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La belleza de la santidad o la santidad de la belleza

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Vaiakel (Éxodo 35:1-38:20 )

por Rav Jonathan Sacks

En Ki Tisá y Vaiakel encontramos la figura de Betzalel (un personaje extraño en la Biblia hebrea), el artista, el artesano, quien sabe dar forma bella para servir a Dios, el hombre que junto a Oholiab, construyó los artefactos asociados con el Tabernáculo. El judaísmo, en marcado contraste con la Grecia antigua, no valoraba las artes visuales. La razón es clara: la prohibición bíblica contra las imágenes talladas por estar asociadas con la idolatría. Históricamente, en el mundo antiguo las imágenes, fetiches, íconos y estatuas estaban conectados con las prácticas religiosas paganas. La idea de adorar el "producto de las manos humanas" era un anatema para la fe bíblica.

De forma más general, el judaísmo es una cultura del oído, no del ojo (1). Como la religión de un Dios invisible, el judaísmo otorga santidad a las palabras que se escuchan y no a los objetos que se ven. De aquí surgió dentro del judaísmo la actitud general negativa hacia el arte representativo.

Hay algunos famosos manuscritos ilustrados, como la Hagadá de cabezas de pájaro de Bavaria, del siglo XIV, en la que las figuras humanas tienen cabeza de ave para evitar representar por completo la forma humana. El arte no está prohibido en sí mismo; existe una diferencia entre la representación tridimensional y bidimensional. Como dejó claro en su responsa Rav Meir de Rothenburg (1215-1293): "No hay ninguna transgresión [en los libros ilustrados] contra la prohibición bíblica… [las ilustraciones] son simplemente parches planos de color que carecen de suficiente materialidad [para constituir una imagen tallada]" (2). De hecho, muchas sinagogas antiguas en Israel contaban con elaborados mosaicos. Sin embargo, en general el arte se enfatiza menos en el judaísmo que en las culturas cristianas, donde la influencia helenística fue más fuerte.

No hay muchas referencias positivas al arte en la literatura rabínica. Una excepción es Maimónides, quien escribió:

Si alguien se ve afectado por la melancolía, debe curarse escuchando canciones y diversas clases de melodías, caminando por jardines y edificios bellos, sentándose frente a formas bellas y con cosas similares que den placer al alma y provoquen que desaparezca la melancolía. Con todo esto debe tener el propósito de lograr que su cuerpo esté sano, y la meta de tener un cuerpo sano es para poder obtener conocimiento (3).

Sin embargo, los términos con los cuales Maimónides describe la experiencia estética dejan claro que él considera al arte estrictamente como un instrumento, un modo de aliviar la depresión. No hay ninguna sugerencia respecto a que tenga un valor por sí mismo.

La declaración positiva más fuerte que he encontrado es la de Rav Abraham HaCohen Kook, el primer Gran Rabino ashkenazí de Israel (antes de la declaración del estado), al describir la época en que vivió en Londres durante la Primera Guerra Mundial.

Cuando vivía en Londres, visitaba la Galería Nacional, y los cuadros que más me gustaban eran los de Rembrandt. En mi opinión, Rembrandt era un santo. La primera vez que vi las pinturas de Rembrandt, me recordaron la declaración rabínica respecto a la creación de la luz. Cuando Dios creó la luz [en el primer día], esta era tan fuerte y brillante que era posible ver desde un extremo al otro del mundo. Dios temió que los malvados la aprovecharan. ¿Qué fue lo que hizo? La ocultó para los justos en el Mundo Venidero. Pero de vez en cuando hay grandes hombres a quienes Dios bendice con una visión de esa luz oculta. Yo creo que Rembrandt fue una de estas personas, y la luz en sus cuadros es esa luz que Dios creó en el Génesis (4).

