¿Encontraron realmente el Arca de Noé?
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La Torá concluye con un canto, aunque no del tipo que uno esperaría. La última profecía de Moshé, escrita en el característico formato de dos columnas de la poesía bíblica, no celebra un triunfo ni ofrece un mensaje de esperanza. Por el contrario, predice con absoluta certeza el fracaso, el exilio y la catástrofe nacional.
¿Por qué el más grande de nuestros profetas eligió un mensaje tan severo como su declaración de despedida? ¿Y por qué decidió expresarlo en forma de un canto?
A primera vista, la profecía de Moshé en la porción de esta semana parece narrar la sobria historia del fracaso humano, desarrollada en cuatro actos. En el primer acto, Dios colma de bondad a Su pueblo elegido: lo rescata de Egipto, lo sustenta en el desierto y lo conduce a la Tierra Prometida. En el segundo acto, cuando el pueblo alcanza el apogeo de su prosperidad, se deja adormecer por la comodidad y se aparta de su Creador. Esto conduce al devastador tercer acto: la presencia de Dios se retira y sobreviene la desgracia. Enemigos malvados dispersan al pueblo judío hasta los confines de la tierra. Finalmente, Dios venga a Su pueblo y purifica su tierra.
Lo que hace única a esta profecía es su certeza. La mayoría de las advertencias bíblicas están formuladas de manera condicional: "Si pecan, entonces vendrán las consecuencias". Las parashot Bejukotai y Ki Tavó presentan elecciones claras con resultados previsibles, otorgándonos responsabilidad sobre nuestro destino. Pero la porción de esta semana elimina toda condición. Estos acontecimientos ocurrirán. Punto.
En efecto, el Rambán señala que todo cuanto anuncia esta profecía se ha cumplido exactamente como fue escrito. Dios nos sacó de Egipto, nos protegió en el desierto, nos llevó a la tierra de Israel y nos bendijo con prosperidad. Después nos volvimos arrogantes, pecamos y sufrimos un doloroso exilio. Dado que la profecía ha demostrado una precisión impecable, concluye el Rambán, podemos tener absoluta certeza de que también llegará el acto final: la redención.
Sin embargo, hay un detalle inquietante oculto en esa promesa. Según la profecía, no alcanzamos esa redención gracias a nuestro arrepentimiento ni a nuestros méritos. Dios nos salva simplemente para vindicar Su propio Nombre ante las naciones. ¿Somos entonces poco más que seres incapaces de cambiar, destinados al fracaso y rescatados únicamente porque nuestros enemigos son aún peores?
El Malbim ofrece una sorprendente parábola que revela el significado profundo de este canto.
Un rey decide liberar a un esclavo conocido por su costumbre de robar. A pesar de conocer perfectamente su defecto de carácter, lo nombra encargado del tesoro real. Pero hay un detalle inesperado. Antes de confiarle ese cargo, el rey escribe una nota en su registro privado: "Sé que este hombre me robará". ¿Por qué el rey deja escrita esa predicción? No para advertir al esclavo ni para impedir el robo, sino para recordarse a sí mismo, en el futuro, que no debe castigarlo cuando ocurra lo inevitable. Después de todo, el rey tomó esa decisión sabiendo exactamente lo que sucedería. La responsabilidad recae sobre quien eligió, no sobre quien actúa conforme a su naturaleza.(1)
Esta parábola revela el verdadero mensaje de Haazinu: tenemos un Padre que cree en nosotros y nos ama incondicionalmente. La profecía no pretende aplastarnos con la idea de un destino inevitable, sino asegurarnos que, incluso en nuestros momentos más bajos, nunca estamos realmente perdidos.
El Talmud(2) registra un debate fundamental que refuerza esta idea. Rabí Iehudá sostiene que nuestra condición de hijos de Dios depende de nuestra conducta: "Cuando se comportan como hijos y permanecen unidos al Santo, bendito sea, son llamados hijos; pero cuando no actúan como hijos, no son llamados hijos". Rabí Meír discrepa de manera categórica: "De cualquier manera, siguen siendo llamados hijos". Como prueba, Rabí Meir cita varios versículos en los que Dios sigue llamando "hijos" al pueblo de Israel incluso mientras lo reprende: "hijos insensatos", "hijos en quienes no hay fidelidad", "hijos que obran corruptamente". Incluso en nuestros peores momentos, la Torá nunca deja de llamarnos hijos de Dios. Y la ley se decide conforme a la opinión de Rabí Meír: Pase lo que pase, seguimos siendo hijos de Dios.
Una vez escuché una entrevista con la leyenda de la NBA Kobe Bryant, quien habló de la influencia de su padre en su carrera deportiva. Kobe contó que, cuando tenía once años, jugó en una liga de verano y terminó toda la temporada sin anotar un solo punto. Al finalizar el último partido, completamente desanimado, se acercó a su padre. Su padre lo abrazó y le dijo: "Hijo, te amo tanto si anotas 0 puntos como si anotas 60". Kobe recordó ese momento con una sonrisa y dijo: "Pensé: '¡Qué bien! Ya tengo su amor; ahora voy a salir a anotar 60 puntos'". Con el tiempo, llegó a convertirse en uno de los máximos anotadores de la historia del básquetbol.
Ese es el poder del amor incondicional. Cuando interiorizamos esa certeza y sentimos el brazo de Dios rodeándonos, adquirimos la fuerza necesaria para dejar atrás nuestros días de "cero puntos" y aspirar a todo nuestro potencial. Las duras predicciones de este canto no nos encadenan al fracaso. Por el contrario, crean la red de seguridad definitiva, que nos permite atrevernos a alcanzar las estrellas. Tocar fondo no representa el final del camino; puede convertirse en un nuevo comienzo, sostenido por la certeza del amor eterno de Dios. Vista desde esa perspectiva, Haazinu no es solamente una profecía. Es la promesa eterna de nuestro Padre de que, por muy lejos que caigamos, Su amor siempre estará allí para levantarnos nuevamente.
Esta comprensión transforma la manera en que enfrentamos tanto nuestros propios fracasos como los de quienes nos rodean. La próxima vez que experimentes un tropiezo, detente un momento y pregúntate: "¿Cómo le hablaría a alguien a quien amo incondicionalmente si estuviera pasando por esta situación?" Después, dirige esa misma compasión hacia ti mismo. El amor de Dios no fluctúa según tu rendimiento. Tu valor como persona tampoco debería hacerlo.
Ahora viene el desafío más difícil: extender ese mismo amor incondicional a los demás. Así como el padre de Kobe rodeó con su brazo a su hijo abatido, nosotros también podemos convertirnos en una fuente de apoyo constante para quienes forman parte de nuestra vida. La próxima vez que alguien te decepcione (un hijo, un alumno, un amigo o tu cónyuge) recuerda la enseñanza del Malbim. Entraste en esa relación sabiendo que la naturaleza humana incluye tropiezos. Tu papel no consiste en castigar las caídas inevitables, sino en amar a esa persona a través de ellas y ayudarla a levantarse nuevamente.
Que todos podamos encontrar fortaleza y serenidad en el amor incondicional con el que Dios nos rodea, tanto cuando tenemos éxito como cuando fracasamos.
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