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¿La familia es lo primero o lo último?

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23/06/2022 | por Sara Yoheved Rigler

Mis padres creían que el propósito de la vida era la familia. Yo creía que el propósito de la vida era el desarrollo personal y espiritual. ¿Quién tenía razón, mis padres o yo?

Mis padres y yo vivíamos en los extremos opuestos de una muralla existencial. Ellos creían que el propósito de la vida era la familia. Yo creía que el propósito de la vida era el desarrollo personal y espiritual.

Ambos fuimos fieles a nuestros ideales. A los 23 años, mi padre Irv (Israel) Levinsky, usó su título de farmacéutico para abrir una farmacia en Camden, Nueva Jersey, con la cual ayudó a mantener a sus padres inmigrantes, a sus dos hermanas y a que su hermano pudiera estudiar derecho en la universidad. Irv también soñaba con convertirse en abogado. Él asistió a la facultad de derecho por la noche y recibió su título, pero justo antes de comenzar a ejercer, la gran crisis de 1929 destruyó la economía mundial. La gente no tenía dinero para comer, mucho menos para pagar abogados. Su hermano Harry, el abogado desempleado, se sentaba con sus colegas a jugar a los naipes. Irv, el hijo mayor, a los 26 años archivó su título de abogado y su sueño de casarse, porque la farmacia sólo podía mantener a una familia.

Mi madre, Leah Lintz, se graduó con el primer promedio de su clase de la secundaria en 1928. Ella soñaba con ir a la universidad, pero su padre inmigrante, que tenía una mercería en Minersville, Pensilvania, tuvo un infarto. Entonces cerró la tienda y mudó a su familia, incluyendo a Leah y a Sidney, su hermano menor, a Filadelfia. La familia decidió que el mejor prospecto económico era que Sidney se convirtiera en médico. Así fue que Leah comenzó a trabajar como secretaria para mantener a la familia y ahorrar para la colegiatura de la escuela de medicina de su hermano. Cuando un año más tarde tuvo lugar la Gran Depresión, Leah de diecinueve años, quien en ese entonces era la secretaria del Comité Escolar de Filadelfia, recibió su sueldo en “bonos”, un sustituto de la moneda emitido por el gobierno. Con eso mantuvo a su familia a flote.

El día después de graduarme de la universidad, me uní a un ashram liderado por una gurú india.

Yo también viví mi ideal, que era el desarrollo personal y espiritual. A los diecinueve años estudiaba el segundo año de psicología en la Universidad Brandeis, mantenida por completo por mi padre. Mi sueño era viajar y experimentar el mundo, así que, para el tercer año, me fui a India con un programa universitario de un año. Allí aprendí a meditar y me sumergí en un camino espiritual hindú. El día después graduarme de la universidad, en vez de entrar a un programa de postgrado en psicología, me uní a un ashram en Cohasset, Massachusetts, liderado por una gurú india. A diferencia de mis padres, cuyos sueños de matrimonio e hijos se vieron postergados durante quince años debido a la Depresión, yo no soñaba con el matrimonio ni con tener hijos. Yo era una feminista. ¿Quién necesitaba un esposo? En cuanto a niños, en el ashram donde meditábamos tres veces al día, los niños eran considerados nada más que una molestia ruidosa. Dediqué quince años a tiempo completo a buscar mi camino espiritual.

Finalmente pudieron afrontar un matrimonio

Mis padres se casaron en 1944, cuando las exigencias de la Depresión habían abierto el camino a una prospera economía de guerra. En ese momento, Leah de 33 años, vivía sola con su madre viuda. Su hermano Sidney servía como médico en el ejército. Un año después de casarse, Irv llevó a la madre de Leah a vivir con ellos. Él compró una casa de cuatro pisos para que hubiera lugar para la mayoría de los parientes. Irv y Leah (poco después nacimos mi hermano Joe y yo), vivían en el departamento de abajo del lado derecho. Arriba nuestro vivía la madre de Leah, quien poco después se enfermó de Parkinson. Al frente vivía la hermana de Irv, Mamie, con su esposo y dos hijos. Sobre ellos vivía la madre viuda de Irv y su hermano soltero Harry, a quien Irv contrató como administrador de la próspera farmacia. Además de un domicilio, el edificio era un monumento a la familia ideal.

