Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad
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¡Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem!
La parashá de esta semana, Maséi, describe las travesías del pueblo judío durante sus cuarenta años en el desierto. Estos desplazamientos de un lugar a otro constituyen una enseñanza sobre el carácter transitorio y temporal de la vida en este mundo. Según el Deguel Majané Efraim (basándose en las enseñanzas del Baal Shem Tov), los 42 lugares en los que acampó el pueblo judío representan las 42 etapas que atraviesa cada persona a lo largo de su vida.
Esta idea parece seguir la afirmación de Najmánides (Génesis 12:6, citando el Midrash Tanjuma 9), de que "Las acciones de los patriarcas se repiten en sus descendientes". En otras palabras, así como el pueblo judío en el desierto fue un pueblo errante, en constante movimiento, también nuestra existencia en este mundo es temporal.
Hay una alusión a esta idea en la parashá de esta semana, pero para comprenderla debemos remontarnos al comienzo mismo de la Creación. El segundo versículo de la Torá (Génesis 1:2) dice: "Y la tierra era confusión y vacío, y la oscuridad cubría la superficie del abismo, y el aliento de Dios planeaba sobre la superficie de las aguas".
El Midrash (Bereshit Rabá 2:4, en nombre de Reish Lakish) interpreta este versículo como una profecía acerca de los futuros exilios del pueblo judío. Confusión simboliza el exilio de Babilonia; vacío representa el exilio de Persia-Media; la oscuridad alude al exilio greco-sirio; el abismo representa el actual exilio de Roma (Edom). El aliento de Dios hace referencia al espíritu del Mashíaj, quien finalmente redimirá al pueblo judío del exilio. (El Midrash aporta numerosos versículos para respaldar estas asociaciones).
Este Midrash nos enseña que Dios, además de crear las leyes de la naturaleza, incorporó el fenómeno de los exilios del pueblo judío como una parte integral de la Creación. Esta idea resulta difícil de comprender. ¿Por qué habría decretado Dios los exilios incluso antes de crear el mundo? En aquel momento ni siquiera existía el pueblo judío. ¿Por qué decretar un castigo antes de que existieran quienes habrían de recibirlo? Aunque Dios conoce desde el principio cuál será el resultado de cualquier situación, aun así se relaciona con nosotros conforme a nuestras propias decisiones y circunstancias.
Podemos sugerir que el propósito del exilio no es castigarnos por nuestra mala conducta. Más bien, el propósito del exilio es recordarnos que este mundo es un lugar transitorio y temporal. Las numerosas crisis, desplazamientos y expulsiones a lo largo de la historia del pueblo judío nos han impedido, por la fuerza de las circunstancias, desarrollar un sentimiento de permanencia en este mundo.
Según el comentarista Najal Kedumim, esta idea está insinuada en el primer versículo de la parashá Maséi: "Estos son los viajes de los hijos de Israel» (Ele Maséi Benei Israel) (Números 33:1). Las iniciales de estas cuatro palabras hebreas corresponden a los cuatro grandes exilios que el pueblo judío ha experimentado a lo largo de la historia: Edom (Roma), Madai (Persia-Media), Babel (Babilonia) y Iaván (Grecia-Siria). Estos exilios están insinuados en esta parashá porque transmiten el mismo mensaje que los 42 campamentos en los que los hijos de Israel acamparon durante su travesía por el desierto. Tanto los exilios como las cuarenta y dos etapas del desierto nos enseñan la naturaleza pasajera y la transitoriedad del mundo material.
Demos algunos ejemplos de esta idea. Imagina que subes en un ascensor hasta la cima del Empire State Building. ¿Acaso se te ocurriría pasar la aspiradora por la alfombra del ascensor o limpiar los espejos mientras subes? Nunca te molestarías en hacerlo, porque sabes que en cualquier momento vas a salir de allí. Este mundo es como un ascensor (¡y esperamos que todos salgamos por el último piso!). Entonces, ¿qué sentido tiene involucrarse excesivamente en los placeres materiales? Como dicen nuestros Sabios: "Este mundo es como un vestíbulo en comparación con el Mundo Venidero. Prepárate en el vestíbulo para poder entrar en el salón del banquete". (Avot 4:21).
Una historia relacionada cuenta sobre un hombre que viajaba por Europa hace aproximadamente cien años. Cuando llegó a Polonia, decidió visitar la ciudad de Radin, donde vivía el gran sabio Jafetz Jaim. Esta persona tomó su equipaje de la estación de tren y fue directamente a la casa del Jafetz Jaim, donde fue recibido amablemente. Al entrar, no pudo creer lo que vió: la casa de este gran rabino estaba prácticamente vacía. No había cuadros en las paredes y unas cajas de leche dadas vuelta servían como mesa y sillas. Sorprendido, el viajero le preguntó: "¿Dónde están sus muebles?". El Jafetz Jaim le respondió: "¿Dónde están los suyos?" El viajero quedó desconcertado por esa extraña pregunta. "¿Los míos? ¡Yo solo estoy de paso!", respondió. El Jafetz Jaim contestó: "Yo también. Yo también estoy solo de paso".
Un ejemplo más puede dejar esta idea completamente clara. Imagina que ganas el gran premio de un concurso: una jornada de compras en una gran tienda. Durante 15 minutos tendrás toda la tienda para ti solo, y todo lo que logres recoger será tuyo para el resto de tu vida. Intenta imaginar cómo actuarías durante esos 15 minutos.
Ahora imagina cómo reaccionarías si, en medio de esa carrera frenética de compras, un amigo te toca el hombro y te dice: "Me encantaría conversar contigo solo dos minutos. ¿Podemos ir a tomar un café?" Probablemente ni siquiera tendrías tiempo de responder. Tal vez simplemente gritarías: "¡No tengo tiempo! ¡Después te explico!", y correrías hacia el siguiente departamento.
Esta imaginaria carrera de compras se parece a nuestra experiencia en este mundo. Cada uno de nosotros tiene una fecha de vencimiento, aunque no sabemos cuándo llegará. Hasta ese momento, estamos en una enorme tienda llena de Torá y mitzvot, y todo lo que logremos adquirir allí será nuestro para la eternidad. Si realmente viviéramos con esta conciencia, tendrían que recordarnos incluso comer, beber y dormir. Nuestras preocupaciones físicas parecerían pequeñas frente a la importancia de acumular tesoros eternos, y estaríamos constantemente buscando oportunidades para reunir más "bienes espirituales". Nunca he escuchado a alguien en su lecho de muerte decir: "Si tan solo hubiera pasado unas horas más en la oficina..."
Que tengamos el mérito, mientras avanzamos de un lugar a otro en el viaje de la vida, de concentrarnos en aquello que realmente importa y no dejarnos distraer por tentaciones pasajeras. Y que, por este mérito, Dios pronto nos redima de nuestro exilio y nos conceda la oportunidad de dedicarnos eternamente a emprendimientos espirituales llenos de propósito y significado.
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