La búsqueda espiritual de un oficial de inteligencia israelí

19/11/2025

10 min de lectura

Tras ser testigo de los horrores del 7 de octubre, el veterano oficial de inteligencia Guy Itzhaki estuvo destrozado, hasta que un inesperado despertar espiritual comenzó a un proceso de recuperación.

Guy Itzhaki no es la clase de hombre que se sobresalta fácilmente.

Oficial de inteligencia de las FDI condecorado y con más de 25 años de servicio, pasó su carrera en la línea de batalla frente a las amenazas más oscuras de Israel. Luchó en la Segunda Guerra del Líbano, expuso túneles de Hezbollah a lo largo de la frontera norte, rastreó el contrabando de armas iraníes y sirvió durante dos años como asistente del entonces jefe de estado mayor, Benny Gantz. También dio conferencias en el Instituto Internacional para el Contraterrorismo e incluso escribió un libro sobre Hezbollah.

Si alguien creía que lo había visto todo, ese era Guy.

Pero en la mañana del 7 de octubre del 2023, algo inexplicable lo despertó a las 6:30 am. No hubo sirenas, alertas ni llamadas urgentes; solo un presentimiento de que algo estaba terriblemente mal.

Solo unas horas antes, alrededor de las 3 am., Guy había recibido un mensaje cauteloso del ejército: los equipos de inteligencia detectaban actividad inusual dentro de Gaza, pero nada concluyente. Había pedido que le avisaran si la situación evolucionaba y luego volvió a dormir. Ahora, al comenzar a amanecer, sus instintos le decían que no podía esperar.

Guy entendió que esto era guerra, una guerra como ninguna que hubiera presenciado en sus décadas de servicio.

Llamó a su segundo al mando, quien envió a un oficial al cuartel general militar. Cuando el oficial envió imágenes de camionetas blancas de Hamás circulando libremente por las calles de Sderot, Guy entendió que esto era guerra, una guerra como ninguna que hubiera presenciado en sus décadas de servicio.

En menos de una hora, Guy ya estaba en el cuartel general, observando imágenes en vivo. “Leí muchos libros de historia sobre la Guerra de Iom Kipur”, dijo Guy en una entrevista con Aishlatino.com, “pero esta fue la primera vez en mi vida que vi una escena de esa guerra. La gente estaba en shock. Cuando ves estos incidentes en la pantalla, hay tres opciones: una, que estás soñando y es una pesadilla; dos, que estás viendo un gran ejercicio de entrenamiento de las FDI; o tres: ¡Cometimos un grave error!”

En esas primeras horas caóticas, hubo mucha confusión. La magnitud del ataque, el número de infiltraciones, el destino de las comunidades fronterizas. Todo estaba fragmentado, contradictorio o desconocido. Instintivamente, Guy llamó a su esposa, Anat, quien tenía un papel sensible en el ejército como directora de Recursos Humanos de la división de operaciones especiales. Dejando a sus cuatro hijas en casa con instrucciones precisas para entrar al refugio antiaéreo durante las sirenas, Anat condujo directamente a la base para unirse a Guy.

En ese momento, Guy era jefe del Departamento de Influencia, una unidad creada una década antes para contrarrestar narrativas hostiles exponiendo la verdad sobre cómo operan los enemigos de Israel. El trabajo de su equipo combinaba inteligencia, medios y guerra psicológica; documentando evidencia del campo de batalla y utilizándola para revelar al mundo las tácticas de Hamás.

“Por ejemplo”, explicó Guy, “si entras a un jardín de infantes en Gaza y dentro hay proyectiles, rifles, granadas o lo que sea, tomamos fotos o videos de esas cosas, y luego podemos usarlas en línea para mostrarle a la gente cómo Hamás está usando a los niños como escudos humanos”.

Recolección de datos horribles

Dentro de este departamento existía una unidad especializada de reservistas encargada de operaciones de influencia táctica: recopilar pruebas físicas y visuales de zonas de combate (fotografías, videos, equipos incautados) que pudieran usarse para mostrar al mundo lo que los soldados israelíes estaban presenciando de primera mano.

Al comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo, Guy llamó de inmediato al comandante de la unidad con una orden directa: ir al sur y recopilar todo. Cada imagen, cada grabación, cada arma o teléfono desechado, cualquier cosa que pudiera ayudar a reconstruir la verdad.

