La comida kósher y el alma: Por qué el libre albedrío comienza con la comida

19/07/2026

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¿La kashrut es sólo un tema de salud? Ni de cerca. Explora la dimensión espiritual de la alimentación y por qué tu plato puede ser el lugar donde ganas (o pierdes) tu alma.

Hubo intentos de atribuir las leyes del kashrut a razones de salud. Estas ideas fueron expresadas por una autoridad tan destacada como Maimónides en su Guía de los Perplejos (3:48). Maimónides sostiene que todos los alimentos prohibidos por la Torá son nocivos o insalubres.

Sin embargo, la mayoría de los sabios tradicionales rechazan de plano esta idea. Abarbanel, el comentarista del siglo XV, argumenta (Levítico 11) que atribuir las leyes del kashrut a motivos medicinales convierte a la Torá en un simple texto de medicina. Obviamente no es este el caso, ya que existen hierbas venenosas que no están prohibidas por la Torá. Si la finalidad de comer kasher fuera cuidar la salud, ¿por qué no se incluyen estas hierbas entre las prohibiciones? Además, los no judíos que consumen todos los alimentos prohibidos por la Torá no parecen menos sanos que los judíos que se abstienen de consumirlos.

Un argumento similar encontramos en un comentarista de la Torá del siglo XVI, el Akeidat Itzjak (60), quien también critica enérgicamente la postura de Maimónides. Él señala que si de hecho las leyes del kashrut se basaran en consideraciones de salud, la Torá no haría distinción entre judíos y no judíos, ya que el rey David declara en los Salmos (145:9): “Sus misericordias son para todas Sus criaturas”. ¿Por qué entonces las leyes del kashrut no fueron incluidas entre las siete leyes de Nóaj, que incumben a toda la humanidad?

El comentarista Abarbanel señala que la Torá emplea la palabra hebrea tamé en relación con los alimentos prohibidos; tamé denota impureza espiritual, no daño físico. De ello concluye Abarbanel que obviamente las leyes judías no están destinadas a sanar el cuerpo ni a procurar su bienestar material, sino a sanar el alma y curar sus enfermedades.

Tal vez Maimónides escribió estas teorías (como ocurre con gran parte de lo que escribió en La Guía de los Perplejos) únicamente como una forma de explicar la Torá a quienes estaban inmersos en la filosofía aristotélica. Aparentemente, él no consideraba que estas razones fueran las consideraciones principales. De hecho, Maimónides menciona el aspecto médico sólo como un factor secundario, como se desprende de su comentario a Levítico 11:13 y Deuteronomio 14:3.

En efecto, es sumamente inverosímil atribuir las leyes del kashrut a motivos médicos o de salud. La Torá es la palabra de Dios, eterna e inviolable. Reducir las leyes judías a explicaciones médicas las priva de estas cualidades. El conocimiento médico es una ciencia en evolución, sujeta a refutaciones, mientras que la Torá es una verdad objetiva e inmutable. Atribuir el cumplimiento del kashrut a explicaciones que pueden ser refutadas es definir lo eterno con lo temporal, una ecuación forzada y limitada.

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Consumo consagrado

Una de las actividades más recurrentes, y en ocasiones una responsabilidad abrumadora, de todo judío observante es comer. La Torá otorga una importancia extrema a todos los aspectos relacionados con la alimentación. Tanto los alimentos en sí como la manera en que se consumen son examinados minuciosamente por la Torá y los sabios. En las escuelas de pensamiento cabalístico y jasídico, comer con santidad desempeña un papel sumamente importante en el servicio a Dios.

El deseo primigenio del ser humano es comer lo prohibido.

Rabí Tzadok HaCohen de Lublin escribe que el deseo primigenio del ser humano es comer lo prohibido. Adam y Javá sucumbieron a ese deseo, y como resultado, este ha permanecido como una fuerza predominante en la psiquis humana desde aquel día trascendental. La intensidad abrumadora de este deseo se reveló a Adam cuando Dios lo confrontó por su traición: “La mujer que me diste, ella me dio del árbol y comí” (Génesis 3:12). Sin embargo, la forma de esta frase en el hebreo original significa literalmente: “y comeré”.

El Midrash interpreta esto como una nueva conciencia que surgió en Adam. En ese momento de verdad, comprendió cuán poderosa era la corriente que se había desatado. Sabía que volvería a comer lo prohibido, porque el alimento y su búsqueda se habían vuelto ahora una parte intrínseca de su “naturaleza”. A través del “comer” fue que el ser humano salió del Jardín del Edén hacia el mundo más oscuro del pecado.

