada sobre el resto del universo. “¿Por qué Dios lo habría hecho tan grande si no?”, pregunta.
Es una buena pregunta, y una que los pensadores judíos han analizado durante siglos. El Libro de los Jueces contiene una frase extraña, casi cinematográfica: “Maldecid a Meroz… maldecid severamente a sus habitantes”. ¿Quién era Meroz? El Talmud preserva una opinión sorprendente: que Meroz no era un pueblo, sino una estrella, un mundo entero cuyos habitantes no acudieron en ayuda de Israel. El libro del siglo XVIII Séfer HaBrit retoma esta idea y sostiene que podrían existir otros planetas habitados.
Siglos antes, Rav Jasdai Crescas dedicó un capítulo de su obra Or Hashem a argumentar que nada en la Torá descarta vida en otros mundos, citando el versículo “Tu reino es un reino de todos los mundos” (Salmos 145:13) como indicio de que Dios reina sobre más de uno. El Zóhar, el principal texto místico judío, habla de “mundos sin número” y vincula las estrellas con distintos reinos habitados.
Así que la hermana Maura tiene fundamentos sólidos para hacer su declaración.
Simplemente no existe evidencia concluyente de vida extraterrestre, más allá de lo que se interprete de ciertos informes. Los propios archivos desclasificados del Pentágono lo admiten: siguen siendo “casos sin resolver”, con el gobierno "incapacitado de adoptar una determinación definitiva".
Por ahora, el cosmos guarda silencio. Y aquí está el giro que Jane no anticipa. Ella temía que una inteligencia superior allí afuera destronara a Dios, que la gente cambiara el "asombro por el Creador" por el "asombro por Sus criaturas".
Pero el silencio funciona en sentido contrario. Mirar ese vasto vacío no elimina el asombro: lo redirige hacia Dios mismo.
Puede que no haya una mente alienígena moviendo las estrellas, pero hay razones para creer en el Creador que las hizo, y en la oscuridad entre ellas, y en este pequeño planeta azul donde alguien levanta la mirada al cosmos, lleno de asombro ante la revelación de un universo que, en última instancia, apunta hacia Dios.
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