Masacre en un evento de Janucá en Australia


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Después de 11 largos años, el retorno del cuerpo de Hadar Goldin nos recuerda que no hay lugar a compromiso en lo que respecta a la justicia, la dignidad y el valor moral.
Era una tarde cualquiera… la ropa giraba en el secarropa, un pódcast sonaba suavemente de fondo, cuando escuché por primera vez el nombre Hadar Goldin.
Un soldado israelí, muerto durante una tregua humanitaria en Gaza. Su cuerpo, retenido como rehén todos estos años, privado de la dignidad de un entierro judío.
Me quedé helada. El mundo siguió girando, pero yo no podía moverme.
¿Cómo puede seguir ocurriendo esto? ¿Cómo puede una madre esperar día tras día, con un dolor indescriptible, por la oportunidad de dar sepultura a su hijo?
Esa noche, algo cambió en mí. Lo que comenzó como un impacto se convirtió en una misión.
Durante cinco años he llevado la historia de Hadar en mi corazón.
He caminado por las calles de Jerusalem junto a su madre, Leá.
He escrito, he rezado y he pronunciado su nombre a través de varios continentes. Cada conversación, cada vela encendida, cada acto de recuerdo ha sido una pequeña protesta contra el olvido.
Nuestra campaña cruzó continentes y credos. Escribimos miles de cartas a líderes en Washington. Vimos videos alcanzar millones de personas en internet. Leá habló ante el Congreso, se reunió con el Papa, y cada vez que miraba sus ojos, sentía la misma verdad sencilla: somos una sola familia. Lo que te duele a ti, me duele a mí.
En un mundo insensible ante los titulares y las estadísticas, la historia de Hadar nos recuerda que detrás de cada conflicto hay un rostro humano, la voz de una madre, el dolor de una familia.
Esto no se trata solo de un soldado israelí. Se trata de justicia, cierre y de la creencia judía de que cada alma merece ser traída a casa.
Enterrar a nuestros muertos, recitar el Kadish, estar junto a la tumba y susurrar palabras de consuelo no es solo un deber religioso. Es un deber humano.
Lea Goldin, la madre de Hadar, hablando en el funeral de su hijo en Monte Herzl.
Recientemente, promoví una iniciativa de Shabat en mérito de Hadar y de todos los secuestrados, vivos y fallecidos. Cada vela encendida, cada bendición susurrada, cada acto de fe añade luz a esta larga noche.
He aprendido que el Shabat es nuestra arma de paz. Es una declaración de que, incluso en la oscuridad, elegimos la luz.
Ahora, al aterrizar en Israel para el tan esperado entierro de Hadar en Kfar Saba, mi corazón se siente pesado y pleno al mismo tiempo.
La familia ha esperado once largos años para que llegar a este momento.
Cuando finalmente llegó, supe que debía estar allí.
Voy no solo como activista, sino como madre, como judía, como hermana.
Para estar junto a Leá. Para estar junto a todo Am Israel.
Porque traer a Hadar (y a cada alma) de vuelta a casa es lo que los judíos hacemos. Es quienes somos y cómo sanamos. Es cómo transformamos el duelo en sentido, y el exilio en regreso.
Simja Goldin, el padre de Hadar, hablando en el cementerio.
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