La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


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Una reportera de televisión china aplicó sus métodos de investigación a la Biblia y decidió convertirse al judaísmo antes de llegar a pisar una sinagoga.
Por haber crecido en la China comunista, Hong Zheng no estaba familiarizada con ninguna religión, ni había conocido nunca a un judío. Había oído hablar de los judíos como nación. “Los chinos por lo general tienen una buena impresión del pueblo judío”, dice. “Creen que los judíos son muy buenos con el dinero.” Pero ella ni siquiera sabía que los judíos tenían su propia religión.
Cuando Hong era adolescente, murió el líder comunista Mao Zedong. Su reemplazo, Deng Xiaoping, fue más tolerante hacia la religión. La única religión disponible fácilmente para la familia de Hong en China era el budismo.

Espiritual por naturaleza, Hong se sintió atraída por el budismo. “Creía que había un Poder Superior a cargo del mundo, y el budismo ofrecía eso”. Pero la confundía que el budismo tuviera tantos dioses. ¿Por qué era necesario acudir a un dios para la fertilidad y a otro para las finanzas? “Sentía que algo no cuadraba”, dice. “Un país no puede tener dos reyes. Eso sería un caos. ¡Imagínate un mundo con más de un rey!”
Aunque no estaba completamente satisfecha con su vida espiritual, Hong tenía mucho éxito profesional. Se había graduado como enfermera registrada, pero no disfrutaba la medicina occidental, que dependía demasiado de la memorización y muy poco de la intuición. En cambio, consiguió un trabajo en la estación de radio de la universidad.
Tras recibir muchos elogios por su voz profesional, Hong decidió participar en un concurso de presentadores de televisión. Ganó el primer premio y emprendió una carrera televisiva, presentando programas, produciendo sus propios shows y transmitiendo las noticias diarias. Cansada del carácter comunista de la televisión china y de la necesidad de conocer a las “personas adecuadas”, Hong comenzó a dedicarse al periodismo de investigación. Disfrutaba analizar temas complejos, hacer preguntas difíciles y llegar al fondo de cada asunto. Recibió muchos premios por su trabajo. Su fama creció y se convirtió en un nombre conocido en toda China.
Sin embargo, debido a desafíos personales y profesionales, tras 13 años en el mundo televisivo, Hong decidió que necesitaba un descanso. Se inscribió en una conferencia internacional sobre libertad de prensa que tendría lugar en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte.

Era su primera vez en los Estados Unidos, y en ese momento no hablaba inglés con fluidez. Los organizadores de la conferencia contrataron un traductor chino para ella. “No me sentía bien con eso porque se suponía que yo debía representar a China”. Hong decidió pasar los siguientes seis meses aprendiendo inglés para no necesitar más traducción en futuras conferencias.
Hong había llegado a los Estados Unidos con una visa J-1 de intercambio académico válida sólo por seis meses. Para renovarla, tuvo que inscribirse en otra conferencia. Providencialmente, la conferencia que eligió fue sobre libertad de religión en la Universidad Seton Hall en Nueva Jersey.
Mientras Hong estudiaba inglés y esperaba la conferencia, una amiga la presentó a un ministro cristiano llamado Moses. Este fue el primer encuentro de Hong con un líder religioso cristiano, y cuando el ministro invitó a Hong y su amiga a cenar, ella estuvo fascinada de aprender sobre el cristianismo.
Moses, a su vez, quedó impresionado por el conocimiento de Hong sobre el budismo. Hablaron durante horas sobre ambas religiones y al final, Moses le dijo: “Eres una persona muy espiritual. Dios te está llamando, pero crees en el dios equivocado”.
Las palabras del ministro despertaron en Hong a la periodista investigadora y decidió que debía aprender más sobre el cristianismo e investigar cuál religión era verdadera.
Moses le dio una Biblia con traducción al chino, y Hong comenzó su investigación.
Hong rezó al único Dios que sabía que gobernaba el mundo, aunque en ese momento no estaba segura de quién era, y le pidió que la guiara. “Tenía fe en que Él me mostraría el camino correcto”, recuerda.
Hong abrió la Biblia en un lugar al azar. “Me quedé impactada. La primera frase que leí decía: ‘Vienes del este’. Luego me impactó otra vez cuando leí: ‘Pero te inclinas ante ídolos.’ Era cierto. Me postraba cada noche, 108 veces, cuerpo entero al suelo”. La postración es una tradición budista que Hong había practicado durante años.
“Esto me está hablando directamente”, pensó Hong. “¿Significa que Moses tenía razón? ¿Todo este tiempo he estado creyendo en el dios equivocado?”

