La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


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Rabí Akiva enseñó que el principio fundamental de la Torá es “ama a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Por qué entonces murieron 24.000 de sus alumnos precisamente por no hacer eso?
¿Por qué murieron en una plaga 24.000 estudiantes de Rabí Akiva, el mayor sabio de Torá de su generación? El Talmud (Ievamot 62b) da una explicación devastadora: “porque no se trataban unos a otros con el debido respeto”.*
Rabí Akiva fue justamente quien declaró que el principio rector de toda la Torá es el versículo “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Si algunos alumnos debían comprender la centralidad del amor en las relaciones humanas, eran los suyos. ¿Cómo, entonces, fallaron tan profundamente en la enseñanza fundamental de su propio maestro?
La respuesta se encuentra en un debate registrado en el mismo pasaje midráshico sobre cuál es el principio más abarcador de la Torá. Un colega de Rabí Akiva, Ben Azai, propuso una alternativa inesperada: “Este es el libro de las generaciones del hombre” (Génesis 5:1). ¿Qué podría enseñar un versículo genealógico que rivalice con el mandamiento de amar al prójimo?
Rav Asher Weiss, un destacado erudito contemporáneo, explica que Ben Azai no apuntaba a la genealogía, sino a algo más fundamental: la naturaleza de lo que es un ser humano. El versículo continúa: “A imagen de Dios lo creó”. El principio de Ben Azai no trata de lo que sentimos hacia los demás, sino de lo que los demás son. Cada ser humano lleva la imagen de Dios. Su valor no depende de si nos resulta agradable. Su divinidad inherente es independiente de nuestros sentimientos.
Aquí radica el núcleo de la diferencia. Rabí Akiva construía las relaciones sobre el amor. Ben Azai insistía en que debían construirse sobre el respeto. Y no es lo mismo.
El amor, en esencia, trata de tu experiencia de la otra persona: lo que te resulta atractivo, admirable o afín en él, el placer que te brinda su presencia. El respeto no es un sentimiento, sino un reconocimiento. Afirma: tú existes independientemente de mí. Tu valor no depende de mi afecto. Tienes un lugar en el mundo que yo no te otorgué ni puedo quitarte. El respeto exige hacer espacio para la realidad del otro, incluso cuando resulta incómoda o desafiante para la nuestra.
Este fue, quizás, el error de los alumnos de Rabí Akiva. El amor sin una base de respeto es inestable. Puedes amar a alguien y aun así desestimarlo, no honrar su dignidad. Su amor carecía de fundamento. Y por eso llegó la plaga, y el mundo se vio disminuido.
La Mishná enseña: “Amado es el ser humano, porque fue creado a imagen de Dios” (Pirkei Avot 3:14). El Maharal de Praga y el Gaón de Vilna desarrollan una metáfora impactante. Todos los seres humanos comparten la misma forma básica: dos ojos, dos oídos, una boca, una nariz. Sin embargo no hay dos rostros idénticos. Los seres humanos no son copias producidas en masa a partir de un mismo molde. Cada uno es como un Rembrandt: singular, irrepetible, insustituible. La rareza otorga valor. Una pintura única vale más que mil copias. Cuánto más un ser humano, del que nunca ha existido ni existirá un duplicado en toda la historia. Esa es la base metafísica del kavod, la dignidad. Su valor está inscrito en la propia estructura de la creación.
Dos mil años después de Ben Azai, John Gottman, reconocido terapeuta de parejas, estudió durante décadas miles de matrimonios. Él identificó lo que llamó los “Cuatro Jinetes” de la destrucción de la relación: crítica, desprecio, actitud defensiva y evasión. De ellos, el mayor predictor de divorcio es el desprecio: cualquier acto de menosprecio, por sutil que sea, que comunique que el otro no merece consideración. En otras palabras, la ausencia de kavod, de respeto.
Gottman llegó a esto mediante la observación empírica. Ben Azai, a través de la Torá. Ambos dicen lo mismo: el amor aporta placer a una relación, pero el respeto es el suelo sobre el cual se sostiene.
Dado que los estudiantes de Rabí Akiva murieron durante la cuenta del Ómer, entre Pésaj y Shavuot, los Sabios establecieron un período de duelo por ellos. Ahora consideremos el segundo período de duelo en el calendario judío: las Tres Semanas entre el 17 de tamuz y Tishá BeAv (el 9 de av). El Talmud enseña que el Segundo Templo fue destruido por sinat jinam, odio gratuito. El remedio que suele proponerse es ahavat jinam, amor incondicional. Amor sin condiciones previas, sin cálculos, sin esperar que la otra persona se lo gane primero.
Al colocar estos dos períodos uno junto al otro, emerge una fórmula notable. El período del Ómer aborda una falla de respeto. Las Tres Semanas abordan una falla de amor. Juntos describen la arquitectura completa de lo que requieren las relaciones humanas. La base es el respeto: el reconocimiento de que toda persona, por portar la imagen de Dios, es digna de dignidad.
El amor es lo que se construye sobre esa base: la calidez, la conexión, la capacidad de ver la belleza particular en el otro. El amor sin respeto deriva hacia el interés propio. El respeto sin amor carece de calidez. Los Sabios nos dieron cada año un tiempo específico para trabajar en cada uno.
La Torá exige un amor basado en el respeto y un respeto animado por el amor. Esta es la base del matrimonio, la amistad, la comunidad y, en última instancia, del pacto entre Dios e Israel.
Mantener la conciencia del valor profundo e intrínseco de cada persona durante este período de duelo ayuda a transformar la trágica muerte de los alumnos de Rabí Akiva en un crecimiento significativo para nosotros y para el pueblo judío.
*Los alumnos de Rabí Akiva eran tanto personas justas como líderes del pueblo judío, y en consecuencia fueron juzgados con extremo rigor.
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