La estrategia de Purim: 3 lecciones antiguas para enfrentar el antisemitismo hoy

26/02/2026

7 min de lectura

La historia de Purim es la clase magistral del judaísmo sobre el antisemitismo, y estamos ignorando todas sus lecciones.

La historia de Purim es el manual más antiguo del judaísmo sobre el antisemitismo: por qué ocurre y cómo responder. Y en muchos sentidos, hoy en día muchos judíos están haciendo exactamente lo contrario de lo que Purim nos enseña.

Aquí hay tres lecciones fundamentales que Purim enseña sobre cómo enfrentar el antisemitismo y cómo con frecuencia se malinterpretan.

1. No te dejes engañar por las “razones”

Cuando Hamán ascendió al poder en la corte del rey Ajashverosh, exigió que todos se prosternaran ante él. Mordejai se negó.

El Midrash relata algo sorprendente: muchos judíos estaban furiosos con Mordejai. ¿Para qué provocarlo? ¡Inclínate como todos! ¡No sobresalgas! ¡No generes problemas! ¡Vas a causar antisemitismo!

Luego Hamán emitió un decreto de genocidio contra todos los hombres, mujeres y niños judíos.

Los críticos parecían haber sido reivindicados. Sin embargo, cuando llegó el decreto, los judíos no culparon a Mordejai.

¿Por qué no? ¿Por qué cambiaron de opinión?

Ellos entendieron algo profundo. El decreto no ocurrió porque un judío se negó a prosternarse. El odio ya estaba allí. Mordejai no lo creó; lo expuso.

Durante 2.000 años se les dijo a los judíos:

  • Ustedes mataron a nuestro dios.
  • Son una raza extraña.
  • Son cosmopolitas sin raíces.
  • Ustedes controlan los bancos.
  • Son comunistas.
  • Son capitalistas.

Hoy nos dicen:

  • Son colonialistas.
  • Construyen asentamientos.
  • Son opresores.
  • Son demasiado poderosos.
  • Son demasiado nacionalistas.

Acusaciones diferentes, el mismo odio.

Muchos siguen creyendo las explicaciones superficiales y piensan: “Si tan solo nos comportáramos diferente. Si tan sólo nos adaptáramos. Si tan solo mejoráramos nuestra imagen de Israel. Sin dejáramos de construir asentamientos…”

Hamas no atacó el 7 de octubre por una disputa fronteriza. Fue un llamado sin remordimientos para destruir a Israel, una expresión islámica radical de odio ideológico que no oculta su objetivo de eliminar al estado judío.

El liderazgo de la República Islámica de Irán ha enmarcado repetidamente su hostilidad genocida hacia Israel como parte central de su identidad. La doctrina de Irán rechaza la existencia de Israel independientemente de sus políticas o fronteras.

Así como los judíos en Shushán finalmente comprendieron que el odio no fue causado por la negativa de Mordejai a prosternarse, el 7 de octubre y sus repercusiones globales revelaron que gran parte de la hostilidad dirigida hoy a los judíos y a Israel no tiene nada que ver con acciones o políticas específicas.

Las secuelas antisemitas a nivel mundial lo dejaron claro. En pocas horas, incluso antes de que hubiera una respuesta militar de Israel, los judíos de todo el mundo fueron atacados. Las sinagogas fueron vandalizadas, los estudiantes acosados. “Globalicen la intifada” resonó en capitales occidentales.

Esa reacción expuso algo que muchos eran reacios a admitir: no se trataba de asentamientos, controles fronterizos o de un gobierno particular.

Purim enseña que las excusas no son la causa. El odio precede al detonante. Como explico en mi libro Who’s Afraid of the Big Bad Jew?, el antisemitismo muta a lo largo de la historia, pero las “razones” siempre son intercambiables. Las justificaciones cambian porque no son la raíz.

El Rambam escribe en Leyes del Ayuno que cuando el pueblo judío sufre, descartar eso como coincidencia o atribuirlo únicamente a explicaciones sociológicas superficiales es crueldad. La historia no es aleatoria. Existe una dinámica espiritual más profunda.

Purim nos enseña: no confundas el síntoma con la causa. No reconocer esta verdad nos deja vulnerables y desorientados.

2. La respuesta no es relaciones públicas, sino compromiso con el judaísmo

Cuando se emite el decreto, ¿qué hacen los judíos?

No contratan mediadores. No lanzan una campaña mediática. No enumeran sus contribuciones a la ciencia o la medicina. No encargan estudios sobre el antisemitismo.