Es sabido que Rembrandt tenía un afecto especial por los judíos (5). Los visitaba en su pueblo natal de Ámsterdam y los pintaba, y también pintó muchas escenas de la Biblia judía. Sin embargo, yo sospecho que lo que Rav Kook vio en sus cuadros fue la capacidad de Rembrandt de transmitir la belleza de las personas comunes y corrientes. Él no trató de embellecer ni idealizar a sus modelos (esto es más notable en sus autorretratos). La luz que brilla de ellos es simplemente su humanidad.

Rav Shimshon Rafael Hirsch fue quien distinguió a la Grecia antigua del Israel antiguo en términos del contraste entre estética y ética. En su comentario sobre el versículo: "Que Dios ensanche a Iefet y resida en las tiendas de Shem" (Génesis 9:27), Rav Hirsch observó:

La rama de Iafet alcanzó su máximo esplendor en los griegos. La de Shem en los hebreos, Israel, quienes llevaron y siguen portando el nombre (Shem) de Dios a las naciones del mundo… Iefet ha ennoblecido estéticamente al mundo, Shem lo iluminó espiritual y moralmente (6).

Sin embargo, como vemos en el caso de Betzalel, el judaísmo no es indiferente a la estética. Los Sabios explican que el concepto de hidur mitzvá, "embellecer el mandamiento", implica que debemos esforzarnos para cumplir los mandamientos de la forma que sea más agradable estéticamente. Las prendas sacerdotales debían ser "para gloria y esplendor" (Éxodo 28:2). Los mismos términos aplicados a Betzalel (sabiduría, inteligencia y entendimiento) son aplicados en el libro de Proverbios a Dios mismo como Creador del universo:

Dios creó la tierra con sabiduría. Con inteligencia estableció los cielos. Con Su entendimiento fueron rotos los abismos y los cielos dejaron caer su rocío. (Proverbios 3:19-20)

La clave respecto a Betzalel se encuentra en su nombre, que significa "en la sombra de Dios". El don de Betzalel era su capacidad de comunicar, a través de su obra, que el arte es la sombra proyectada por Dios. El arte religiosa nunca es "arte por el arte mismo" (7). A diferencia del arte secular, apunta a algo más allá de sí mismo. El Tabernáculo mismo era una especie de microcosmos del universo, con una importante particularidad: en él sentías la presencia de algo que estaba más allá, lo que la Torá llama "la gloria de Dios" que "llenó el Tabernáculo" (Éxodo 40:35).

Los griegos, y todos los del mundo occidental que heredaron su tradición, creían en la santidad de la belleza (Keats: "La belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber) (8). Los judíos creen exactamente lo opuesto: hadrat kodesh, la belleza de la santidad: "Atribuyan a Dios la gloria debida a Su nombre. Adoren a Dios en la belleza de Su santidad" (Salmos 29:2). En el judaísmo, el arte siempre tiene un propósito espiritual: ayudarnos a tomar consciencia del universo como una obra de arte, dando testimonio del Artista supremo: Dios mismo.

Shabat Shalom


NOTAS

  1. Sin embargo, para una perspectiva más matizada ver Kalman Bland, "The Artless Jew: Medieval and Modern Affirmations and Denials of the Visual" (Princeton University Press, 2001).
  2. Ver Tosafot, comentarios sobre Yoma 54a-b, s.v. Keruvim; responsa Rabí Meir MiRothenberg (Venecia 1515), 14-16
  3. Rambam, Introducción al comentario sobre la Mishná Avot, Eight Chapters on Ethics, cap. 5. 298.
  4. Jewish Chronicle, 9 de setiembre de 1935.
  5. Ver Michael Zell, "Reframing Rembrandt: Jews and the Christian Image in Seventeenth- Century Amsterdam" (University of California Press, 2002), y Steven Nadler, "Rembrandt's Jews" (University of Chicago Press, 2003).
  6. The Pentateuch, traducido con el comentario de Shimshon Rafael Hirsch (Gateshead, Judaica Press, 1982) 1:191
  7. Por lo general la frase s ele atribuye a Benjamín Constant (1804)
  8. Las últimas líneas del famoso poema de Keats, "Oda a una urna griega"



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