Hong siguió leyendo la Biblia y volvió a Moses con una lista de preguntas. Pero Moses no pudo darle respuestas satisfactorias.
“Así que leí más, y cuanto más leía, más sentido tenía el Antiguo Testamento”.
El Nuevo Testamento, en cambio, no cumplía con sus exigentes estándares periodísticos. Por ejemplo, Hong leyó que el supuesto mesías cristiano tenía muchos seguidores, pero en su propio pueblo no lo seguían.
“Si quieres investigar algo, vas a la fuente. Eso es lo que yo hago. Investigo desde el fondo hasta la cima. No importa cómo te adornes, puedes decir que eres tal o cual, pero cuando vas a tu pueblo, allí saben quién eres. Por eso no le creían. No lo seguían porque sabían exactamente quién era”.
A Hong también le molestaba que, según el Antiguo Testamento, el mesías debía ser descendiente del rey David, pero el Nuevo Testamento afirmaba que era hijo de Dios. No podía ser ambas cosas a la vez.
Luego Hong supo que el cristianismo no se hizo popular hasta cientos de años después de la muerte del supuesto mesías. Ese hecho también despertó su escepticismo como periodista de investigación. “Mi conclusión fue que era sólo una historia”.
Tras descartado el cristianismo, Hong investigó otras religiones mayores, como el islam. Pero tampoco este cumplía con sus estándares periodísticos.
El Antiguo Testamento, en cambio, seguía atrayéndola. Encontraba más profundidad en él que en cualquier otro texto religioso. Sabía que era mucho más antiguo que el Nuevo Testamento y que nunca había cambiado. En respuesta a sus preguntas, Moses le había dicho que el Antiguo Testamento provenía del judaísmo, que es “la madre de todas las religiones.” Hong quiso aprender más sobre los judíos y el judaísmo.
Leyó en la Biblia sobre los antepasados del pueblo judío. Le impresionó que los judíos pudieran rastrear su linaje hasta el principio de la historia. También aprendió que los lugares de sepultura de los patriarcas y matriarcas judíos son conocidos y visitados hasta hoy en día.
En la Biblia, Hong leyó que quien bendiga al pueblo judío será bendecido y quien lo maldiga será maldito. Eso coincidía con la percepción china de los judíos. “A lo largo de la historia, los judíos han tenido éxito en todo lo que tocan”, pensó. “Dios bendice al pueblo judío.” Las naciones que dieron refugio a los judíos durante el exilio prosperaron, mientras que aquellas que los persiguieron desaparecieron.
Y también le intrigaba la afirmación única del judaísmo de que toda la nación escuchó a Dios directamente, a diferencia de otras religiones que exigen un salto de fe al aceptar que un sólo profeta oyó a Dios.
“Mientras más investigaba el judaísmo, más me asombraba".

Hong eventualmente concluyó que el Antiguo Testamento no era sólo un libro de cuentos, sino un libro que documenta la historia. Las personas descritas en él le parecían genuinamente santas. Sintió que quería formar parte del pueblo elegido y tener una porción de esa santidad.
“Si iba a dedicarme a algo, quería hacerlo bien. Así que decidí convertirme al judaísmo”.
Hasta ese momento, Hong nunca había estado en una sinagoga ni conocido a ningún judío observante. Su decisión de convertirse fue puramente intelectual.
Los amigos de Hong (incluidos algunos judíos laicos) intentaron disuadirla. Le dijeron que el judaísmo tiene demasiadas restricciones y que lleva a una vida miserable. Pero para Hong, se trataba de principios. Ella no estaba buscando una vida fácil. Estaba buscando la verdad.
El primer paso de Hong fue tratar de comer kasher. No sabía exactamente qué implicaba, pero sabía que los judíos no comían cerdo, así que se volvió vegetariana. “Si eso es lo que hace falta, veré si puedo hacerlo”, se dijo a sí misma.
"Vivía en Flushing, en el corazón de la comunidad china, y estaba constantemente rodeada por deliciosos aromas de comida china. No puedo negar que la comida es deliciosa. No fue fácil, pero lo logré. Me pregunté a mí misma si podría hacer esto el resto de mi vida y decidí que sí”.
El siguiente paso fue el Shabat. Como con el kashrut, tampoco sabía exactamente qué implicaba, así que hizo lo que le pareció más seguro: se quedaba en su departamento todo el Shabat y no comía nada caliente. Después de varias semanas, pensó: “¡Esto es muy difícil! Pero, ¿puedo hacerlo el resto de mi vida? Sí, puedo”.
Tras convencerse de que podría vivir una vida judía observante, Hong decidió que había llegado el momento de hablar con un Rabino.
Nunca había conocido uno y no sabía dónde encontrarlo. "Empecé a prestar atención y vi que había una sinagoga justo al otro lado de la calle de la estación de radio china. Era una bella y enorme sinagoga con una gran estrella de David y vitrales en las ventanas. Entré y le dijo al rabino: 'Quiero convertirme al judaísmo'. '¡Maravilloso!', me dijo el rabino. Él me recibió cálidamente, hizo una llamada y arregló un contacto con una escuela en Manhattan. Pero sentí que algo no estaba bien. Había escuchado que el judaísmo no te alienta a convertirte. Por el contrario, tratan de desalentarte".