Ayunan, hacen teshuvá (se arrepienten) y se unen en plegarias.

Ester convocó tres días de ayuno. Mordejai movilizó al pueblo hacia un retorno espiritual.

Esto va en contra del instinto judío moderno. Hoy, nuestra respuesta habitual suele ser:

  • Fortalecer la Liga Antidifamación para que investigue más el antisemitismo.
  • Mejorar la comunicación de mensajes de Israel.
  • Explicar cuánto ha contribuido Israel a la tecnología y cómo los judíos han enriquecido al mundo.
  • Aumentar la educación sobre el Holocausto.

Rav Guedalia Schorr, en su libro Or Guedaliahu, describe la historia como “una rueda dentro de otra rueda”: una capa externa política y una capa interna espiritual. Si te concentras solo en la rueda externa (la política, los medios, la narrativa), pierdes el motor verdadero.

Los eventos en la Meguilá de Ester parecen pura casualidad: intrigas palaciegas, banquetes reales, una serie de coincidencias asombrosas. El Nombre de Dios no aparece en todo el libro precisamente porque Él está oculto en el desarrollo de los acontecimientos.

Y ese es el punto. La lección central de Purim no es solo que Dios salva, sino que Dios actúa de manera invisible.

Purim nos enseña a ver. Entrena el ojo judío para mirar debajo de la superficie de la historia: más allá de la política, los cambios de poder, los titulares y las “coincidencias”, y reconocer que lo que parece aleatorio a menudo está dirigido, y lo que parece caótico puede ser intencional.

Vivimos en una civilización que explica todo a través de la capa externa: sociología, economía, geopolítica, ciencia, psicología. La visión dominante solo percibe causas visibles y desencadenantes inmediatos.

El judaísmo insiste en que siempre hay una capa interna. Purim nos desafía a resistir la lectura superficial de los eventos, a mirar más allá de disfraces y coincidencias y formular la pregunta difícil: no solo qué ocurrió, sino qué significa.

El Nombre de Dios no aparece en la Meguilat Ester, pero Sus huellas están en todas partes: la noche sin sueño de Ajashverosh, el momento exacto en que Ester halló gracia ante los ojos del rey, el sorteo de Hamán cayendo en el mes que correspondía… nada de eso fue casual. Una vez aplicada esa perspectiva, toda la historia se transforma. Lo que parecía una serie de accidentes afortunados se revela como un drama divino cuidadosamente orquestado. La mano oculta estuvo allí todo el tiempo.

Ese reconocimiento cambia por completo la forma de responder. Si el antisemitismo fuera únicamente un fenómeno político o sociológico, la respuesta adecuada sería puramente política y social: mejores defensores, alianzas más fuertes, mensajes más claros. Y aunque ninguna de estas cosas es irrelevante, Purim insiste en que son incompletas. Porque si hay un significado detrás del caos, la respuesta debe profundizar más allá de la superficie.

La respuesta judía al antisemitismo, entonces, comienza no con relaciones públicas, sino con introspección. No con marketing, sino con significado. ¿Qué se nos pide en este momento? ¿Qué significa ser judío —no de manera defensiva, ni apologética, sino plenamente y con orgullo?

Mordejai lo ejemplifica a la perfección. Cuando Hamán asciende al poder y la presión aumenta, Mordejai no se asimila. No se encoge. Se sienta en la puerta del rey y se niega a inclinarse. Su identidad judía no es una carga que debe gestionar; es un compromiso que se vive abiertamente y sin vergüenza. Y precisamente esa negativa a desaparecer pone en marcha toda la redención.

Esto no niega la importancia de la diplomacia o la seguridad. Ambas importan enormemente. Pero Purim exige una claridad que es fácil perder en momentos de miedo: el destino del pueblo judío en definitiva no se define por los caprichos de imperios hostiles ni por los cálculos de estrategas políticos. Se define por la disposición de los judíos a ver tanto la dimensión física como la espiritual de la realidad —y a vivir vidas judías orgullosas y distintivas en respuesta a lo que perciben.

El antídoto frente a Hamán no es un mejor comunicado de prensa. Es Mordejai: firme, sin vergüenza y claramente judío.

3. Reconocer el mal y defenderse sin disculpas

La Meguilá de Ester registra que los judíos mataron a 75.810 de sus enemigos.

Vuelve a leerlo.

El texto no muestra vacilación ni confusión moral. No hay disculpas ni debates éticos. Eran personas que tenían la intención de cometer genocidio. Los judíos se defendieron.

