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Hackeado

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25/06/2014 | por Rav Benjamín Blech

Me puse en contacto con el estafador de Nigeria que robó mi cuenta de correo electrónico - y me contestó.

La semana pasada fui salvajemente atacado.

No, no fue un ataque físico. Y desde entonces he descubierto que no he sido el único que ha sufrido las terribles consecuencias de un nuevo tipo de criminalidad que es posible gracias a la tecnología moderna.

Lo que me fue robado no fue dinero, sino mi identidad. No tengo idea de cómo pasó. Como parte de una generación que todavía recuerda el uso de la vieja máquina de escribir ‘Remington Royal’, el lenguaje informático me resulta extraño, y Google es un milagro que trasciende completamente mi entendimiento. Pero he llegado a valorar enormemente mi email, hasta el punto en que me pregunto cómo alguna vez me las arreglé con el lento servicio postal tradicional. Adoro poder comunicarme con todos mis contactos con un simple toque del teclado – o al menos así era hasta que descubrí que alguien podía robar de alguna manera mi contraseña, contactarse con toda la gente que conozco y decirles lo que quisiese con el fin de satisfacer su infame propósito.

Comencé a sospechar que algo estaba mal cuando fui incapaz de acceder a mi cuenta. Lo siguiente que pasó fue que la gente me comenzó a llamar a casa para compadecerse por lo ocurrido y para pedirme más detalles. Por ellos me enteré del texto que había sido enviado en mi nombre.

Fue una estafa brillante. Con un encabezado de una sola palabra: problemas, en breve presentó el siguiente escenario, un plagio de mentiras que eran sumamente creíbles:

“Hola, disculpa que me comunique contigo de este modo, pero hace dos días hice un viaje de última hora a Londres y me robaron la valija con mi pasaporte y mis tarjetas de crédito. La embajada está dispuesta a ayudar, dejándome viajar sin pasaporte; sólo tengo que pagar el pasaje y la estadía en el hotel. Por desgracia, no puedo conseguir dinero sin mi tarjeta de crédito, y el banco necesita más tiempo del que tengo para enviarme una nueva. Quería pedirte que me prestes algo de dinero, el cual te devolveré tan pronto como me sea posible. Necesito subir al próximo vuelo, puedo enviarte los detalles para que me hagas llegar el dinero. Puedes comunicarte conmigo a través de mi email (y aquí el estafador insertó una dirección de email muy parecida a la mía, pero con una letra adicional para que la respuesta le llegase directamente a él, permitiéndole “verificar” su pedido) o al teléfono de la recepción del hotel (y aquí el ladrón tenía un número real en Inglaterra, el cual comunicaría con algún cómplice o sería redireccionado a Nigeria, que era su base de operaciones según descubrí más tarde en base a un cuidadoso análisis de su email). Espero tu respuesta. Gracias”.

El hombre que robó mi identidad estaba esperando unos 2.000 dólares de al menos un par de los cientos de contactos que yo tenía guardados en mi email, de entre los cuales asumió que habían amigos que se preocuparían lo suficiente por mi bienestar como para ayudarme en un momento de necesidad desesperada.

Esta vez no consiguió nada. Muchos de mis amigos conocían la estafa. Otros llamaron a mi casa para chequear que no fuese un fraude, y sus sospechas fueron confirmadas.

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Pero la parte más asombrosa de la historia es lo que ocurrió después. En lo que quizás fue un sinsentido, decidí comunicarme con el cabecilla de este engaño internacional. Mis amigos me aconsejaron olvidar el tema, pero no los escuché.

Me di cuenta de que tenía un modo directo de “hablar” con el ladrón. Mi dirección de email levemente alterada fue lo que obviamente me llevó directamente a él. Le escribí una nota.

Le conté que yo pensaba que él había cruzado una línea muy severa en sus actividades criminales y que debía saber que sus malas acciones le traerían consecuencias. Le dije que muchas veces intuyo cosas, y que ahora había algo que sabía más allá de toda duda – que él sufriría un golpe tanto financiero como físico en el futuro cercano como consecuencia de sus acciones. No sabía si serviría de algo, pero sentí que mis palabras al menos le remorderían la conciencia, y tal vez incluso implantarían un poco de temor por sus crímenes.

Me dijo que no tenía razón para temer porque sería perdonado por todos sus pecados, sin importar su gravedad.

Unas horas después, aunque parezca mentira, recibí una respuesta. El hacker, el estafador nigeriano, ¡me contestó!

Sí, dijo que estaba apenado por haberme causado dolor. E incluso estaba de acuerdo en que hay un Dios que sabe lo que hizo. Pero me aseguró que Dios es un Dios amoroso que lo ama independientemente de lo que él haga. Dijo que no tenía razón para temer, ya que sería perdonado por todos sus pecados, sin importar su gravedad.

Éste fue un ejemplo sorprendente del peligro implícito de una teología que afirma que el amor divino es la única y suprema regla del universo. Si los malvados no necesitan temerle nunca a la retribución celestial, pueden seguir alegremente su camino, tranquilos porque Dios les ha concedido libertad de acción para todas sus maldades. Un Dios que nos ama independientemente de lo que hagamos se convierte en cómplice del mal que hacen estos malhechores.

El judaísmo exige mucho más. Los judíos somos juzgados de acuerdo a nuestras acciones, siendo sopesadas las buenas contra las malas y se lleva un atento recuento de todo lo que hacemos. El perdón no es un regalo inmerecido que Dios nos da; para recibirlo debemos hacer teshuvá, que es un proceso de tres etapas que demanda el reconocimiento de la culpa, el remordimiento por el pasado y el firme compromiso de no volver a repetir el pecado en el futuro. Y si las acciones de uno le causaron daño a otro, un cuarto paso exige que se busque el perdón de la parte agraviada. De acuerdo al judaísmo, el perdón no es un regalo, sino que debe ser ganado.

No voy a seguir escribiéndome con mi pirata informático. Ya dije mi parte. Sé que no le preocupa, pero estoy profundamente agradecido de que no haya robado realmente mi identidad. Él ni siquiera entendió lo que yo sé gracias a mi legado judío: que es precisamente porque Dios me ama mucho que Él me hace responsable por mis acciones. De esa forma me permite materializar mi potencial al máximo – no simplemente obtener, sino ganarme Su amor.




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