Jeshván, el mes más "amargo" del calendario judío

13/11/2025

3 min de lectura

Jeshván no es un mes de tragedia ni de dolor. Es un mes que simplemente transcurre.

Existe un mes en el calendario hebreo que se distingue por una particularidad: es el único que carece por completo de festividades, días especiales o celebraciones judías. Se trata de Jeshván, un mes que transcurre en silencio litúrgico, sin el eco de las oraciones festivas ni el brillo de las velas ceremoniales. Es por esta razón que tradicionalmente se le conoce como mar jeshván, literalmente, "jeshván amargo", donde la palabra mar en hebreo significa precisamente eso 'amargo'.

Pero aquí surge una pregunta: si jeshván es llamado "amargo" por la ausencia de festividades, ¿por qué el mes de av, el mes en que conmemoramos la destrucción de ambos Templos de Jerusalem, uno de los períodos más trágicos y dolorosos de nuestra historia, no recibe el mismo título? ¿No debería av, con su carga de duelo y devastación, ser el mes verdaderamente amargo?

La respuesta a esta aparente contradicción nos revela una de las ideas más profundas sobre la naturaleza de la conexión espiritual en el judaísmo.

El dolor que conecta

La verdad es que el mes de av, por más doloroso que sea, está impregnado de conexión. Durante av vivimos el duelo nacional por la pérdida del Templo, ayunamos en Tishá BeAv, recitamos kinot, lamentaciones, estudiamos sobre la destrucción y reflexionamos sobre el exilio. En otras palabras, incluso en la tragedia existe un vínculo palpable con lo sagrado. Nos relacionamos con Dios a través del lamento, del ayuno, de la introspección colectiva. El dolor se transforma en un puente, en una forma de diálogo.

Paradójicamente, es en los momentos de mayor oscuridad cuando muchas veces nuestra conexión con lo Divino se intensifica. El sufrimiento, por más que no lo deseemos, tiene la capacidad de despertarnos, de sacudirnos de nuestra rutina espiritual y obligarnos a confrontar las preguntas más fundamentales de la existencia.

La verdadera amargura

Mar jeshván, en cambio, representa algo completamente distinto. No es un mes de tragedia ni de dolor. Es un mes que simplemente transcurre. Los días pasan uno tras otro sin ninguna festividad que nos convoque (a excepción de mi cumpleaños), sin ninguna fecha especial que nos obligue a detenernos y reflexionar. No hay mitzvot especiales, no hay ayuno que nos sacuda, no hay celebración que ilumine nuestros hogares.

Y precisamente ahí radica su amargura, en la ausencia de conexión. Es la sensación de que Dios está distante, de que no hay nada que nos vincule, de que la vida transcurre en un vacío espiritual. Es la experiencia de la rutina sin sentido, de los días que se suceden mecánicamente sin propósito ni dirección.

El desafío de lo cotidiano

Nuestros sabios entendieron que el mayor desafío no es mantener la fe en medio de la tragedia, porque la tragedia, por su misma naturaleza, nos obliga a buscar respuestas, sino mantener la fe en medio de lo ordinario, en los días grises donde nada extraordinario ocurre y donde la tentación de desconectarnos es mucho mayor.

Cuando no hay una festividad que nos convoque, ¿somos capaces de mantener viva la llama? ¿Podemos encontrar sentido en un día común y corriente? ¿Sabemos cómo relacionarnos con lo Divino cuando no hay un ritual específico que nos guíe?

Transformar lo amargo

Mar Jeshván también representa una oportunidad. Es la oportunidad de demostrar que nuestra conexión con Dios no depende de las festividades del calendario, sino que es algo que cultivamos activamente, día tras día. Es en este mes sin brillo aparente donde podemos construir una espiritualidad más sólida, una conexión más auténtica.

Porque cuando elegimos conectarnos en ausencia de obligaciones festivas, cuando buscamos a Dios en medio de lo ordinario, estamos demostrando que nuestra relación con lo sagrado es real y profunda.

La pregunta que nos deja este mes es: ¿Qué hacemos nosotros para endulzar lo amargo? ¿Cómo transformamos los días ordinarios en oportunidades de conexión?

Porque al final, la amargura o la dulzura de nuestros días no depende tanto de lo que ocurre en el calendario, sino de cómo elegimos vivir cada momento que se nos regala.


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