La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


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Durante más de 2.000 años, los judíos dispersos por el mundo han anhelado y regresado a este pequeño pedazo de tierra. ¿Por qué?
Desde una perspectiva personal, este Iom Haatzmaut se siente diferente. Los últimos meses han incluido sirenas frecuentes y correr con nuestros hijos al cuarto de seguridad. Así que tener un momento para reflexionar sobre la bendición de mi familia de vivir realmente en nuestra tierra es un cambio bienvenido.
Curiosamente, tanto celebrar Iom Haatzmaut como estar bajo ataque plantean la misma pregunta: ¿por qué queremos estar aquí? ¿Por qué nos mudamos a otro país?
Una de las cosas que me gustan de caminar por las calles de Israel es ver la extraordinaria diversidad de personas y preguntarme sobre el camino de cada una. Judíos de orígenes radicalmente distintos, todos compartiendo el mismo impulso de regresar.
¿Qué motivó a miles de judíos etíopes a caminar durante semanas a través de selvas y desiertos, viendo morir a los ancianos por agotamiento y a los niños por hambre? Una única y poderosa idea: que después de 2.000 años, el sueño de regresar a Sion finalmente estaba al alcance. Incluso mientras ocultaban su identidad en campos de refugiados en Sudán, esa idea los mantuvo en movimiento.
¿Qué motivó a rabinos jasídicos y a sus seguidores en el siglo XVIII a subir a barcos precarios, sabiendo perfectamente que podían hundirse? No buscaban seguridad ni dinero. Estaban impulsados por la convicción de que la misión judía, ser una fuerza moral y espiritual en el mundo, se realiza plenamente cuando el pueblo judío está unido como nación en esta tierra específica. Eligieron el sacrificio sobre el exilio porque creían, con certeza, que Israel era el único lugar al que realmente pertenecían.
¿Qué motiva hoy a una joven judía estadounidense de 22 años, con todas las oportunidades por delante, a mudarse a un país donde apenas habla el idioma y no tiene trabajo asegurado?
El deseo de ser parte de una historia judía que está ocurriendo en tiempo real.
Distintas épocas, distintas personas, todas impulsadas por la misma visión central: que el pueblo judío tiene un propósito específico y necesario, ser lo que la Torá llama “un reino de sacerdotes y una nación santa”, un pueblo que aporta moralidad y significado al mundo. Esta es una misión que solo puede cumplirse como una nación que funciona en conjunto como sociedad. En la diáspora, un judío individual puede vivir una vida judía significativa, pero la Torá fue entregada a un pueblo con una misión compartida. El momento en que esa misión fue confiada al pueblo judío, en el Sinaí, la Torá describe que acamparon “como un solo hombre con un solo corazón” (Éxodo 19:2). Esa unidad no fue accidental: fue la condición previa.
La Torá también deja claro que esta misión nacional está arraigada en la Tierra de Israel. De los 613 mandamientos, aproximadamente 200 están ligados específicamente a la Tierra de Israel, principalmente a través de leyes agrícolas y las relacionadas con el Templo de Jerusalem.

El Templo era un lugar de espiritualidad tangible y presencia divina. Además de los rezos y el servicio regular, allí ocurrían milagros. El Talmud relata que la lluvia nunca apagaba el fuego del altar, mostrando cómo fuego y agua, dos opuestos, podían coexistir en armonía para un propósito espiritual mayor. Durante las tres festividades de peregrinación (Pésaj, Shavuot y Sucot), cuando todo judío debía visitar el Templo en Jerusalem, el patio estaba tan lleno que literalmente los pies de la gente se levantaban del suelo. Sin embargo, cuando todos se postraban durante el servicio, milagrosamente había espacio. La lección: el espacio físico es limitado, pero el espacio espiritual no lo es. Hay lugar para todos los que quieren estar adentro.
Viviendo hoy en Israel, es difícil no ver ecos de estos milagros. La primera noche del ataque con misiles iraníes, me paré en el balcón de mi departamento y vi misiles volar sobre mi cabeza y el sistema de defensa de Israel iluminando el cielo al derribarlos uno por uno. Fue asombroso. Fue como si estuviéramos viendo la mano de Dios protegiendo al Pueblo Judío, misil tras misil. Estábamos presenciando algo más que tecnología militar.
La tierra que responde
Aunque podemos entender por qué los mandamientos relacionados con el Templo deben cumplirse en la Tierra de Israel, ¿por qué las leyes agrícolas están centradas principalmente allí? ¿No deberían aplicarse en cualquier lugar?

La respuesta es que hay algo único en esta tierra. La historia muestra que a pesar de ser descripta como una tierra que mana leche y miel durante tiempos bíblicos con una presencia judía, se volvió árida y desolada durante el exilio de los judíos. Cuando los judíos regresaron en tiempos modernos, el desierto literalmente volvió a florecer. Israel hoy es fértil y agrícola, una transformación que comenzó solo con el regreso judío. Es como si la tierra hubiera estado esperando al pueblo judío.
El Talmud dice que el Monte del Templo en Jerusalem es llamado la “Puerta del Cielo”, el punto desde donde ascienden todas las plegarias.
Entonces, ¿por qué durante más de 2.000 años de exilio y frente a toda clase de obstáculos, el pueblo judío ha mantenido un deseo firme de regresar a la Tierra de Israel? Porque la misión más significativa que un pueblo puede tener, elevar moral y espiritualmente al mundo, solo puede cumplirla el pueblo judío aquí, en esta tierra. Y, de manera sorprendente, parece que la tierra lo sabe y responde en consecuencia.
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No solo se debe referir al pueblo judio, sino a todos los que viven en el Estado moderno de Israel que han anhelado regresar a su tierra