Argentina sabía que Josef Mengele se ocultaba en Buenos Aires


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Con un flujo constante de reportajes tendenciosos y un plantel de columnistas unidos por su hostilidad hacia Israel, el periódico está invirtiendo deliberadamente la responsabilidad moral y los hechos históricos.
El New York Times debería considerar adoptar la cruz de Jerusalem como su nuevo logotipo para representar su cruzada contra Israel y el pueblo judío. Con un flujo constante de reportajes tendenciosos y una lista de columnistas hostiles hacia Israel (con la única excepción del columnista Bret Stephens), el Times ha pasado de ser un periódico de referencia a convertirse en una plataforma para la inversión moral.
Este es el truco periodístico para parecer creíble mientras se impulsa una agenda política: elegir fuentes que respalden tu punto de vista. Esto es especialmente eficaz cuando esas fuentes son anónimas, lo que hace imposible conocer su agenda. Los reporteros del Times hacen esto rutinariamente, citando típicamente a arabistas del Departamento de Estado de los Estados Unidos que comparten sus puntos de vista antiisraelíes. A veces citan a “expertos” simpáticos para dar a su sesgo un barniz de autoridad.
La página de opinión es aún peor. Esta opera bajo el adagio de que “hombre muerde perro” es noticia, lo que en este caso se traduce en dar prioridad a los críticos judíos de Israel. Estas columnas del tipo “como judío”, escritas por académicos o activistas que usan su identidad para dar una apariencia moral a sus ataques, son un elemento habitual. Un ejemplo reciente: el profesor de la Universidad de Brown, Omer Bartov, quien acusó a Israel de “genocidio” ignorando prácticamente la masacre que desencadenó la guerra.
Se supone que debemos tomar en serio a Bartov porque él enseña estudios sobre el Holocausto y genocidio. Como en Brown no hubo campamentos ni confrontaciones públicas como en Columbia, la tolerancia de la universidad hacia estudiantes y profesores antiisraelíes y antisemitas ha pasado en gran parte desapercibida. Bartov lleva años atacando al gobierno israelí y firmó el panfleto antisemita El elefante en la habitación, lo que lo convierte en una elección obvia para la página de opinión.
Como ocurre con la mayoría de la cobertura mediática de la guerra en Gaza, su artículo carece de lógica. Él no menciona la palabra “terrorismo” ni una sola vez. Sus únicas referencias al 7 de octubre, el día en que Hamás masacró a más de 1.200 israelíes, tomó 251 rehenes y se escondió entre civiles en mezquitas, escuelas y hospitales, fueron superficiales. Sorprendentemente, apenas un mes después de los ataques terroristas él declaró que Israel había cometido crímenes de guerra, como si las atrocidades de Hamás no merecieran ningún tipo de rendición de cuentas.
Su principal acusación de genocidio se basa en la intención. Pero las citas que ofrece del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no llaman a la destrucción de un pueblo; llaman a la destrucción de un ejército terrorista. Netanyahu dijo que Hamás pagaría un “precio enorme”, que las Fuerzas de Defensa de Israel convertirían las zonas infestadas de Hamás “en escombros”, y exhortó a los “residentes de Gaza” a evacuar. En todo caso, estas son declaraciones con la intención de proteger a los civiles, no de eliminarlos.
Bartov omite mencionar que es la carta fundacional de Hamás la que llama al genocidio de los judíos. Si Hamás no hubiera cometido la masacre del 7 de octubre, ningún civil palestino habría muerto en Gaza.
Como otros detractores, Bartov ha invertido el sentido de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que fue una respuesta a los crímenes nazis contra los judíos, para culpar a las víctimas. La convención define el genocidio como la “intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal”.
Israel nunca ha tenido interés en la destrucción del pueblo palestino. ¿Cómo explicar si no el crecimiento de la población palestina de 1.300.000 durante el Mandato Británico a aproximadamente 4.600.000 en los territorios en disputa? Y en Israel, la población de árabes israelíes ha crecido de 156.000 en 1948 a más de 2 millones hoy en día, una quinta parte de la población.