La noche del 15 del mes de nisán, la primera noche de Pésaj, celebra el nacimiento de la versión "revisada" y "corregida" del pueblo judío. Por esta razón, su iniciación a la santidad de Israel ocurre por medio del consumo consagrado. La mitzvá de comer el sacrificio de Pésaj, así como las numerosas otras leyes judías relacionadas con la comida que se asignan a la festividad de Pésaj, son indispensables en la formación de la "segunda edición" del ser humano. A través de las mitzvot relacionadas con la comida, el deseo primigenio y la falla básica del ser humano se redirigen hacia un propósito más elevado. Este es el comienzo del proceso correctivo.

¿Por qué el punto focal del libre albedrío del ser humano gira en torno a la comida?

La comida: el foco del conflicto

En el nivel más básico, el acto de comer facilita la fusión extraordinaria del cuerpo y el alma. El ser humano se define como una criatura terrenal que tiene el potencial de alcanzar el cielo. Es a través del proceso vital de comer que el "polvo de la tierra" se transforma en "un alma viviente". El individuo justo come con el propósito de saciar el alma (Proverbios 13:25).

El ser humano es único en su condición de criatura que combina lo más bajo y simple de la naturaleza, la tierra, con lo más sagrado y espiritual, lo Divino. En su cuerpo físico, el ser humano comparte la naturaleza del reino animal, pero su alma refleja a los ángeles celestiales.

El objetivo de la experiencia humana es someter a la bestia interior y vivir la vida conforme a un estándar único del ser humano. El objetivo del judío va más allá: llevar la santidad del alma al cuerpo, elevar lo mundano a un nivel espiritual, y sublimar y transformar lo temporal en lo sublime.

"Los cielos son de Dios, y la tierra Él la dio al hombre" (Salmos 115:16). El comentarista jasídico, el Jidushéi HaRim, dijo: "y la tierra fue dada al hombre, para que la convierta en cielo". Sin embargo, al mismo tiempo, el animal dentro del hombre desea imponerse y dominar sobre el espíritu, y transformar el cielo en tierra. De esta manera, la vida es una lucha constante entre los aspectos animales y espirituales del ser humano.

La victoria suprema es someter y transformar al animal interior.

En esencia, la existencia humana es una sociedad entre el cuerpo y el alma, en la que cada “socio” busca tener el control. Todas las vicisitudes de la vida humana, sus triunfos y fracasos, ascensos y caídas, están ligados a esta lucha constante. La victoria suprema se alcanza cuando el ser humano, que gobierna sobre el reino animal, logra someter y transformar al animal que lleva dentro.

Así, el acto de comer, que otorga vida al ser humano, es en sí mismo el punto de fusión entre lo espiritual y lo físico. Es el lugar donde los combatientes se enfrentan, donde la lucha constante por forjar una relación productiva entre lo físico y lo espiritual es más intensa. Dado que el acto de comer, más que cualquier otra ley judía, provoca la integración de estas dos fuerzas opuestas, permanece para siempre en la encrucijada de la vida.

Quizás esto ayude a explicar por qué la obra cabalística, el Zóhar, se refiere al momento de comer como un "tiempo de guerra". Este deseo primigenio es la "línea del frente" en la batalla continua por la supremacía entre el cuerpo y el alma. Esto puede explicar la conexión entre las palabras hebreas lejem (pan) y lojem (guerrero).

Estrategias para la santidad

En la batalla por la supremacía de lo espiritual, el ser humano dispone de dos estrategias. Puede practicar la abstinencia, tratando de eliminar por completo el deseo innato de consumir, o puede tratar de redirigir y enfocar esa inclinación, sublimándola hacia un propósito superior.

El Talmud (Berajot 8b) describe la obligación legal judía de comer en la víspera de Iom Kipur: "Quien come el día nueve [del mes hebreo de tishrei] es considerado como si hubiera ayunado el día nueve y el décimo" (Iom Kipur cae el diez de tishrei). Los Sabios parecen inferir que comer en el noveno día es considerado, independientemente del ayuno de Iom Kipur, como si fueran dos días de ayuno. ¿Por qué se podría considerar que comer es más sagrado que abstenerse de comer? ¿Acaso no es Iom Kipur el día más sagrado del año?

