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La dificultad de ser Moshé

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Devarim (Deuteronomio 1:1-3:22 )

por Rav Ari Kahn

Ideas avanzadas basadas en el Midrash y la Cábala.

Un nuevo libro debería representar nuevas oportunidades, nuevos comienzos. Sin embargo, no es ese el caso con el libro de Devarim. Devarim comienza con un relato retrospectivo de la triste historia de cómo llegamos a ese momento y lugar en particular. Allí se relatan las oportunidades perdidas y cómo la derrota eclipsó a la victoria.

La marcha hacia Israel se hubiera podido completar décadas atrás. Sin embargo, allí estaban, tantos años después, todavía fuera de la Tierra de Israel. De hecho, la Tierra de Israel y la frustrada misión para llegar allí, son el trasfondo del primer capítulo de este nuevo libro: una travesía de once días se transformó en una estadía de cuarenta años en el desierto (Devarim 1:2).

Al hablar ante todo el pueblo, Moshé insinuó que el pecado del becerro de oro fue la razón inicial del retraso: "Hashem, nuestro Dios, nos habló en Jórev, diciendo: "bastante ha sido para ustedes permanecer en esta montaña" (Devarim 1:6). Sin embargo, la mayor parte del capítulo está dedicada a relatar nuevamente, desde la perspectiva de Moshé, el episodio que fue la causa directa de la demora: el pecado de los espías. Como resultado de este pecado, y no del pecado del becerro de oro, la generación que abandonó Egipto fue sentenciada a morir en el desierto. Ellos no podrían llegar a la Tierra de Israel.

Al volver a relatar los eventos, Moshé menciona su propio castigo en el mismo contexto:

Hashem escuchó la voz de las palabras de ustedes y se enfureció, e hizo un juramento diciendo: "Ninguno de estos hombres, esta generación malvada, habrá de ver la buena tierra que Yo juré entregar a sus ancestros. Excepto Calev hijo de Iefuné; él sí la verá, y a él Yo le entregaré el territorio que pisó, así como a sus hijos, porque siguió completamente a Hashem". También conmigo se enfureció Hashem a causa de ustedes, diciendo: "Tú tampoco entrarás allí. Iehoshúa hijo de Nun, que se para delante de ti, él entrará allí. Fortalécelo, ya que él habrá de hacer que Israel la herede" (Devarim 1:34-38).

Esta parece ser una forma extraña de recordar los eventos. Cuando la Torá menciona por primera vez el pecado de los espías, en el capítulo 13 del libro anterior, no se hace ninguna mención sobre el castigo a Moshé. Como sabe todo lector de la Torá, Moshé y Aharón fueron castigados por un episodio completamente diferente. En Mará, se les instruyó hablar a una roca para que saliera agua. Cuando no siguieron las instrucciones que habían recibido, recibieron su castigo:

Moshé levantó su mano y golpeó la roca con su vara dos veces, y salió abundante agua, y la asamblea y sus bestias bebieron. Entonces, Hashem les dijo a Moshé y a Aharón: "Porque no confiaron en Mí para santificarme a la vista de los Hijos de Israel, por ello no llevarán a esta congregación a la tierra que Yo les he entregado" (Bamidbar 20:11-12).

Dios consideró que Moshé era culpable de "falta de fe". Ese fue su "pecado", no la complicidad en el informe malvado de los espías. Por lo tanto, podemos decir que la emuná (creencia, fe) es la clave para entender el castigo de Moshé, así como su declaración respecto a que él fue condenado por el pecado de los espías.

Desde el comienzo mismo de su misión, Moshé dudó. Primero dudó si el pueblo tendría emuná en él, si tendrían fe en él como el emisario de Dios (ver Shemot cap. 4). Más tarde, cuando los atacó Amalek, Moshé se paró en la montaña para rezar, y sus brazos se describen como agentes de emuná:

Sucedía que cuando Moshé levantaba sus manos, Israel prevalecía, pero cuando bajaba sus manos, prevalecía Amalek. Las manos de Moshé se volvieron muy pesadas, tomaron una piedra y la pusieron debajo de él y él se sentó sobre ella, Mientras que Aharón y Jur, uno de cada lado, sostenían sus manos, y sus manos permanecieron emuná (fieles) hasta el atardecer (Shemot 17:11,12).

Cuando Moshé elevaba sus brazos hacia el cielo, cuando les recordaba que depositaran su fe en Dios, el pueblo de Israel tenía éxito. Cuando Moshé bajaba sus brazos, eran vulnerables. Moshé proveía inspiración, pero él necesitaba apoyo. Él era como un faro de emuná, pero su relación con el pueblo judío era recíproca: el Pueblo de Israel (a través de Aharón y Jur, sus representantes), apoyaban a Moshé, tal como Moshé sustentaba al pueblo. Moshé imbuía emuná a la nación, y recibía su fortaleza de la emuná del pueblo, de su fe en él como un emisario de Dios.

En los primeros versículos del discurso con el que comienza el libro de Devarim, Moshé menciona un episodio previo en el que tuvo que expresar su propia necesidad de apoyo:

Vean, he puesto delante de ustedes la tierra. Vengan y tomen posesión de la tierra que Dios juró a sus ancestros, a Abraham, a Itzjak y a Iaakov, para entregarla a ellos y a su descendencia después de ellos. Yo les hablé en ese momento diciendo: "Yo solo no puedo cargar con ustedes… ¿Cómo podré yo solo cargar con el fastidio de ustedes, su fardo y sus disputas?" (Devarim 1:8-12).