Debemos considerar también que Israel salvó al autor intelectual del 7 de octubre, Yahya Sinwar, realizándole una cirugía cerebral mientras estaba preso en Israel. Ismail Haniyeh, otro dirigente de Hamás responsable de la masacre, aprobó que su hija, nietas, cuñado y suegra recibieran tratamiento médico en Israel.
Si Israel estuviera cometiendo un genocidio, este sería un fracaso absoluto.
Lo mismo se aplica a Gaza.
Si Hamás se hubiera rendido y liberado a todos los rehenes en cualquier momento, ningún civil estaría en peligro.
Asombrosamente, Bartov menciona a los rehenes sólo una vez, en el contexto del alto el fuego del 19 de enero. Él culpa a Israel de romper la tregua, sin mencionar que esto fue resultado de la negativa de Hamás a liberar a más rehenes. Si Hamás se hubiera rendido y liberado a todos los rehenes en cualquier momento, ningún civil estaría en peligro. Es el genocida quien inicia la guerra, no la víctima, y él es quien es responsable de las bajas.
Como gran parte de los medios, Bartov repite como loro las cifras de víctimas de Hamás, refiriéndose vagamente a “las autoridades sanitarias gazatíes”. Absurda e implícitamente, sugiere que Israel no ha matado a un solo terrorista. Israel estima que más de 20.000 de los 54.000 muertos reportados eran militantes. Eso dejaría aproximadamente 34.000 víctimas civiles, trágico, pero consistente con la guerra urbana moderna, especialmente cuando el enemigo utiliza escudos humanos.
Incluso si aceptamos las cifras infladas, la acusación de genocidio se desmorona al analizarlas. Una tasa de mortalidad del 1%, aunque terrible, difícilmente respalda una acusación de exterminio sistemático. Compárese con genocidios reales: el Holocausto, la matanza del 25% de la población camboyana por parte de los Jemeres Rojos, las muertes por hambruna provocadas por Stalin en Ucrania, o el genocidio en Ruanda, que cobró 800.000 vidas en sólo 100 días.
El genocidio no lo cometen países que advierten a los civiles para que evacúen, permiten el paso de ayuda humanitaria a través de líneas enemigas o tratan a combatientes enemigos y sus familias en sus hospitales.
El genocidio no lo cometen países que advierten a los civiles para que evacúen, permiten el paso de ayuda humanitaria a través de líneas enemigas o tratan a combatientes enemigos y sus familias en sus hospitales.
Además, si los israelíes quisieran erradicar a los palestinos, ¿por qué habrían aceptado coexistir junto a una entidad palestina en al menos 10 ocasiones distintas desde 1937 hasta hoy? Oportunidades que los palestinos han rechazado sistemáticamente.
Mira cualquier mapa palestino o los logotipos de sus organizaciones políticas, y verás que son los palestinos quienes desean borrar la presencia judía. Si se les diera la oportunidad, como han dicho repetidamente los dirigentes de Hezbolá y Hamás, los terroristas repetirían las masacres del 7 de octubre, de norte a sur. Y no te engañes: los “moderados” en Cisjordania que algunos proponen para gobernar Gaza después de la guerra incluyen a palestinos que celebraron y participaron en la masacre, y que comparten el mismo objetivo sediento de sangre.
La única fuerza que se interpone entre el pueblo judío y quienes buscan abiertamente su destrucción es Tzahal las FDI). Esta verdad fundamental es la que Bartov, el New York Times y otros detractores se niegan a enfrentar, optando en su lugar por una inversión voluntaria de la responsabilidad moral y los hechos históricos.
Exponer las distorsiones en columnas como la de Bartov es parte de la tarea interminable y sisífica de enfrentar la cruzada implacable del Times contra Israel, un esfuerzo aún más urgente debido al alcance e influencia de esa plataforma.
Esta editorial apareció originalmente en JNS
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