Iom Kipur y enfrentar nuestra mortalidad

30/09/2025

4 min de lectura

Por qué contemplar tu muerte es valioso.

En esta época del año se nos da la oportunidad de pensar profundamente en cómo podemos crecer y mejorar. Estos días entre Rosh Hashaná y Iom Kipur son días de introspección y reflexión.

Un tema central en nuestras plegarias es el reconocimiento de que nuestra vida pende de un hilo y que nuestro destino será sellado para el año venidero en Iom Kipur. Le pedimos a Dios que “nos recuerde para la vida” y que nos inscriba en el Libro de la Vida, reconociendo que nuestra propia existencia es un regalo al cual no tenemos derecho.

La tradición judía nos da muchas maneras de enfocarnos en vivir nuestras vidas con la mayor conciencia posible. Una forma clave es dándonos oportunidades para enfrentar la realidad de nuestra mortalidad. Confrontar la muerte afirma la vida y nos sacude para enfocarnos en el trabajo que tenemos que hacer para vivir bien.

Iom Kipur nos obliga a confrontar nuestra mortalidad

En Iom Kipur, el día más sagrado del año, tradicionalmente vestimos de blanco, similar a los muertos que también son vestidos de blanco. Ayunamos para permitir que nuestra alma se desligue levemente del cuerpo y así intentar experimentar una mayor conexión con Dios. Nos quitamos los zapatos de cuero para apartarnos un poco de lo que nos ancla al mundo físico. Y nos concentramos más en vernos como un alma espiritual con un cuerpo, en lugar de vernos principalmente como un cuerpo con un alma.

Otro ejemplo de enfrentar la realidad de la muerte es el trabajo de la Jevrá Kadishá (sociedad de entierro judía), donde voluntarios ayudan a otros judíos en la transición de esta vida a la siguiente. He tenido el honor de ser miembro de mi Jevrá local durante muchos años. Al entrar a la morgue, nos enfrentamos con la realidad de la muerte. El cuerpo sin vida bajo nuestro cuidado es impactante de contemplar. Se nos enseña a usar esta experiencia tan fuerte como motivación para trabajar en nosotros mismos, valorar más nuestra vida y reflexionar sobre cómo usamos nuestra existencia.

Similitudes entre Iom Kipur y la labor de la Jevrá Kadishá

Al realizar la tahará (purificación), la Jevrá Kadishá limpia y vierte agua sobre el difunto. El agua representa, entre otras cosas, la bondad y el reconocimiento de Dios. El profeta Ezequiel nos dice que el agua traerá una transformación divina. Dios promete que un poco de agua bastará para perdonar, limpiar y purificar completamente.

De manera similar, Iom Kipur es un día en el cual Dios promete limpiarnos y purificarnos. El día mismo posee un poder innato para traer expiación y devolvernos al estado prístino con el que iniciamos este viaje llamado vida.

En tiempos del Templo, en Iom Kipur el Sumo Sacerdote cambiaba a vestiduras blancas sencillas para entrar al Kodesh Hakodashim. Este era el santuario interior del Templo, al que sólo se accedía una vez al año. El Sumo Sacerdote entraba para tener un encuentro íntimo con Dios, pedir perdón y traer expiación para el pueblo.

De manera similar, tras la muerte, la Jevrá Kadishá viste al difunto con sencillas vestiduras blancas de lino, modeladas según aquellas que vestía el Sumo Sacerdote en Iom Kipur. Son ropas adecuadas para la ocasión, ya que tras la muerte tendremos una experiencia con Dios en los mundos espirituales que no puede compararse con nada que hayamos vivido en este mundo.

Enfrentar la muerte de cerca

Fuera de Israel, somos enterrados en un sencillo ataúd de pino, al que llamamos Arón (arca). Nuestro cuerpo es comparado con un rollo de Torá. El pergamino de un rollo de Torá ha absorbido santidad y se ha elevado al tener las palabras sagradas de la Torá de Dios escritas en él. Un rollo de Torá no se tira a la basura ni se quema; se entierra.

De manera similar, nuestro cuerpo ha absorbido santidad tras una vida de relación íntima con nuestra alma, dada por Dios. Al igual que el rollo de Torá, que es tratado con el mayor respeto, tomamos el cuerpo impregnado de santidad, lo vestimos con lino blanco y lo envolvemos en un lienzo blanco, para colocarlo con amor en un arca (ataúd) y enterrarlo. No hay forma de escapar de la realidad de la transición que está ocurriendo ni de lo que somos testigos y en lo que participamos.

El don de la vida

El judaísmo enseña que nuestra vida es un acoplamiento milagroso de un alma santa con un cuerpo físico y orgánico. Dios está constantemente insuflando nuestra alma en el recipiente que es nuestro cuerpo.

El judaísmo celebra apasionadamente la vida. Cada momento de vida tiene un valor infinito. Nuestra consigna es Lejaim, “¡Por la vida!”. Nos bendecimos unos a otros para que tengamos vidas largas, fructíferas y saludables.

Estamos obligados a dejarlo todo para salvar una vida.

Sin embargo, nosotros y todos los que amamos experimentaremos la transición al siguiente mundo que llamamos muerte. Pero la mayoría vivimos como si fuéramos a vivir para siempre, negando esa inevitabilidad.

La verdad es que sí vivimos para siempre. Cuando hemos terminado esta fase de existencia, cuando morimos, nuestra alma y nuestro cuerpo se separan, permitiendo que el alma ascienda al mundo de las almas y que el cuerpo físico sea amorosamente devuelto a la tierra de donde vino. El alma simplemente se desprende de la vestimenta que es el cuerpo para seguir existiendo en otra dimensión. No termina ni muere; cambia de forma. La muerte es un término incorrecto, ya que no hay fin para la existencia del alma.

La tradición judía enseña que este mundo es un vestíbulo o corredor que conecta con el Mundo Venidero. Junto con esto viene la comprensión de que importamos, de que Dios confía en que logremos algo que sólo nosotros podemos lograr, en rectificar una parte del mundo que sólo nosotros podemos reparar. Estamos vivos porque somos importantes y necesarios para el funcionamiento del mundo que Dios supervisa y en el que está íntimamente involucrado. Nuestra vida aquí es de suma importancia. Nuestra alma viaja por la vida con un cuerpo porque tiene un propósito al estar aquí. Tiene un trabajo que realizar.

En Iom Kipur, rezamos y pedimos a Dios que nos conceda vidas largas, saludables y significativas, llenas de oportunidades para crecer y para ser y hacer el bien. Expresamos gratitud por nuestra vida, reconociendo que todo es un regalo. Apreciamos que todos tenemos trabajo por hacer para maximizar el enorme potencial que cada una de nuestras vidas tiene y para asociarnos con Dios para traer más bondad y compasión al mundo. Le pedimos a Dios que nos conceda más vida para poder trabajar en aquello que está bajo nuestro control, mejorarnos a nosotros mismos y vivir bien.

Pensar en nuestra propia mortalidad es un motivador importante y saludable para vivir con conciencia y propósito. Hacemos todo lo posible para prolongar la vida, y al mismo tiempo se nos ordena no negar la muerte. Necesitamos oportunidades como estos días previos y el mismo Iom Kipur para reflexionar profundamente sobre la naturaleza finita de nuestra existencia aquí, y así enfocarnos en evaluar cómo vivimos.

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