Moshé se refiere a un evento que se relata en el libro de Bamidbar:

Moshé le dijo a Dios: "¿Por qué has hecho mal a Tu siervo, y por qué no he hallado gracia en Tus ojos, para que impongas la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Acaso yo concebí a todo este pueblo? ¿O acaso yo lo engendré, para que me digas: 'Cárgalo en tu seno, como la institutriz (haomen) carga a un bebé, [hasta que lleguemos] a la tierra que juraste a sus ancestros'? ¿De dónde obtendré yo carne para dar a todo este pueblo, que llora a mí diciendo: 'Danos carne para que comamos'? Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues es más pesado que yo. Y si así me haces, te ruego que me des muerte, si es que hallé gracia en tus ojos, para que yo no vea mi mal" (Bamidbar 11:11-15).

La palabra emuná significa fe o creencia, pero también estabilidad e instrucción. No es coincidencia que esta palabra aparezca de diversas formas en momentos críticos de la vida de Moshé: en la zarza ardiente, en la montaña durante la guerra contra Amalek, cuando lidera a la nación al partir del Monte Sinaí, y nuevamente cuando golpeó la roca.

Al parecer, la tarea de Moshé de hecho era ser el omen, proveer instrucción, inspirar y enseñar emuná. Sin embargo, también parece que hay en la relación un elemento simbiótico: la nación debe ser receptiva. Aharón y Jur deben sustentar los brazos de Moshé, para expresar el apoyo de todo el pueblo al liderazgo de Moshé. En el campo de batalla y en todos los aspectos de la vida, la nación obtiene su fuerza de Moshé, y al mismo tiempo afianza la fortaleza de su líder. Cuando Moshé se siente completamente solo y aislado, le dice a Dios que no puede realizar la tarea por sí mismo. Dios está de acuerdo y le dice a Moshé que otras personas ayudarán a soportar la carga. Dios provee a Moshé con otras personas que van a interactuar con la nación para transmitirle la inspiración de Moshé y, a la vez, volver a darle energía al mismo Moshé, tal como lo hicieron Aharón y Jur durante la batalla.

Con el pecado de los espías, los hombres designados para compartir el rol de liderazgo fallaron miserablemente. En vez de elevar e inspirar al pueblo y reforzar su emuná, lo llenaron de temor y socavaron la emuná de la nación. En vez de ser una ayuda para Moshé y ayudar a prepararlos para la próxima etapa de la historia nacional, actuaron en contra de los intereses del pueblo y socavaron la capacidad de Moshé para ejercer su liderazgo. Por lo tanto, cuando Moshé vuelve a relatar la historia de los espías, destaca lo que realmente ellos causaron: dejaron a Moshé solo, como un líder sin apoyo. Ellos no "sostuvieron sus brazos" y, por eso también Moshé fracasó. El pueblo no recibió la lección de emuná que necesitaba para entrar a la Tierra de Israel. La falta de fe de los espías se esparció por todo el campamento:

Ustedes dijeron… "¿Hacia dónde hemos de subir? Nuestros hermanos han derretido nuestros corazones al decir: Un pueblo más grande y alto que nosotros, ciudades inmensas y fortificadas hasta el cielo, y también a los hijos de los gigantes vimos allá". Entonces yo les dije: "No se quebranten ni les tengan miedo. Hashem, su Dios, que marcha delante de ustedes, peleará por ustedes, así como todo lo que hizo con ustedes en Egipto ante sus ojos. Y en el desierto, como has visto, que Hashem, tu Dios, te ha portado como un hombre porta a su hijo, en todo el camino que ustedes recorrieron hasta llegar a este lugar. Pero en este asunto no confiaron en Hashem, su Dios" (Devarim 1:28-32).

Por lo tanto, la tragedia del pecado de los espías no es sólo la pérdida de tiempo, no se trata sólo de los cuarenta años de deambularon por el desierto. Ni siquiera es sólo la muerte de toda una generación que jamás pudo ver la Tierra de Israel. La tragedia es aún mayor. Además de todo lo que causó, en el pecado de los espías la nación perdió a Moshé y su liderazgo único.

Los judíos entrarían a la tierra con un nuevo líder, Iehoshúa, que se ganó su reputación como el hombre que lideró la batalla contra Amalek mientras Moshé rezaba, inspiraba y enseñaba emuná desde la cima de la montaña. Si el pueblo no pudo apoyar y ser inspirado por un maestro que vivía y enseñaba emuná, debería conquistar la tierra bajo un líder con los pies más en la tierra, un líder que luchaba las batallas en la forma convencional, con espadas, en un extenuante combate. Si la nación se hubiera inspirado por los brazos de Moshé, si le hubiera dado el apoyo que necesitaba para liderarlos, la conquista de Israel hubiera tenido una naturaleza completamente distinta. Todo lo que hubiera sido necesario es emuná. En cambio, los brazos de Moshé se tornaron insoportablemente pesados, él soportó solo la carga del liderazgo y su emuná no fue correspondida. Desperdiciaron la oportunidad de conquistar la tierra y asentarse en ella bajo su liderazgo espiritual.



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