La fuerza de las mujeres judías detrás de la Cortina de Hierro

24/08/2026

7 min de lectura

Durante ocho años como refusénik, Ira Dashevsky convirtió la maternidad cotidiana en un silencioso acto de desafío contra un régimen decidido a borrar su fe.

La historia del movimiento de los refuseniks judíos soviéticos suele contarse a través de los valientes hombres que desafiaron al régimen comunista, enseñaron Torá en secreto y lucharon por el derecho a partir hacia Israel. Con menos frecuencia se cuenta la historia de las mujeres judías que valientemente sostuvieron a sus familias y comunidades. Su resistencia a menudo fue un asunto privado, pero sin ellas, el movimiento nunca habría podido sobrevivir.

Entre esas mujeres extraordinarias estaba Ira Dashevsky. Nacida en Odesa en 1958 y criada cerca de Moscú antes de mudarse a Moscú, Ira creció en una sociedad donde el judaísmo era reprimido, la religión era ridiculizada y el antisemitismo formaba parte de la vida cotidiana. Cuando era niña, vio a sus compañeros burlarse de los judíos y destruir las cartas que sus padres le habían enviado al campamento de verano.

Sin embargo, en lugar de disminuir su identidad, esas experiencias fortalecieron su determinación de comprender lo que realmente significaba ser judía.

Un recuerdo de su infancia permaneció con Ira durante el resto de su vida. Cuando tenía diez años, caminaba de regreso a casa desde la escuela con una compañera de clase que de repente le preguntó: "¿Es verdad que Dios no existe?"

De bebé con su abuelo

Ira respondió simplemente: "No lo sé". Al mirar atrás, reflexionó: "Parecía una conversación insignificante entre dos niños. Pero en la escuela nos enseñaban que, por supuesto, Dios no existía. Después de todo, Yuri Gagarin había volado al espacio y no lo había encontrado". Ese sencillo intercambio sembró una pregunta que ninguna cantidad de propaganda soviética podía responder.

Su despertar judío se produjo gradualmente. Su abuela preservaba discretamente fragmentos de la tradición judía, cantando canciones en hebreo que había aprendido de niña y permaneciendo de pie durante horas en el frío helado cada año para conseguir matzá de la sinagoga de Moscú. Su padre, el profesor y astrofísico Ze'ev Dashevsky, perdió su carrera científica después de solicitar emigrar a Israel. Fue refusenik durante 13 años. Obligado a realizar trabajos menores, tradujo en secreto obras filosóficas judías, enseñó judaísmo clandestinamente y, más tarde, en Israel, se convirtió en uno de los fundadores y director del centro educativo judío Machanaim.

Encontrar a su pueblo

En séptimo grado, Ira fue aceptada en la prestigiosa Escuela Matemática N.º 2 de Moscú, y su familia se mudó a la capital. Aunque pasó allí gran parte de su juventud, nunca sintió que perteneciera. "Nunca consideré a Moscú mi ciudad. Siempre me sentí como una extraña".

Por esa misma época, dio otro paso en su búsqueda de su identidad judía. "Fue en 1971 cuando entré por primera vez en la sinagoga de la calle Arkhipov. No me impulsaban motivos religiosos, sino la curiosidad y el deseo de encontrar a mi propio pueblo. Lo que más recuerdo era el olor de los libros antiguos y los hermosos rostros judíos de las personas reunidas fuera de la sinagoga".

Esa primera visita le dio la sensación de que pertenecía a un pueblo con una historia y un futuro perdurables.

Cuando era adolescente, Ira conoció a Michael Kara-Ivanov, otro joven judío que buscaba sus raíces. Juntos se sumergieron en el aprendizaje judío, estudiando con judíos ancianos que habían preservado la Torá durante décadas de opresión soviética. Su compromiso compartido moldearía el resto de sus vidas.

Ocho años en el limbo

Ira conoció a su esposo Michael en noveno grado, en una escuela de matemáticas. Estudiaban en clases paralelas y formaban parte de un amplio y unido círculo de amigos, la mayoría de los cuales eran judíos. Oponiéndose a la falsedad que los rodeaba, todos buscaban intensamente la verdad y a sí mismos.

En su boda clandestina

Durante sus años universitarios, en 1978, decidieron casarse. A los 20 años, celebraron una jupá clandestina en su apartamento. Juntos estudiaron judaísmo y hebreo, y dieron sus primeros pasos en la observancia de los mandamientos. Fue ella quien primero condujo a Michael hacia la idea de conectarse con el mundo judío, pero fue él quien comenzó a observar primero, y pronto tuvo alumnos que acudían a él los sábados para estudiar. Y así, tanto por separado como juntos, avanzaron hacia una forma de vivir como familia, hacia la decisión de con qué valores querían criar a sus futuros hijos.

En cuanto terminaron la universidad, solicitaron emigrar como una pareja joven sin hijos. En lugar de recibir permiso, se convirtieron en refuseniks. Lo que esperaban que pudiera ser una breve demora se convirtió en ocho años de incertidumbre.

