La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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Después del 7 de octubre, algunas de las voces más duras contra Israel fueron judías. La Hagadá ya lo había previsto.
Cada año en el Séder, leemos sobre cuatro hijos. El 'cuarto hijo' es el que no sabe preguntar. Es el que está sentado en nuestras universidades, nuestras instituciones comunitarias y, a veces, en nuestras propias mesas del Séder.
Es aquel por quien mis amigos no judíos me preguntan hoy en día: Esperábamos hostilidad de los lugares de siempre. Lo que no esperábamos era que los judíos argumentaran en contra de su propio pueblo mejor de lo que los enemigos de Israel jamás pudieron. ¿Puedes explicar esto?
La confusión del 'cuarto hijo' no es política, es moral. Les cuesta entender cómo un pueblo forjado por la persecución pudo proporcionar con tanta facilidad argumentos para deslegitimar su propia supervivencia. Estudiantes judíos organizando protestas contra Israel. Académicos judíos firmando cartas que acusan a Israel de genocidio. Figuras públicas judías condenando el poder judío con más fiereza de lo que los enemigos de los judíos jamás lo han hecho.
Esto no es un fenómeno marginal. Es visible, está documentado y va en aumento. Y exige una explicación honesta.
La Hagadá ofrece una.
Tradicionalmente, se entiende al 'cuarto hijo' como alguien desconectado o desinformado. Pero en nuestra generación, su condición es diferente. No está vacío de identidad judía. Tiene fragmentos de ella. Sabe que es judío. Lo que le falta es un timón, un marco interno que le permita pensar, cuestionar e interpretar el mundo a través de una perspectiva judía.
Siente que es judío, pero no puede articular qué representa esa identidad.
Tiene símbolos sin sustancia, memoria sin significado, ética sin sentido de pueblo. Siente que es judío, pero no puede articular qué representa esa identidad, qué le exige ni cómo debería moldear su criterio cuando llega la presión.
Así que, cuando llega la presión —social, moral, institucional—, no puede resistirla. Las voces más fuertes, el consenso más dominante, las mayores recompensas sociales terminan decidiendo por él. Su judaísmo no guía su criterio. El mundo a su alrededor lo modela.
El 'cuarto hijo' es un barco sin timón en alta mar, las olas más fuertes deciden su rumbo.
Desde el 7 de octubre, la presión sobre la identidad judía no tiene precedentes para la mayoría de los judíos vivos. Estudiantes judíos han reportado sentirse obligados a renegar públicamente de Israel simplemente para mantener su posición social. El precio de la particularidad judía, de decir que tenemos derecho a existir y defendernos como pueblo, ha subido drásticamente en los espacios culturales y académicos de élite.
Para los judíos con un marco interno sólido, esta presión es incómoda pero manejable. Pueden criticar la política israelí con dureza, sostener tensiones morales genuinas y aun así mantener claridad sobre lo que requiere la supervivencia judía. El judaísmo siempre ha dado la bienvenida a la autocrítica feroz. Los profetas reprendieron a Israel. El Talmud debate sin cesar. El jeshbón hanéfesh, el 'examen de conciencia honesto', es una práctica y fortaleza fundamental del judaísmo.
Pero hay una diferencia crucial entre estas dos afirmaciones:
"Necesitamos hacerlo mejor". versus "Nosotros somos el problema".
La primera es responsabilidad moral, la segunda es otra cosa. Cuando los judíos reservan su juicio más severo para otros judíos, adoptan el lenguaje de quienes niegan la legitimidad judía y tratan la solidaridad con su propio pueblo como algo sospechoso, la crítica ha cruzado hacia algo que el filósofo judeoalemán Theodor Lessing identificó hace casi un siglo: el odio de los judíos hacia sí mismos.
En la era moderna, el auto rechazo judío ha adquirido una voz distintiva: "Como judío…"
"Como judío, debo condenar…" "La ética judía exige que nos opongamos…" "Soy judío, y por eso digo que el sionismo es el problema".
La identidad judía no se invoca para expresar solidaridad, sino para legitimar la distancia respecto al pueblo judío. La judeidad se convierte en una credencial, una forma de decir yo no soy de esos judíos. Estas declaraciones, amplificadas con entusiasmo por los enemigos de Israel, proporcionan cobertura para acusaciones que serían reconocidas como antisemitas si vinieran de cualquier otra persona.
Esto, en su mayor parte, no está motivado por la malicia. Muchos de los que hablan así son sinceros. Son personas compasivas que responden a un dolor moral genuino. Pero el razonamiento moral no se desarrolla en el vacío. Cuando el poder judío se enmarca sistemáticamente como sospechoso, cuando la autodefensa judía se trata como algo que requiere justificación de manera excepcional, la oposición a la soberanía judía puede empezar a sentirse como claridad ética en lugar de una adaptación a un marco moral hostil.
Lo que comienza como preocupación ética puede convertirse, con el tiempo, en una condena internalizada no de políticas o líderes específicos, sino del pueblo judío en sí mismo.
La respuesta de la Hagadá al 'cuarto hijo' no es un argumento ni una reprimenda. Es una apertura.
Debemos saber quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos cargado durante tres mil años y cuál es nuestra misión.
La Hagadá dice: "Tú le abres". No esperes a que surja la curiosidad. No llamas su atención con polémicas. Le das pertenencia y un lugar dentro de la historia, antes de que la distancia se convierta en algo más permanente.
Debemos saber quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos cargado durante tres mil años y cuál es nuestra misión.
La identidad judía, sostenida con claridad y llevada con confianza, no es una carga moral que haya que gestionar o disimular. Es una herencia moral de la cual debemos estar orgullosos.
El 'cuarto hijo' necesita digerir eso.
Este Pésaj, ábrele la puerta.
Las ideas de este artículo están tomadas de mi próximo libro, The Fourth Son: Jewish Identity, Self-Hatred, and the Courage to Stand Alone (El Cuarto Hijo: identidad judía, odio hacia uno mismo y el coraje de mantenerse firme), cuya publicación está prevista para finales de 2026.
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Yo entiendo la pregunta que se hacen a si mismo. Sin embargo a mí me pasa lo contrario, mi madre judía y mi padre fascista. Mi madre no fue cariñosa conmigo por no darle celos a mi padre, y para arreglar mi educación estuve once años en jesuitas.
Yo estoy desconectado de mi pueblo y soy profundamente judío. Y siempre los defiendo, soy un admirador de Bibi y de Israel. Con mi edad solo puedo estar de acuerdo, con cuarenta años menos estaría en las FDI. Ahora solo me queda rezar a Hashem por los soldados que defienden la patria de mi corazón.