La idea subyacente es que todo lo que Dios creó tiene un rol integral en la sinfonía celestial. Toda la Creación canta a Dios, y el ser humano es el maestro director. No comer en Iom Kipur no conlleva riesgos, pero la mayor gloria de Dios se alcanza en la víspera de Iom Kipur, cuando el hombre come de forma santificada, como una mitzvá. En lugar de excluir el consumo de la sinfonía divina, establecemos un tono mediante el cual la comida contribuye a su melodía armoniosa.

El sabio talmúdico, Rabí Iehudá HaNasí, redactor de la Mishná, es el prototipo de este enfoque de vida. De su propia vida él dijo: "No he derivado ningún placer en este mundo, nunca he probado ningún manjar" (Talmud, Ketuvot 104a). Esta es una afirmación bastante intrigante considerando lo que dice el Talmud sobre su extrema riqueza: que en su mesa había alimentos de todas las estaciones tanto en invierno como en verano (Avodá Zará 11a). Esta clase de consumo ostentoso parecería ser la antítesis de la santidad; sin embargo, Rabí Iehudá HaNasí es conocido por la posteridad como "Nuestro Santo Rabino", debido a su extrema piedad y santidad.

Quizás para poder resolver esta aparente contradicción necesitamos liberarnos de ideas ajenas y enfocarnos en una definición de santidad de acuerdo con la Torá.

Un pueblo de santidad

El Rebe de Kotzk explica el versículo: "Serán para mí un pueblo santo" (Éxodo 22:30), no como una exhortación a ser ángeles, desprovistos de todo lado oscuro, sino como una llamada a ser personas de santidad; plenamente humanos, pero totalmente santificados. Santidad no significa abstinencia, sino participación plena en todos los aspectos de la vida, aunque sin perseguir el placer personal. Dios no busca ángeles; de esos no le faltan. Son los seres humanos, con todas sus debilidades y defectos, viviendo en un plano elevado e inspirado, quienes brindan al Todopoderoso un placer infinito.

En este sentido, Maimónides llama "Santidad" a la sección de la Ley Judía que trata sobre la moralidad en las relaciones y las leyes de kashrut. La verdadera santidad consiste en extender el espíritu de Dios y engrandecer Su honor en aquellas áreas de la vida que son más propensas al placer egoísta.

Él comía sólo para mantener el cuerpo en bien del alma.

Rabí Iehudá HaNasí tenía una mesa llena de los más exquisitos manjares gastronómicos, sin embargo podía dar testimonio honesto sobre su propio estilo de vida: "No derivé en absoluto ningún placer personal". Toda su alimentación era exclusivamente con fines de mitzvá, para sostener un cuerpo que lleva un alma; un instrumento de Dios para implementar Su voluntad en nuestro mundo. Esta es la verdadera santidad: una persona real viviendo una existencia elevada de forma vibrante.

De manera similar, el Midrash caracteriza a Hilel el Anciano. Siempre que Hilel se despedía de sus alumnos para ir a casa a comer, ellos lo acompañaban. Le preguntaban: “Rebe, ¿a dónde va?” A lo que él respondía: “A mostrar bondad al huésped en mi casa”.

“Pero, Maestro, ¿tiene usted un huésped todos los días?”, le preguntaban. Él respondía: “¿Acaso el alma no es un huésped en el cuerpo? El cuerpo permanece en este mundo mientras que el alma es como un huésped, hoy aquí, mañana se va rumbo al Mundo Venidero”.

Hilel enseñó a sus alumnos el enfoque correcto hacia lo que podría convertirse en una obsesión hedonista. El ser humano en este mundo es como un huésped en una posada. Los caballos ya están enganchados al carro, listos para partir. No hay tiempo para más que un bocado rápido, un sorbo apresurado... y de nuevo al camino.

El mensaje de Hilel era que la comida es un medio para mostrar bondad al alma, dándole vida. Por eso: “Come para vivir – no vivas para comer”.

La comida y el alma

"Entre los estudiantes del sabio talmúdico Rabí Ishmael se decía: “El pecado embota el corazón”, como dice: “No se impurifiquen con ellos (las especies prohibidas), para que no se contaminen a través de ellos”. No leas la palabra hebrea como venitmetem (se contaminarán), pues las mismas letras también pueden leerse como venitamtem (se embotará su corazón)". (Talmud, Iomá 39a)

El tema del kashrut, a la luz de lo anterior, está en el eje mismo de la lucha. La comida que uno consume tiene un impacto profundo sobre su naturaleza. La medicina moderna apenas ha descubierto recientemente que el ADN presente en cada célula controla la naturaleza de ese organismo. De forma similar, cada célula posee una naturaleza espiritual que se transmite a través de la cadena alimenticia. Quien come determinado animal también ingiere su naturaleza y sus características. El hecho de que esto no sea reconocido por el conocimiento médico actual no tiene ninguna importancia.