Al salir de la sinagoga, le preguntó al rabino si él observaba el Shabat y el kashrut. Él le respondió que conducía a la sinagoga los sábados. “Le agradecí educadamente, pero en mi corazón supe que no era eso lo que buscaba. Tenía una buena vida en China a la que podía volver. ¿Por qué elegiría una vida difícil si quería hacer las cosas superficialmente? ¿Qué sentido tenía?” Ella quería practicar el judaísmo en la forma más auténtica.
En busca de un Rabino
Hong no estaba segura de adónde acudir después. Camino al trabajo, notó un edificio del que entraba y salía gente que parecía visiblemente judía. Decidió ir allí.
Cuando entró, vio a dos adolescentes y les preguntó si podía hablar con el Rabino. Ellos fueron a averiguar y luego regresaron para decirle que el Rabino no estaba. Hong pidió el número de teléfono del Rabino. Le dijeron que el Rabino no tenía teléfono.
Hong pensó: “Ahora sí que he llegado al lugar correcto. Están tratando de desanimarme”.
Les dijo a los chicos que vendría en otro momento y estaba a punto de irse cuando entraron unos hombres jóvenes y les preguntaron a los muchachos qué quería la visitante.
Hong intervino: “Estoy interesada en el judaísmo.”
Los hombres se rieron en su cara. “Me rompió el corazón”, recuerda Hong. “Salí con lágrimas en los ojos. Me sentía tan avergonzada. Había reunido todo mi valor, fui a un lugar extraño, hablé con mi inglés roto, y simplemente se rieron de mí”.
Hong dice que hoy no culpa a esos jóvenes. Luego descubrió que el edificio era una ieshivá para varones, y que los chicos no estaban acostumbrados a que entraran extraños a preguntar por conversiones.
Pero en ese momento, empezó a dudar de su decisión de convertirse. Entonces pensó: “¿Y si esto es una prueba? Hay un camino fácil, pero no quiero ese. Y este es el verdadero, pero ellos no me quieren. Lo intentaré una vez más”.
Hong se puso en modo reportera. Tomó una grabadora, fue a la calle principal del barrio judío y comenzó a entrevistar a mujeres judías sobre su estilo de vida.
Una de las mujeres habló con ella un rato y luego le preguntó por qué hacía tantas preguntas. Hong admitió que quería convertirse al judaísmo, pero no sabía cómo hacerlo.
“Gracias a la entrevista, surgió cierta confianza”. La mujer se ofreció a ayudarla. Hizo algunas llamadas telefónicas y puso a Hong en contacto con Rav Meir Fund, quien se encargaba de las conversiones ortodoxas en Brooklyn.
Hong se reunió con Rav Fund. “Hablamos durante más de una hora. Después de escucharme, me dijo: ‘Parece que hablas en serio. ¿Dónde vives?’”
Cuando Rav Fund supo que Hong vivía en Queens, le recomendó que conociera a Rav Peretz Steinberg. Rav Steinberg ayudó a Hong con su conversión y sigue siendo Ru rabino hasta la actualidad. Él también le sugirió que conociera a otras personas que estaban en proceso de conversión.
A través de Rav Steinberg, Hong se puso en contacto con una mujer ítalo-estadounidense que también estaba en proceso de conversión. Decidieron encontrarse en una sinagoga en Queens.
Cuando Hong entró en la sinagoga, escuchó el hermoso canto y rompió en llanto. Era la primera vez que estaba en una sinagoga ortodoxa y, finalmente, sintió que había llegado a casa. Hasta ese momento, el camino de conversión de Hong había sido puramente intelectual, pero ahora sus emociones también se comprometieron por completo.
Hong se volcó al estudio del hebreo y de los fundamentos del judaísmo. A medida que estudiaba la Torá con los comentarios tradicionales, quedaba aún más impresionada y conmovida por el texto que originalmente la había atraído al judaísmo. También sentía que Dios la estaba guiando en su camino. “Mi vida está llena de milagros”, afirma.
Por ejemplo, cuando empezó a guardar el Shabat, Hong perdió dos trabajos, uno tras otro. Se sintió decepcionada y no sabía cómo podría sobrevivir sola en los Estados Unidos, pero continuó estudiando para su conversión.
Pocos días después de convertirse, Hong consiguió un trabajo en una empresa judía que respetaba el Shabat, la cual le pagaba mejor que sus empleos anteriores. Su jefe incluso se ofreció a llevarla en auto al trabajo todos los días. “Dios me estaba diciendo: ‘Sé lo que sacrificaste. Te lo voy a recompensar’”.
Hong también había renunciado a toda su carrera televisiva. Sabía que una vez que se convirtiera al judaísmo, ya no podría vivir en China, donde los judíos eran muy pocos. Una condición previa para su conversión era mudarse a un barrio judío y unirse a una sinagoga. Había decidido que se quedaría en los Estados Unidos, mejoraría su inglés y se dedicaría a otra línea de trabajo.
Quedarse en Estados Unidos no fue tan sencillo. China no estaba dispuesta a perder a su destacada periodista de investigación ganadora de premios. Hong tuvo que obtener un permiso especial del gobierno chino, el cual finalmente recibió gracias a sus conexiones.
Gracias a su sincero compromiso y dedicación, Hong logró completar su conversión en seis meses.
Al convertirse, eligió el nombre hebreo Ester Tiferet.
Después de su conversión, Ester comenzó a recibir invitaciones para hablar en diferentes sinagogas. Siempre está feliz de compartir su historia.
Al mismo tiempo, muchas personas bien intencionadas comenzaron a presentarle hombres judíos, pero sus intentos no fueron exitosos. A las conversas chinas no les resulta fácil en el mundo de las citas judías.
Ester decidió abordar las citas como hacía con todo lo demás: de manera directa y honesta. Publicó su perfil en un sitio de citas judías y escribió: “Soy una china conversa. Si eso te molesta, no pierdas tu tiempo”.