En ese momento no tenía idea de que esa decisión convertiría a su unidad en el principal centro de datos de la masacre.

El equipo de Guy recopiló más de cinco terabytes de material, grabaciones crudas y devastadoras captadas por las cámaras GoPro de los terroristas, sus teléfonos y los sistemas de seguridad de los kibutzim atacados. Guy vio cada uno de esos videos.

Durante los siguientes cuatro a cinco meses, el equipo de Guy recopiló más de cinco terabytes de grabaciones sin filtrar, grabaciones crudas y devastadoras captadas por las cámaras GoPro de los terroristas, sus teléfonos y los sistemas de seguridad de los kibutzim atacados. Su departamento organizó el material que finalmente se mostró al primer ministro Netanyahu, al presidente Biden, al secretario de defensa Austin, líderes mundiales, diplomáticos y principales medios internacionales.

Y durante todo ese período, Guy vio personalmente cada video.

Pero las pantallas, espantosas como eran, no lo prepararon para el momento en que decidió ver el resultado con sus propios ojos.

El infierno en la tierra

El 9 de octubre, dos días después de la masacre, Guy, su asistente y su conductor se dirigieron a Kfar Aza y luego al Kibutz Beeri. Creyó haberse preparado. Es la tercera generación de un sobreviviente del Holocausto. Había estado dentro de campos de exterminio nazis cinco veces. Había pasado su vida estudiando los rincones más oscuros de la crueldad humana.

“Nada me preparó para lo que vi”. Al entrar a Kfar Aza, Guy sintió que el eje de su vida se inclinaba.

“No era un campo de exterminio… eso no es del todo correcto. Era el infierno en la tierra”.

"Era…" Se detuvo, buscando una palabra. "No era un campo de concentración… eso no es del todo correcto. Era el infierno en la tierra”.

Guy recordó: “El lunes por la mañana todavía estaba ardiendo. Las casas seguían en llamas. Recuerdo caminar por las calles de Kfar Aza y tener terroristas luchando contra nosotros en la fila de al lado. Recuerdo entrar a las casas y moverme entre un cuerpo y otro: el cuerpo de una mujer sobre la lavadora, el de un perro, el de su esposo, el de un bebé… Solo cuerpos. Recuerdo el camino que conduce allí. Le dije a mi conductor: ‘No mires a los lados, solo conduce recto, porque verás cuerpos tras cuerpos tras cuerpos’. Estuve allí un par de horas y luego regresé”.

Esa noche en casa, se rompió la presa. Guy estalló en llanto. “No soy una persona emocional. No estoy acostumbrado a llorar. Llegué a un punto en que necesitaba quebrarme. Necesitaba liberar algunos sentimientos. Y desde entonces, no puedo dormir por la noche. Tengo pesadillas. Durante los primeros meses, lloraba constantemente cada noche”.

El diagnóstico llegó más tarde: trastorno de estrés postraumático (TEPT), pero Guy ya sabía que algo dentro de él se había quebrado.

Su vida comenzaría a cambiar de formas que nunca anticipó.

Volver a Dios

Antes de la guerra, Guy planeaba retirarse del ejército, pasar más tiempo con su familia y trabajar en proyectos civiles. En los seis meses posteriores al 7 de octubre, continuó liderando el Departamento de Influencia durante el período más intenso de la guerra. Pero cuando finalmente asumió su sucesor, Guy se apartó del ejército por primera vez en más de 25 años. Esperaba una transición tranquila a la vida civil; un tiempo para descansar, reacomodarse y pasar tiempo con su familia.

En cambio, se encontró con el vacío dejado por el trauma.

“Por primera vez en mi vida volví a casa sin mi teléfono militar encriptado, sin ninguna responsabilidad, y en las primeras semanas estaba destrozado. No podía recomponerme. Había estado en guerras antes, en Gaza, en El Líbano, en Judea y Samaria. Me habían disparado y yo había disparado al enemigo. Perdí amigos. Esto era otra cosa”.

Entonces, un día, sucedió algo pequeño pero que cambió su vida.

Guy abrió su armario y, sobre una repisa, había una bolsa simple que contenía el talit y los tefilín que había recibido como regalo de bodas de su suegro. Apenas los había tocado en años. Guy no creció en un hogar religioso; su esposa, Anat, proviene de un entorno más observante, pero su vida familiar se asentó en un punto medio: cocina kasher, fiestas judías, pero sin observancia del Shabat.