Irv Levinsky y su hermano Harry en la cafetería de la farmacia.

Para mis padres, la familia era sagrada. La otra hermana de Irv, Sadie, vivía con su esposo y dos hijos a un par de cuadras de distancia. El esposo de Sadie, quien también sufría problemas de corazón, no lograba mantener a su familia. Como Sadie era farmacéutica, Irv construyó una sede de su Lincoln Drug Co. a dos cuadras de la farmacia grande, por Broadway, y puso a Sadie a cargo.

En una familia, no haces nada por el otro. En una familia, no hay un otro.

A los 42 años, mi tío Harry tuvo un infarto. Su médico le dijo que no podía subir las escaleras al departamento en el segundo piso que compartía con mi abuela. Entonces, obviamente, se mudó con nosotros a nuestro departamento de dos dormitorios. No había ninguna pregunta; no había ningún problema. En una familia, no haces nada por el otro. En una familia, no hay un otro. La familia es su propio organismo. Las manos ponen los zapatos en los pies y los pies llevan a las manos a trabajar. Tampoco hay una tarjeta de registro respecto a quién ayudó más a quién. La boca mastica la comida que el estómago digiere y las arterias llevan nutrición a todas las extremidades. ¿Cómo podría haber una tarjeta de registro en un organismo vivo?

Uno o dos meses después de haberse mudado con nosotros, el tío Harry fue a un control médico. En la camilla del doctor, el tío Harry tuvo un segundo infarto y falleció. Su muerte sumergió a la familia en un estado de duelo del cual nunca se recuperaron totalmente. Décadas más tarde, cuando caminábamos por la calle del arco de Filadelfia, en donde hay vagabundos y borrachos acostados en las veredas, mi padre (quien, a diferencia de mí, no lidiaba con problemas filosóficos), siempre preguntaba en voz alta: “¿Cómo es posible que Dios deje vivir a estos hombres y se haya llevado a Harry?”

Vivir con mi abuela en los suburbios

Con el éxodo judío de la ciudad, mi padre construyó una casa tipo rancho en los suburbios. A pesar de las protestas del arquitecto, mi padre incluyó una “corona” arriba: una suite para su suegra. Para el momento en que la construcción tuvo lugar, su Parkinson, en esa era antes de L-Dopa y otros medicamentos, había hecho imposible que ella pudiera subir escalones. Así que le ordenaron al arquitecto rediseñar la casa: cuatro habitaciones, todas en el mismo piso. Mi abuela, con su cuerpo y mente deteriorados por la enfermedad, vivió con nosotros hasta que murió seis años después. Ella ni siquiera podía levantarse sola de una silla. Mi madre la bañaba y la vestía cada mañana y la preparaba para dormir cada noche. Atendió a su madre con una devoción filial que provoca que llore al escribir esto.

Tres veces por semana, al regresar a casa después de trabajar diez horas, mi padre iba a visitar a su madre.

La madre de mi padre y su hermana Sadie también se mudaron a un edificio de departamentos a quince minutos en auto de nuestra casa. Ellas tenían dos departamentos, uno frente al otro. Mi padre pagaba la renta de su madre y años más tarde también pagó alguien que la cuidara a tiempo completo, alguien a quien mi irascible abuela insistía en cambiar cada mes. Tres veces por semana, al regresar a casa después de trabajar diez horas, mi padre iba a visitar a su madre. Cuando se casó la hija de la tía Sadie, mi padre pagó por la boda en un elegante hotel de Filadelfia.

Cuando me gradué de la universidad en junio de 1970, mis padres fueron a Boston para la ceremonia. Para ellos fue una gran decepción. Aunque me gradué Magna cum Laude, no hubo togas ni birretes, ningún desfile, nada de la pompa de ese importante momento. Estados Unidos agonizaba por la Guerra de Vietnam y en mayo, en una protesta en la Universidad Kent State en Ohio, cuatro estudiantes habían sido asesinados por la Guardia Nacional. Los estudiantes universitarios de todo el país reaccionaron haciendo huelga. Brandeis era el coordinador oficial de la huelga. Los estudiantes dejaron de asistir a clases y los exámenes finales fueron cancelados.

