La demencia de mi madre

15/07/2025

5 min de lectura

La incapacidad de mi madre de comunicarse verbalmente resultó ser lo mejor para nuestra relación. En pocos meses, pude dejar atrás años de una relación amarga entre madre e hija.

Le debo a mi madre; obviamente, por llevarme en su vientre durante nueve meses, por darme a luz y criarme, pero —lo diré de esta manera— nunca tuve la impresión de que yo le agradaba. Claro, también se la agarraba con mis hermanos, pero yo tenía dos factores adicionales en mi contra: me parecía a mi padre, su futuro exmarido, y era la segunda hija cuando ella había querido con desesperación un niño.

Su lengua era legendaria por su agudeza. Cuando volvía del trabajo al final del día, yo corría a mi habitación en cuanto oía sus pasos cruzar la puerta.

Cuando yo tenía 18 años, se divorció de mi padre y se casó con otro hombre amable y de buen carácter. Durante un breve tiempo, pareció más agradable y menos crítica. Este estado expansivo duró algunos años, hasta que una vez más se volvió amarga con su nuevo esposo y con el resto de nosotros.

No quiero hablar mal de mi madre —ese no es el propósito de esta historia—, así que solo agregaré una pequeña cosa que ilustra cuánto yo la fastidiaba. Mi madre también intentó desheredarme. Afortunadamente, mi hermana menor logró distraerla para que no lo hiciera.

Yo sentía envidia de cualquiera que llorara y lamentara profundamente la pérdida de su madre. Eso significaba que había tenido una relación real con su progenitora, una que justificaba el duelo.

Tengo que confesar algo. Cuando llegué a la edad en la que los padres de mis amigos empezaban a morir, sentía envidia de quienes lloraban y sufrían profundamente por la pérdida de su madre. Eso significaba que habían tenido una relación real con su progenitora, una que justificaba el duelo. No quería que mi madre muriera, Dios no lo quiera, pero si sucedía, no podía imaginarme sintiéndome destrozada por la tristeza y la pérdida.

Entonces, la mente de mi madre empezó a fallar. A sus hijos nos llevó tiempo darnos cuenta, porque siempre la habíamos considerado irracional y volátil.

Pero un día, cuando la estaba visitando en su departamento en Israel, noté que al caminar por la calle o entrar en una tienda, hablaba primero en hebreo, diez segundos después cambiaba al inglés, para terminar en ídish con toques de francés. Sólo para volver a empezar a hablar en hebreo. Todos fingían entenderla, pero nadie lo hacía. Para entonces, su segundo esposo había fallecido.

Mi hermana, que vive en Israel, contrató a una joven filipina fantástica para que viviera con mi madre. Mi hermana también pasaba tiempo con ella y supervisaba su cuidado. Ella también tenía una mala historia con mi madre. Todos la teníamos.

Pero a veces Dios se ríe último, o quizá fue un último beso arrojado desde lo alto. La incapacidad de mi madre de comunicarse verbalmente resultó ser lo mejor que le pudo pasar a nuestra relación. Fue un golpe de suerte. En unos pocos meses, pude dejar atrás años de una relación amarga entre madre e hija. Bueno, nadie podía entenderla.

En lugar de intercambios mordaces que me insensibilizaban por dentro, nos sentábamos juntas en su sofá, piel con piel. No recordaba la última vez que había sentido su piel.

Cuando viajaba desde Estados Unidos para visitarla, no estaba segura si me reconocía, pero cuando yo sacaba álbumes de fotos, asentía y sonreía. En lugar de intercambios mordaces que me insensibilizaban por dentro, nos sentábamos juntas en su sofá, piel con piel. Ella me apretaba el brazo y yo le frotaba su mano suave. Nunca supe que podía ser tan suave. No recordaba la última vez que había sentido su piel.

Ella seguía hablando en su caos multilingüe y yo seguía sin entender, pero sonreía y asentía de todos modos, reconociendo aquí y allá alguna palabra. Me sonreía y decía: "Shein, shein" (hermosa, hermosa), y me sentía gratificada porque nunca me había considerado su hija más bonita. Cantábamos juntas. Jugábamos con las manos y yo le masajeaba los hombros y el cuello. Más que nada, le encantaba bailar. El hora, zumba, lo que fuera. Mis hijas me acompañaban y todas bailábamos juntas.

Poco a poco, visita tras visita, algo de la coraza dura que se había formado dentro de mí comenzó a aflojarse. ¡Era una locura! Había sido horrible conmigo, especialmente conmigo. Pensé que la había descartado de mi vida. No era mi madre. No la necesitaba, de todos modos. Había salido adelante sin una madre biológica. Había formado mi propia familia.

Pero al sentarme junto a ella, con mi hombro presionado firmemente contra el suyo, me sentía tan contenta de estar con ella, a su lado. Seguía hablando en una mezcla de cuatro idiomas y seguíamos sin entenderla más que en fragmentos. Por lo que yo sabía, bien podría estar lanzándome las mismas palabras hirientes de siempre. No importaba. Sólo importaban el contacto y la presencia, sólo el movimiento y el timbre de la voz.

A veces, me sumía en una ensoñación e intentaba imaginar la infancia de mi madre. Ella había sido menos querida por su propia madre de lengua afilada sólo porque era una niña. Imaginaba las palabras mordaces de mi madre viniendo hacia mí, pero en lugar de dejar que me alcanzaran y me hirieran, como lo habían hecho cuando era niña, ¿qué tal si simplemente las esquivaba y las dejaba pasar por encima de mi cabeza? ¿Cuán personales habían sido realmente para mí? Me parecía a mi padre y era la segunda niña, la decepción, lo que tenía todo y realmente nada que ver conmigo. Y tanto que ver con el odio que ella sentía hacia sí misma.

Un día, mi hermana llamó y me dijo que tomara un avión a Israel. A mamá no le quedaba mucho tiempo de vida. Cuando abordé el avión, mamá seguía viva, y cuando bajé, justo cuando pasaba por seguridad, recibí un mensaje de texto: había muerto. Nunca olvidaré la amabilidad de la guardia de seguridad de cabello oscuro, quien, cuando le dije: "Ima sheli meta" (mi madre acaba de morir), me reconfortó y me dijo: "Mamale", un término ídish de afecto, a menudo dirigido a un niño, que significa "pequeña madre".

Su incapacidad para recordar y comunicarse creó un espacio, una manera para que en esos últimos meses pudiera construir algo, algo a lo que aferrarme, algo que incluso pudiera llorar.

Estoy segura de que la experiencia de la demencia de un padre para la mayoría de las personas no es tan "sanadora" como la mía, sino más probablemente devastadora, especialmente si tienen que cuidar de su padre, especialmente si tienen que lidiar con papeleos financieros, especialmente si tenían hermosos recuerdos almacenados de su infancia de los cuales extraer, y cada disminución en las habilidades y recuerdos de su padre se siente como una disminución de sí mismos.

No pretendo convertir la experiencia de la demencia en una tarjeta de Hallmark, pero siempre estaré agradecida por esos últimos seis meses en los que su mente operaba en otro plano. Su incapacidad para recordar y comunicarse creó un espacio, una manera para que en esos últimos meses pudiera construir algo, algo a lo que aferrarme, algo que incluso pudiera llorar.

Me permitió no olvidar del todo, sino difuminar los años de malos tratos. Allí, en su sofá, simplemente podíamos estar juntas, como cualquier madre e hija, como cuando vivía en su vientre, momento a momento, piel con piel, latido con latido, las dos, dos seres.

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