Ocho años después llegaron a Israel con cuatro hijos.

The Strength of Jewish Women Behind the Iron Curtain_chnges in red_040826_htmIra and Misha Moscow 1984Ira y Michael en Moscú, 1984

Esos años transformaron la vida familiar cotidiana en un extraordinario acto de fe.

Mientras Michael enseñaba Torá en secreto, rescataba libros judíos prohibidos y se preparaba para la posibilidad de ser encarcelado, Ira llevaba adelante otra misión igualmente vital. Creó un hogar judío en un país decidido a borrar la identidad judía.

Un hogar bajo vigilancia

Juntos criaron a cuatro hijos pequeños mientras pasaban por 11 apartamentos alquilados. Algunos propietarios los obligaron a marcharse después de visitas de la KGB. Otros se asustaron ante las acusaciones de que la familia difundía propaganda sionista. Después de una clase de Torá para mujeres celebrada en su apartamento, agentes de la KGB pasaron una hora intentando derribar la puerta antes de interrogar a todos los que estaban dentro. A la mañana siguiente, el propietario exigió que se marcharan en un plazo de 24 horas.

Sin embargo, las clases de Torá continuaron.

Ira se negó a enviar a sus hijos a jardines de infantes estatales, pues no estaba dispuesta a exponerlos a la implacable propaganda atea y antijudía que ella misma había experimentado. En cambio, crió y educó a sus hijos en casa mientras ayudaba a construir una comunidad judía clandestina junto a Michael.

Enseñando una clase clandestina de Torá

La vida cotidiana requería una notable inventiva y perseverancia. Sin automóvil, Ira abrigaba a sus cuatro hijos pequeños con gruesos abrigos de invierno, bufandas, botas y mitones antes de llevar al menor en un trineo a través de la nieve en busca de alimentos kosher. Si corría la voz de que alguna tienda había recibido pescado o vegetales enlatados, se apresuraba a cruzar Moscú antes de que los estantes quedaran vacíos.

Prepararse para Shabat era una labor de amor. La carne kosher era escasa y rara vez había pollos disponibles.

En aquella época, había una sola mikve en todo Moscú, ubicada dentro de la sinagoga de la calle Arkhipov. Estaba en malas condiciones y no abría todos los días. A menudo, las mujeres tenían que hacer arreglos especiales simplemente para que la abrieran. En 1979, solo seis mujeres se sumergían allí regularmente, una de las cuales viajaba en tren desde Ucrania. A pesar de los obstáculos, estas mujeres se mantuvieron firmes en la preservación de la vida familiar judía, transmitiendo discretamente tradiciones que el régimen soviético había intentado borrar.

Con su hija en Moscú en 1985

Una red secreta

Emisarios judíos de Israel, Estados Unidos, Canadá y Europa llegaban regularmente a la casa de Ira, llevando libros de Torá, alimentos kosher, medicamentos y mensajes del mundo exterior. A menudo llamaban inesperadamente desde teléfonos públicos después de llegar a Moscú. En cuestión de horas, Ira y otras mujeres organizaban comidas, encontraban lugares para que enseñaran y se reunieran con los refuseniks, organizaban clases en diferentes apartamentos y contactaban discretamente a los participantes sin atraer la atención de la KGB.

Cada detalle requería secreto. Las clases de Torá nunca se discutían por teléfono. Incluso las conversaciones dentro del metro de Moscú se consideraban peligrosas. Las reuniones solo se organizaban mientras caminaban al aire libre. Se hacía referencia a los libros judíos mediante nombres en clave. Podían decir: "Trae a la abuela", el código para traer un volumen del Talmud.

Un emisario visitante de Estados Unidos y un amigo de la familia

Ira también se convirtió en maestra de una escuela dominical judía clandestina. Niños de todo Moscú se reunían discretamente en apartamentos que cambiaban constantemente, donde maestros voluntarios les enseñaban judaísmo, hebreo, historia judía, música y tradiciones judías.

Ira y Michael con sus 8 hijos en Jerusalem

Ira recuerda aquellos años difíciles con una notable humildad. "En aquel momento, sentíamos como si estuviéramos cambiando la historia. Al mirar atrás 40 años después, me doy cuenta de que simplemente se nos confió la tarea de preservar un capítulo de la vida judía para que la siguiente generación pudiera llevarlo adelante".

Libres al fin

En 1987, después de ocho años de espera, Ira y Michael finalmente recibieron permiso para abandonar la Unión Soviética. Llegaron a Israel con sus cuatro hijos, donde más tarde nacieron otros cuatro. El hogar judío que tanto habían luchado por preservar detrás de la Cortina de Hierro continuó floreciendo en libertad.

La familia viviendo actualmente en Israel

Hoy, Ira y Michael están rodeados de sus hijos y nietos en Israel, la patria a la que soñaron con llegar durante tantos años. La identidad judía que valientemente cultivaron bajo la opresión soviética ha florecido en una familia profundamente arraigada en la Tierra de Israel, libre para vivir como judíos orgullosos.

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