Hoshaná Rabá y el profundo mensaje de una simple rama de sauce

01/10/2026

3 min de lectura

La aravá no tiene sabor ni aroma, pero nos enseña algo esencial: incluso cuando sentimos que tenemos poco que aportar, seguimos siendo parte de algo mucho más grande.

Hoshaná Rabá (lit. “la gran súplica”), es el séptimo y último día de Sucot, celebrado el 21 de Tishrei. Según la tradición, este día marca el sello final del juicio iniciado en Rosh Hashaná, por lo que se dedica especialmente a la plegaria, al estudio y al arrepentimiento.

Como es sabido, en Hoshaná Rabá, la sencilla rama de sauce ocupa un lugar muy especial, ya que además de tomar las cuatro especies, tenemos la costumbre de tomar un manojo de aravot (ramas de sauce) por separado y golpearlas contra el suelo.

¿Por qué estas ramas, que no tienen frutos sabrosos ni perfume, reciben tanta atención en este día tan especial?

Detrás de esta costumbre hay una enseñanza sobre nuestra relación con Dios, con el pueblo judío y con las generaciones que nos precedieron.

Las cuatro especies y nosotros

Un conocido Midrash compara las cuatro especies de Sucot con cuatro tipos de judíos. El etrog, que tiene sabor y aroma, representa a quienes poseen conocimiento de Torá y buenas acciones. El lulav, que proviene de la palmera cuyos frutos tienen sabor pero no aroma, representa a quienes estudian Torá, pero les faltan buenas acciones.

El hadás, el mirto, tiene aroma pero no sabor: representa a quienes hacen el bien, aunque carecen de conocimiento de Torá. La aravá, sin sabor ni aroma, representa a quienes carecen de ambos.

¿Qué hacemos con tantas diferencias? El Midrash responde: que todos se unan y que unos expíen por otros (Vaikrá Rabá 30:12).

Esta idea va más allá de llevarnos bien. Cuando nos unimos como pueblo, los méritos de unos pueden beneficiar a los demás. Quien todavía tiene mucho por aprender o mejorar puede participar de una riqueza espiritual que, por sí solo, no alcanzaría.

La aravá sigue siendo una aravá. Sin embargo, al unirse a las demás especies, participa de algo que supera sus propias cualidades.

Una comunidad se construye

Esta unión requiere una participación real. Maimónides destaca la importancia de compartir las dificultades de la comunidad y acompañarla en sus momentos de aflicción. El vínculo con nuestro pueblo se expresa al sentir su dolor, alegrarnos con sus alegrías y hacernos responsables unos de otros.

Estudiar Torá, hacer el bien y rezar con la comunidad son maneras concretas de fortalecer ese vínculo. Podemos estar en distintos niveles espirituales y, aun así, caminar juntos.

Esta idea se relaciona con el origen de Sucot. Según explica el Gaón de Vilna, las nubes de gloria que protegían al pueblo en el desierto se retiraron después del pecado del becerro de oro. Regresaron cuando los israelitas comenzaron a construir el Mishkán, el santuario que los acompañaba en el desierto.

El pueblo se había reunido alrededor de una tarea sagrada. Cada aporte se integraba en una obra compartida, y la presencia divina volvía a acompañarlos. Sucot celebra también esa cercanía recuperada.

El mismo principio aparece en Hakhel, la reunión que se realizaba durante Sucot cada siete años, después del año de Shemitá (año en que no se trabaja la tierra). Hombres, mujeres y niños se congregaban para escuchar la Torá, e incluso los más pequeños, que todavía no podían comprenderla, tenían un lugar. Aquella experiencia renovaba el vínculo de todo el pueblo con la entrega de la Torá en el Sinaí.

La pertenencia también educa: estar presentes, escuchar y compartir una experiencia sagrada puede conectarnos con algo que aún no comprendemos por completo.

El legado de los últimos profetas

El Talmud vincula la costumbre de la aravá con los últimos profetas: Jagai, Zejariá y Malají. Ellos vivieron en una época de transición, cuando la profecía estaba llegando a su fin.

¿Cómo conservaría el pueblo su conexión con Dios cuando ya no pudiera escuchar a Sus profetas?

La aravá ofrece una respuesta. Después de haber formado parte del conjunto de las cuatro especies, aparece por separado en Hoshaná Rabá. Simbólicamente, lleva consigo la fuerza de aquella unión.

Lo mismo ocurre con nosotros. Aunque vivamos lejos de las grandes generaciones del pasado y sintamos que estamos por debajo de su nivel espiritual, podemos seguir unidos a ellas mediante la Torá y nuestra participación en la vida del pueblo judío. Su herencia sigue siendo nuestra.

Por eso el Talmud afirma: “Si no son profetas, son hijos de profetas” (Pesajim 66a).

Precisamente en Hoshaná Rabá (ver Jagai 2:1), el profeta Jagai transmitió un mensaje de aliento a quienes reconstruían el Templo: “Mi espíritu permanece entre ustedes; no teman” (Jagai 2:5).

El final de la profecía vino acompañado de nuevas posibilidades de profundizar en la Torá oral, la tradición que transmite y explica las enseñanzas de la Torá. La cercanía con Dios seguía al alcance de quienes quisieran buscarla.

Tal vez hoy nos sintamos como una aravá: con pocos conocimientos y mucho por mejorar. Podemos empezar por acercarnos, aprender, acompañar a alguien y asumir nuestra parte en la comunidad.

La rama más sencilla de Sucot nos recuerda que también tenemos un lugar. Y que, al unirnos, podemos alcanzar juntos lo que ninguno alcanzaría por separado.

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