No se había puesto los tefilín en años, pero algo lo atrajo hacia la bolsa.

“Creo que Dios me vio en mi punto más bajo y me ayudó a levantarme”.

No sabía exactamente por qué, pero tomó el teléfono y llamó a su cuñado, un rabino, para preguntarle cómo ponérselos.

Mirando atrás, Guy habla de ese momento con emoción: “Creo que Dios me vio en mi punto más bajo y me ayudó a levantarme.”

Lo que comenzó como un solo acto, un acercamiento silencioso e incierto, se convirtió en el primer paso hacia un retorno espiritual. Como dice Guy, sintió una necesidad urgente de reconstruir el significado. “Este mundo es un pasillo hacia el siguiente”, dijo. “Mientras esté en este pasillo, quiero ser mejor persona. Quiero valores conectados a nuestras raíces. Y quiero dejar atrás el mal que vi”.

Así que comenzó a ponerse tefilín cada mañana.

La conexión que Guy experimentó al comenzar a rezar y recitar los Salmos diariamente le permitió superar su quebranto y regresar lentamente a la vida cotidiana. Al principio rezaba solo, en casa. “Necesitaba un lugar conmigo mismo, porque cuando rezas, es el único momento que tengo para pensar, respirar y estar conmigo”.

Eventualmente, Guy se acercó a la sinagoga local. Había ido antes en fiestas judías y celebraciones de Bar Mitzvá, pero nunca se había sentido conectado a los servicios.

“Fue la primera vez que llegué a una sinagoga con el sentimiento de realmente querer estar allí, abrir mis ojos y oídos, entender lo que estoy haciendo, comprender cómo comunicarme conmigo mismo y cómo iniciar una conversación con Dios”.

Aunque temía ser criticado por hacerlo “mal”, Guy descubrió que la sinagoga era un lugar cálido y acogedor. “Encontré una comunidad hermosa”, dijo. “Me sentí en casa”.

Además de rezar, Guy comenzó a leer textos judíos clásicos, desde Eclesiastés y el Talmud hasta El Camino de los Justos. “Buscaba la verdad, y la encontré dentro de los antiguos libros judíos. Paso a paso, siento que estoy en una posición muy diferente”.

Guy reflexionó: “Esta fue la primera vez en mi vida adulta que hice algo por mí mismo. No por el ejército, no por el país, por mí. Me ayudó a entender más sobre lo que quiero lograr, a qué apunto. Me ayudó a ser mejor persona, o aspirar a ser mejor persona, y el único que puede decir si soy mejor persona o no es Dios”.

A medida que Guy estudiaba y se conectaba más con el judaísmo, decidió comenzar a observar el Shabat. Esto fue, y sigue siendo, un desafío en muchos sentidos. A nivel práctico, es un desafío para su familia y parientes, porque ya no puede asistir a cenas los viernes por la noche que no estén a una distancia que pueda recorrer caminando. También es difícil emocionalmente, porque los momentos de silencio son complicados para Guy. “Cuando tienes TEPT, los malos pensamientos buscan un lugar para atraparte”.

Guy valora el tiempo adicional con su familia. Y cuando los demás no están disponibles, recurre a libros, plegaria y reflexión. Lentamente, el Shabat se está convirtiendo no solo en disciplina, sino en compañía. “Shabat es un momento para ordenar mis pensamientos, pensar más, hacer menos”.

Equilibrar familia y espiritualidad

El crecimiento espiritual no ocurre en aislamiento: se extiende a toda la familia. Su esposa, Anat, quien tiene que procesar su propio trauma de la guerra, ha apoyado mucho el camino de Guy.

“Mi esposa es mi mejor amiga”. Y a lo largo de este vulnerable nuevo capítulo, esa amistad se mantuvo firme.

“Mi esposa me pidió que lo tomara paso a paso, y eso es lo que estoy haciendo”.

Aun así, Anat tenía preocupaciones al principio. Se preguntaba cómo su nueva espiritualidad y observancia afectaría su hogar. “Me pidió que lo tomara paso a paso, y eso es lo que estoy haciendo”, dice Guy.