La ciencia apenas ha comenzado a arañar la superficie de los misterios del cuerpo humano y sabe poco del espíritu, que no puede medirse. No se requiere un gran acto de fe para suponer que, con el tiempo, la ciencia descubrirá la verdad que los judíos han aceptado como parte de su fe desde hace 3.000 años.

Por tanto, la comida es central en la lucha entre los instintos animales del ser humano y su alma. Ciertos alimentos fortalecen los rasgos animales. La materia vegetal no posee carácter alguno y no puede influir en el ser humano de ninguna forma. La materia animal, en cambio, porta la naturaleza del animal y puede ser perjudicial para el espíritu del hombre, al influenciar y fortalecer sus propios rasgos animales, o al transmitirle una naturaleza dañina. La ingestión de materia animal puede afectar negativamente al judío a través de la absorción de elementos degradantes y contaminantes que corrompen su alma. La absorción de estos portadores de corrupción hará muy difícil el crecimiento en santidad y la cercanía con Dios, por medio del ascenso del alma y la transformación del cuerpo.

No es de extrañar que todas las especies vegetales estén permitidas por la ley de la Torá. Estas no poseen alma ni carácter que pueda ser absorbido por quien las consume. De hecho, los animales permitidos por la Torá son todos rumiantes que se alimentan únicamente de materia vegetal. Así, la cadena alimenticia permitida está compuesta por alimentos simples que no pueden afectar significativamente al ser humano.

Las especies de animales y aves carnívoras están prohibidas por la Torá, ya que quien consume su carne será influenciado por su naturaleza cruel. Si bien no podemos esperar entender por qué cada especie prohibida está vedada, podemos comprender y aceptar que Dios, quien creó todas estas especies, entiende su naturaleza y ha prohibido aquellas que pueden tener un impacto negativo en un sentido espiritual.

El triunfo del alma

"Porque no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios vive el hombre". (Deuteronomio 8:3)

En toda la Creación, fue mediante la palabra de Dios que todo fue traído a la existencia, y es Su expresión la que sostiene la existencia de todo lo que Él creó (ver Salmos 33:6). Es la palabra inherente de Dios, el pulso sustentador de toda la existencia, lo que se transmite al ser humano a través del vehículo de la comida. Esto es lo que le proporciona vida al hombre.

En los alimentos de naturaleza prohibida es el aspecto negativo el que domina y subvierte la naturaleza del hombre. Las leyes del kashrut regulan la ingesta humana, permitiendo que el elemento espiritual y vivificante de los alimentos se conecte con todo lo Divino que hay en el ser humano.

El Baal HaTania escribe que todos los alimentos prohibidos reciben su vitalidad de las fuerzas más bajas y malignas de la Creación. Están completamente aprisionados y atados por fuerzas de negatividad, y por esta razón están prohibidos. Por lo tanto, incluso si alguien consume estos alimentos involuntariamente, con la intención de obtener fuerza para servir a su Creador, la vitalidad contenida en ellos está atrapada por el mal y no puede contribuir en nada a energizar al hombre en su búsqueda espiritual.

La vitalidad de los alimentos permitidos, en cambio, no está limitada y es liberada para impulsar al ser humano en su ascenso espiritual. (ver Tania, cap. 6-7)

Si uno observa más profundamente el asunto, verá que el mundo fue creado para el uso del hombre. En verdad, el hombre está en el centro de un gran equilibrio. Porque si se deja arrastrar por el mundo y se aleja de su Creador, se arruina a sí mismo y arruina el mundo con él. Pero si ejerce autocontrol y se apega a su Creador, utilizando el mundo sólo como un medio para servir al Todopoderoso, se eleva a sí mismo y eleva al mundo con él…

Y si logra ser el guerrero que vence en todos los frentes, será el hombre perfecto, digno de unirse a su Creador, de dejar el vestíbulo e ingresar al palacio para deleitarse en el resplandor de la vida. (Rav Moshé Jaim Luzzatto – Mesilat Iesharim / El Sendero de los Justos)


Tomado de "The Laws of Kashrus", ArtScroll.com

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