El futuro esposo de Esther, Jaim Tebeka, apreció su franqueza. Se puso en contacto con ella, y el resto es historia. Ahora llevan más de dos décadas casados y tienen tres hijos.
Décadas después de su conversión, Ester recibió una sorprendente revelación sobre la historia de su familia. Durante su infancia, no sabía mucho sobre sus abuelos. Ambos fueron acusados injustamente y asesinados por el régimen comunista. Era una mancha sobre el apellido familiar, y nadie hablaba de ellos.
Recientemente, un viejo conocido le mencionó al padre de Ester que su padre, el abuelo paterno de Esther, había sido judío. Fue un shock para toda la familia, pero al pensarlo bien, tenía sentido: el padre de Ester es alto y tiene el cabello ondulado, lo cual no es una apariencia típica china.
El abuelo de Esther fue acusado de espiar para los Estados Unidos porque trabajaba como gerente general de un banco estadounidense y hablaba cuatro idiomas: chino, japonés, inglés y alemán. En aquella época, pocas personas en China hablaban alemán. Ahora Ester se pregunta si quizás el cuarto idioma en realidad era ídish.
El gobierno chino no guardó ningún registro, y todos los intentos por investigar la historia familiar de Ester y conocer más sobre su abuelo resultaron inútiles. Pero para ella es reconfortante pensar que, al practicar el judaísmo y criar hijos judíos, tal vez está siguiendo los pasos de su abuelo.
Hoy, Ester Tebeka vive en Las Vegas con su familia y practica medicina china, algo que aprendió de su padre, además de su formación médica convencional. Su clínica de acupuntura fue calificada como una de las mejores de Las Vegas. Ella siente satisfacción al ayudar a las personas a sanar y llevar una vida más saludable, y no extraña su carrera en la televisión. Ester continúa dando charlas en eventos judíos, inspirando a otros con su historia.
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