La gran regla de la Torá

23/04/2026

4 min de lectura

Ajarei Mot-Kedoshim (Levítico 16-20 )

¡Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem!

En la porción de la Torá de esta semana encontramos el famoso mandato: “Ama a tu prójimo como a ti mismo, Yo soy Dios” (Levítico 19:18). Rashi (en Torat Cohanim) cita a Rabí Akiva, quien dijo sobre este mandamiento: “Este es un gran principio en la Torá” (Zé klal gadol baTorá). A partir de estas pocas palabras surgen varias preguntas:

  1. ¿Por qué el versículo “Ama a tu prójimo como a ti mismo” concluye con las palabras “Yo soy Dios”? (Esta pregunta puede plantearse cada vez que un versículo concluye con las palabras “Yo soy Dios”, pero por ahora nos centraremos en este versículo). La implicación parece ser: “Yo soy Dios que te ordena este mandamiento”. Pero ya sabemos que cumplimos las mitzvot porque son la voluntad de Dios. ¿Qué significa entonces esta frase?
  2. ¿Qué quiere decir Rabí Akiva cuando afirma: “Este es un gran principio en la Torá”? ¿Desde cuándo nuestros sabios “clasifican” las mitzvot?
  3. Rashi, en otros lugares, explica que la expresión “Yo soy Dios” enseña que Dios es “neeman leshalem sejar”, es decir, digno de confianza para otorgar recompensa. ¿Por qué usa la palabra “neeman” (creíble, digno de confianza) en lugar de “batuaj” (seguro)? La recompensa y el castigo Divino no dependen de nuestra creencia; ¡están garantizados! ¿Por qué no decirlo d eesta forma?

Maimónides propone una idea que ayuda a resolver estas dificultades. Él sostiene que dos personas pueden realizar exactamente la misma mitzvá y, sin embargo, recibir recompensas celestiales diferentes. ¿Cómo es esto justo? Maimónides explica que una persona puede haber realizado la mitzvá con gran dificultad, mientras que la otra no enfrentó ningún desafío. Por ejemplo, la mitzvá de dar tzedaká, caridad. Una persona rica que dona un dólar no es evaluada igual que alguien pobre que apenas logra dar ese mismo dólar. La recompensa depende del esfuerzo y la dificultad que enfrentamos al cumplir esa mitzvá.

Ahora podemos responder nuestra tercera pregunta. Rashi dice que Dios es neeman, “digno de confianza” para recompensar, en lugar de decir que es "seguro" que lo hará, porque debemos creer que Él toma en cuenta el esfuerzo que invertimos en nuestras mitzvot. Aunque las acciones en sí tienen un valor intrínseco, el nivel de dificultad que implica realizarlas para cada persona conduce a diferentes niveles de recompensa espiritual. No hay manera de que podamos calcular esto de forma empírica, por lo que debemos creer que Dios sabe cómo combinar todas las variables y recompensarnos con justicia.

HUMILDAD Y GRANDEZA

Para responder las otras preguntas, debemos considerar la idea de algunos filósofos de que el amor solo existe cuando hay similitud entre las personas. El Tiferet Shmuel (Vol. 1) explica que, basado en esta idea, uno podría pensar erróneamente que los grandes sabios no pueden amar a las personas simples. ¿Qué tiene en común un erudito con un peón que cava zanjas?

Aunque es cierto que la similitud ayuda a construir relaciones, el judaísmo rechaza los fundamentos jerárquicos de esta idea. La Torá dice que Moshé Rabenu fue el más grande de los profetas (Deuteronomio 34:10) y también que fue la persona más humilde sobre la faz de la tierra (Números 12:3). Esto parece contradictorio. ¿Acaso Moshé no comprendió que estaba por encima de todos los demás? ¿Cómo pudo ser humilde?

El Tiferet Shmuel explica que, aunque Moshé reconocía sus capacidades únicas, veía a cada persona dentro del contexto de sus circunstancias. Al encontrarse con una persona común, Moshé pensaba: “Quizás los cinco minutos de estudio de Torá que este vendedor de agua logra al final de su agotador día sean más preciados para Dios que todos mis logros”. De este modo, Moshé mantenía su humildad.

Esto es exactamente el punto de Maimónides que mencionamos antes: que Dios evalúa el esfuerzo que implica cumplir una mitzvá. No hay manera en que nosotros podamos saber el valor relativo al esfuerzo de cada persona. Cada persona instruida debe intentar adoptar la actitud de humildad de Moshé y pensar: “Quizás esta persona sencilla y ordinaria sea en realidad más elevada que yo a los ojos de Dios. Quizás su esfuerzo valga más”.

El Tiferet Shmuel entiende que el mandamiento “Ama a tu prójimo como a ti mismo” está dirigido a los líderes y eruditos. Dios les dice: “Ama a todos (incluso a las personas comunes) como a ti mismo”. Si el sabio afirma que ese amor es imposible debido a las enormes diferencias entre él y la persona común, Dios concluye el mandamiento con las palabras “Yo soy Dios”. Es decir, “Yo soy quien asigna la recompensa”. ¿Por qué debería el sabio asumir que está en un nivel superior al de la persona común? ¡La persona común puede ser igual o incluso superior debido al esfuerzo que ha invertido!

Esto responde a nuestra primera pregunta. El versículo “Ama a tu prójimo como a ti mismo” no termina con las palabras “Yo soy Dios” para identificar a Dios como el origen de la mitzvá. Más bien, estas palabras nos enseñan que se puede confiar en Dios para recompensar a cada persona según su esfuerzo. Esto también responde a nuestra segunda pregunta. Rabí Akiva no está clasificando ni jerarquizando esta mitzvá. Más bien, su declaración debe leerse así: “Zé klal… gadol baTorá”. Es decir: “Este principio [está dirigido a quienes son] grandes en la Torá”. El mandamiento “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es especialmente relevante para los grandes eruditos, que podrían verse tentados a pensar que tienen poco en común con la persona promedio.

Que seamos todos bendecidos para cambiar nuestra forma de pensar y acercarnos a cada persona con la idea: “¿Cómo me iría si yo estuviera en su lugar?”. Que merezcamos ver el ambiente de camaradería y amor que surge de esta perspectiva, y que así podamos experimentar un mundo que vuelve a su estado de paraíso.

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