Sin que nos importara cuánto nuestros padres habían ahorrado y economizado para enviarnos a esa prestigiosa universidad, la mayoría de los estudiantes querían evitar por completo la ceremonia de graduación. Finalmente se llegó a un compromiso: los graduados, sin toga ni birrete, se sentarían con sus padres en la audiencia y no habría discursos. No se entregarían diplomas, no se mencionaría a nadie.

La única excepción fue un estudiante negro, el primero de toda su familia que llegó a graduarse en la universidad. Él se negó por completo a privar a su madre del orgullo de verlo graduarse. En medio de un mar de estudiantes en ropa de calle, sólo él vistió toga y birrete. ¿Por qué los demás no aprendimos de su ejemplo?

El ashram

Mi plan era empacar mi departamento en las afueras del campus y regresar a la casa de mis padres, desde donde buscaría un trabajo en periodismo. Sin embargo, el día después de la graduación, cuando conducía mi Camaro deportivo color rojo (regalo de mi padre) hacia Cabo Cod, me detuve en un ashram que Art Green, un rabino reconstruccionista, me había contado que existía en el bosque a dos kilómetros del océano. Me enamoré de la atmosfera tranquila del lugar y arreglé con la gurú, una mujer bengalí de 64 años, que iría durante el verano como miembro de la comunidad.

Mis padres sufrieron terriblemente durante los quince años que viví en el ashram.

Cuando llamé a mis padres esa noche para decirles que no volvería a casa y que en cambio me iba a un ashram, ellos me desheredaron. Mi padre me dijo: “Te mandaré la escritura del auto y nada más”. Me cortaron el teléfono. Su repudio duró veinte tortuosas horas, más tortuosas para ellos que para mí. Entonces me llamaron para rescindir su decisión. Yo era parte del organismo familiar. Sin importar lo que hiciera, sin importar cuánto dolor les causara, ellos no se desconectarían de mí más de lo que estarían dispuestos a amputar su propio brazo dolorido.

Los padres visitan a Sara en el ashram.

Mis padres sufrieron terriblemente durante los quince años que viví en el ashram. Ellos eran devotos judíos conservadores, un pilar de su sinagoga. Cuidaban kashrut en casa, asistían a la sinagoga cada viernes por la noche y celebraban todas las festividades (incluyendo Sucot y Shavuot). El ashram era un repudio al judaísmo que ellos valoraban.

Yo, por otro lado, no había encontrado ningún camino espiritual en el judaísmo conservador. El ashram me brindó un camino espiritual, una guía espiritual y compañeros de viaje que también estaban enfocados en el crecimiento personal y espiritual. Mis padres se resignaron a mi elección. Me visitaban en el ashram una vez al año durante una semana y yo los visitaba dos veces al año, en Rosh Hashaná y en Pésaj. Yo los llamaba, por cobrar, los domingos a la mañana. Cuando le preguntaban cómo se sentía con su hija viviendo en un ashram, mi madre respondía, “Cuando te cuelgas de cabeza suficiente tiempo, te acostumbras a estar colgado”.

Pero todavía había más cosas de mi estilo de vida que provocaban sufrimiento a mis padres. Ellos querían que yo me casara, que les diera nietos y viviera cerca, como lo habían hecho ellos mismos. Pero para mí, convertirme en una ama de casa de los suburbios, vivir para un esposo e hijos, como lo había hecho mi madre, era una condena a muerte. Yo tenía aspiraciones personales y espirituales; quería llegar a la iluminación, sahaj samadhi. Samadhi es un estado de consciencia de Dios, experimentar la divina unidad detrás de toda la realidad. Samadhi es la meta de la meditación. Pero mi meta era aún más elevada. Sahaj samadhi es un estado constante de conciencia de Dios, 24/7, donde el estado natural de la mente está inmerso en una unicidad que lo envuelve todo. Yo quería tener consciencia de Dios todo el día, una meta que para mí impedía el matrimonio y la posibilidad de tener hijos.

Llevaba más de catorce años en el ashram cuando alguien me dio un libro. Lo había sido escrito un miembro de un ashram similar en Los Ángeles. Era un diario de sus treinta y cuatro años siguiendo a su gurú, meditando, buscando el mismo camino vedántico en el que yo estaba. Terminaba con… la decepción. Ella nunca alcanzó samadhi.