Hoy muchas personas luchan con esta lección. Racionalizan a nuestros enemigos y les proyectan nuestros valores, asumiendo que todos, en última instancia, buscan la paz.

Mordejai no asumió que Hamán simplemente necesitaba una oportunidad económica. Los judíos de Shushán no dijeron: “Seguramente no es lo que en verdad intentan hacer”. Purim obliga a un reconocimiento difícil pero necesario: algunas personas eligen el mal.

No todos comparten el marco moral del judaísmo. No todos valoran la vida como lo hacen los judíos.

El 7 de octubre nos obligó nuevamente a confrontar esta realidad.

Uno de los temas más impactantes que surgieron de los testimonios de los rehenes liberados de Gaza no fue solo la brutalidad de los terroristas de Hamás, sino la atmósfera de acuerdo y complicidad generalizada. Describieron estar ocultos en hogares civiles, protegidos en departamentos familiares, rodeados de personas que sabían exactamente quiénes eran. La mayoría testificó que sentían que el odio no estaba aislado a los hombres enmascarados, sino que estaba tejido en el entorno que los rodeaba.

Los soldados israelíes reportaron algo igualmente alarmante: armas almacenadas en salas de estar, rifles en habitaciones de niños, cohetes lanzados desde escuelas, infraestructura terrorista incrustada en mezquitas y hospitales. La línea entre “militante” y “espacio civil” era difusa.

Cuando una ideología de aniquilación impregna una sociedad, en escuelas, medios, sermones religiosos y hogares, el odio no puede ser descartado como marginal.

Los judíos de Shushán no se dijeron a sí mismos que la retórica genocida era simbólica. No fingieron que la amenaza se limitara a un solo hombre. Ellos reconocieron que cuando se firma un decreto de exterminio, eso refleja una disposición más amplia a actuar sobre él.

Purim exige que veamos la realidad sin titubear.

Esto nos muestra dos verdades simultáneas:

Confiar en Dios.

Defenderse de manera decisiva.

La fe y la fortaleza no son contradictorias. Son compañeras.

Los judíos de Shushán ayunaron, y luego lucharon. Rezaron, y luego actuaron militarmente y con valentía. Reconocieron que la redención viene del Cielo, pero la responsabilidad recae en nosotros.

La Meguilat Ester repite tres veces que los judíos no se quedaron con los despojos. No actuaron por venganza ni por conquista. Actuaron para sobrevivir.

Un pueblo comprometido con la vida debe estar preparado para enfrentar a aquellos que están comprometidos con un culto a la muerte y la destrucción.

En un mundo que aún lucha por distinguir entre víctima y agresor, entre defensa propia y odio, esa claridad moral puede ser una de las contribuciones judías más urgentes.

La gran inversión

Purim es la festividad de venahafoj hu — todo se invirtió. El decreto de aniquilación se transformó en salvación y celebración. El perseguido se volvió protegido. La horca preparada para Mordejai fue utilizada para Hamán.

La historia judía ha visto muchos de estos giros antes y después. El Holocausto no fue una “victoria”. Seis millones de judíos fueron asesinados. Mundos enteros fueron destruidos. Nada de ese horror puede minimizarse. Pero la historia judía no terminó como Hitler pretendía.

Dentro de los tres años posteriores a la liberación de Auschwitz, renació el estado de Israel. El pueblo marcado para la extinción volvió a la soberanía. El propagandista nazi Julius Streicher entendió la ironía. Mientras estaba en la horca en Núremberg en 1946, gritó: “Purimfest 1946”. El régimen que buscó borrar a los judíos fue, una vez más, borrado.

Eso es venahafoj hu. El pueblo judío eterno perdura.

Hoy necesitamos otra inversión, otro giro.

La gente piensa:

  • Si somos más discretos, nos ignorarán. Si nos asimilamos más, nos aceptarán.
  • Si nos explicamos mejor, nos comprenderán.
  • Si reducimos nuestra singularidad judía, también el odio disminuirá.

La historia dice lo contrario.

La asimilación nunca ha resuelto el antisemitismo. De hecho, la dilución de la identidad judía a menudo lo intensifica.

Purim enseña:

  • Las excusas no son la causa. No te dejes engañar.
  • La respuesta comienza con claridad espiritual.
  • El mal debe ser reconocido y confrontado.

La manera de derrotar a quienes odian la misión judía es vivirla con mayor plenitud.

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