Al principio, Anat se unió a sus exploraciones solo para apoyarlo. Pero lentamente comenzó a crecer su propio interés en el judaísmo. Su hija mayor, ahora de 18 años, también comenzó a expresar curiosidad sobre sus raíces. Guy no presionó, no exigió, no esperó; cada uno llegó al camino a su manera, a su propio ritmo.

Cualquiera que sea la dirección que tome su familia, la acogerá con amor. Sabe que, pase lo que pase, se tienen unos a otros.

A través de todo esto, Guy sigue construyendo una vida espiritual que lo sostiene. Hoy reza tres veces al día, hablando con Dios durante todo el día.

“Siento que hablamos, siempre. Sé que Él escucha. Incluso cuando cometo errores”.

Vivir con el trauma

La ansiedad de Guy aún se manifiesta de maneras inesperadas. Se pone tenso cuando sus hijas llegan tarde y revisa compulsivamente el reloj hasta escuchar la puerta. Evita la televisión por completo; incluso clips de noticias o historias de rehenes pueden desencadenar olas abrumadoras de emoción. El sueño aún llega fragmentado, interrumpido por pesadillas.

“No hay una hora en la que deje de pensar en lo que vi”.

“No hay una hora en la que deje de pensar en lo que vi”, admitió. “No hay una semana en que no llore”.

Junto al dolor, se encuentra una culpa pesada e inexplicable. No formaba parte del círculo de toma de decisiones antes del 7 de octubre, pero se siente personalmente responsable por lo ocurrido; una carga emocional que comparten muchos soldados y oficiales de inteligencia.

A través de todo esto, Guy regresa una y otra vez al único lugar donde el dolor no lo consume: su conexión con Dios.

“Además de mi esposa y mis hijas, este proceso con Dios es tal vez lo mejor que tengo. Me mantiene vivo, no física sino mentalmente. Me da significado, respuestas a mis preguntas. Es lo principal que me ayuda a mantener la cabeza fuera del agua”.

Guy dice que antes de la guerra cargaba con “toneladas de ego” de sus años en el ejército, del sentido de mando y capacidad que definía su vida. Pero el trauma lo despojó de todo eso. “Pensaba que la historia se trataba de mí”, reflexiona. “Ahora entiendo que la historia se trata de mí y de Él, y de convertirme en una mejor persona en este mundo”.

Proyectos actuales

Mientras sigue sanando, Guy se niega a dejar que el trauma lo paralice. La ambición todavía arde en él, no por reconocimiento, sino por propósito. “Necesitamos vivir”, dice. “Quiero hacer el bien. Quiero tener éxito. Quiero ayudar”.

Hoy, Guy canaliza sus décadas de experiencia en inteligencia y seguridad hacia nuevas iniciativas en Israel y América del Norte. Su enfoque abarca consultoría de seguridad, estrategia de influencia, protección comunitaria y tecnologías emergentes. Sobre todo, lo impulsa el deseo de fortalecer y proteger a las comunidades judías en todo el mundo.

Habla con urgencia: “En este momento, la comunidad judía en todo el mundo está en una posición muy débil. Los próximos diez años serán muy difíciles para los judíos”.

Guy quiere usar la tecnología y los métodos de inteligencia, herramientas que dominó en el ejército, para combatir el antisemitismo y moldear la percepción pública. Para él, esto no es solo estrategia; es restitución personal, una forma de transformar el dolor en impacto.

Para tener éxito, cree que las comunidades judías deben pensar de manera más cohesionada. “Necesitamos que todas las comunidades judías de cada país se unan para construir una narrativa compartida, un mensaje claro, una estrategia de influencia coordinada. Debemos ser decididos, persuasivos y precisos”.

Su visión es práctica pero audaz: una nueva infraestructura para la resiliencia judía, informada por las lecciones (especialmente los fracasos) del 7 de octubre.

Esos fracasos, insiste Guy, provinieron de la “falta de profesionalismo, arrogancia y exceso de confianza”. Las señales de advertencia estaban allí. Fueron ignoradas. Israel no puede permitirse que eso vuelva a suceder.

La preparación, dice, comienza con humildad: “el equipo adecuado, en el lugar adecuado, que no crea saberlo todo”. Con eso, las FDI, y el mundo judío, pueden enfrentar los desafíos que se avecinan.

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