Un día yo guie la meditación de la comunidad. Entré en el mayor estado de consciencia que alguna vez había experimentado, percibiendo verdaderamente la unidad detrás de la realidad. Se supone que el líder tiene que terminar la meditación con cánticos, pero yo estaba en un mundo diferente, más allá del tiempo. Los miembros de la comunidad se cansaron de esperar y se fueron. En algún momento, yo “bajé”, descrucé mis piernas de la posición de loto, me levanté y aún en estado de arrebato, fui a la habitación contigua para sacarme mi chudder [manta de rezo].

Baroda, mi mejor amiga, se acercó porque yo estaba a cargo del cronograma de turnos de la comunidad, y me preguntó si podía cambiar su día de cocina. Yo le ladré: “¡¿Qué haces molestándome?!” Baroda retrocedió. Su pregunta (o quizás fue mi enojo) me hizo regresar a la tierra con un golpe ensordecedor. Solamente después entendí que había algo que estaba muy mal con experimentar la unidad en la meditación e inmediatamente después gritarle a otro ser humano.

Aprendí que para ver la unidad detrás de toda la realidad tengo que escoger la unidad con mi esposo y el amor para mis hijos, sin importar las elecciones que ellos tomen.

Alrededor de esa época, el ashram, fiel a sus valores universales, invitó a dar una charla a un rabino ortodoxo. Rav Iosef Polak habló sobre “Amar a Dios incluso hasta la locura”, citando a Maimónides, quien yo sabía que era un famoso pensador judío. Aunque yo había asistido a una escuela judía dos noches por semana hasta los 18 años, y pensaba que conocía todo lo que el judaísmo tenía para ofrecer, Rav Polak me abrió una puerta al camino espiritual oculto dentro del judaísmo de la Torá (haz clic aquí para leer toda la historia). https://www.aishlatino.com/e/oe/48417847.html

Un ama de casa en Jerusalem

Tenía 37 años cuando dejé el ashram y me fui a Jerusalem para estudiar Torá. Un mes antes de cumplir 39, me casé con Leib Iaacov Rigler, un músico de California. Mis padres vivieron para llevarme a la jupá y ver el nacimiento de mi primera hija (a los 40 años), Pliá Esther. Mi padre falleció cuando yo tenía 42; mi madre falleció un año y medio después. A los 46 años, di a luz a mi hijo. Cuando en su brit escuché al Rav anunciar su nombre, “Israel”, en honor a mi padre, estallé en llanto.

En la boda de Sara. Su padre tenía 84 años, su madre 77.

Me convertí en un ama de casa. Aprendí a vivir por mi esposo y por mis hijos. Mi familia se volvió sagrada para mí. Y en el proceso, alcancé la meta personal/espiritual que me había eludido en el ashram. La vida de un bebé es frágil; aprendí a rezarle a Dios constantemente por el bienestar de mi bebé. Un bebé trae incomparable alegría; aprendí a agradecerle a Dios constantemente por cada sonrisa, por cada paso y por cada palabra de mi bebé. De acuerdo con el judaísmo, unirte con tu esposo es la única forma de alcanzar unidad con Dios en esta era sin el Templo.

A los 85 y 78 años, sus padres viajaron a Israel para el nacimiento de Pliá Esther.

A través de décadas de estudio de la Torá y de practicar las mitzvot, además de dieciséis años en un vaad de musar [un grupo dedicado al crecimiento personal que realiza ejercicios diarios], aprendí a escoger la conexión con mi esposo, aunque él difiere tanto a mí en términos de personalidad, tendencias y comportamiento. Aprendí que para ver la unidad detrás de toda la realidad, tengo que escoger la unidad con mi esposo y el amor para mis hijos, sin importar qué elecciones ellos hagan.

Mis padres creían que el propósito de la vida era la familia. Yo creía que el propósito de la vida era el desarrollo personal y espiritual. Cuánto me sorprendí al comprender que el camino más elevado para el desarrollo personal y espiritual transita por las montañas y valles, el terreno a menudo tortuoso de la familia. Mi padre y mi madre, quienes nunca pensaron en el desarrollo personal o espiritual, anduvieron por el camino de la familia. ¿Se habrán sorprendido al final de encontrarse en la meta que yo siempre había ansiado?

Para la aliat neshamá de mi padre, Israel ben Iosef Iehudá, en su 30mo iortzait.




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