La historia de mi hijo que sufrió muerte clínica y resucitó de forma milagrosa

26/11/2025

6 min de lectura

Se cayó en un estanque y lo encontraron azul y sin vida. Entonces comenzaron a ocurrir los milagros.

Estábamos sentados en la enorme sucá con nuestros vecinos, disfrutando de nuestra comida festiva de Iom Tov mientras Eljanán, mi hijo de casi dos años, jugaba en el jardín con otros niños. No sabíamos que mi esposa y yo estábamos a punto de experimentar la peor pesadilla de nuestras vidas… y nuestro mayor milagro.

En medio de la comida, un grito repentino rompió el aire. “¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda!”. Corrí a buscar la fuente del alboroto y vi a mi vecino sosteniendo a mi hijo empapado, azul y sin vida. Había caído en un pequeño estanque ornamental cerca del jardín y se había ahogado. Lo agarré y ayudé a uno de los otros invitados a hacerle resucitación cardiopulmonar. En dos minutos llegaron los primeros paramédicos de United Hatzalah, intentando revivir a Eljanán que no respiraba y no tenía pulso.

En dos minutos llegaron los primeros paramédicos de United Hatzalah, intentando revivir a Eljanán que no respiraba y no tenía pulso.

Logramos sacar algo de agua de sus pulmones antes de ser trasladados en la ambulancia, donde los profesionales le proporcionaron oxígeno muy necesario. Con todas las herramientas a su disposición, intentaron frenéticamente resucitarlo y hacer que respirara. Pero Eljanán no respondía.

Hubo un silencio ensordecedor en la parte trasera de la ambulancia. Entonces llegó el sonido más dulce que he escuchado: un niño pequeño chillando y gritando. Suspiramos aliviados.

En un torbellino llegamos al hospital, donde mi amado Eljanán finalmente fue estabilizado en condición crítica. Comenzó a respirar por sí mismo, pero necesitaba oxígeno y no respondía. Había sufrido hipotermia y sus manos estaban en un espasmo, como alguien con retraso severo, posible indicio de daño nervioso o daño cerebral. Los médicos me dijeron que podría tardar un mes antes de que comenzara a responder.

De alguna manera me mantuve tranquilo y saqué fuerzas de una fuente desconocida. No podía creer las perspectivas sombrías que algunos médicos ofrecían.

Mi esposa y yo con nuestro hijo

Una vez que fuimos trasladados de urgencias a la unidad de terapia intensiva, mi esposa me preguntó con lágrimas en los ojos: “Yoshi, ¿qué va a pasar?”.

“Todo va a estar 100 por ciento bien”. Me negaba a perder la esperanza a pesar de las horribles circunstancias. Los visitantes comenzaron a llegar con galletas, pasteles, juguetes, positividad y amor. Nos informaron que las sinagogas de barrio habían organizado una reunión especial de la comunidad para recitar el Libro de los Salmos. Ellos tampoco perdieron la esperanza.

Nuestra habitación del hospital se mantenía a temperaturas árticas para mantener la temperatura corporal de Eljanán baja y prevenir más daños cerebrales. Mi esposa y yo nos turnábamos sentados en una silla sosteniendo a nuestro hijo en brazos durante horas. Hablé con Dios desde lo más profundo de mi corazón. Susurré a mi hijo: “¡Lucha, pequeño, lucha!” y me pareció ver un pequeño asentimiento. Le decía que cuando mejorara jugaría con sus amigos Dovi y Mordejai, y yo le daría galletas, dulces y refrescos, todos los antojos que quisiera. Le dije que había tanto que quería mostrarle y enseñarle. Le dijimos que lo amábamos y que la abuela le había comprado un juguete nuevo.

Comenzó a mover un poco los ojos. La doctora entró y nos dijo que los niveles de oxígeno en su sangre habían mejorado dramáticamente y que veía cómo respondían sus pupilas, aunque era demasiado pronto para asegurar algo.

Le pregunté a Eljanán si quería su chupete y lo agarró con sus manos cerradas, sin poder sostenerlo bien. Pero al menos empezó a responder.

A medianoche le dije a mi esposa que se fuera a casa a descansar porque necesitaba recuperar fuerzas y nos habían dicho que tendríamos que estar allí varias semanas. Ella insistió en que yo fuera.

Alrededor de las 2:00 AM llamó para decirme que Eljanán había intentado ponerse en cuatro patas, como para gatear. Lloramos, y yo dormí inquieto en una casa vacía, con el futuro incierto.

Me quedé impactado al regresar a la mañana siguiente. ¡Las manos de Eljanán habían vuelto a su posición natural y estaba mirando a su alrededor! Mi esposa me dijo que intentó decir “Mamá” y parecía querer caminar. Incluso interactuaba con otros niños en el piso, pero ella estaba demasiado nerviosa para dejarlo ir.

Mi esposa se fue a casa a descansar tras una noche sin dormir. Los médicos me permitieron llevar a Eljanán en su cochecito a la sucá del hospital. Salimos y Eljanán trató de salir del cochecito. Me asombró su energía de casi dos años y lo dejé salir lentamente, sosteniéndolo mientras se mantenía de pie.

¡De repente comenzó a correr!

Fue directo a los juguetes en la sala infantil y empezó a jugar con rompecabezas con otros niños. Tuve que recoger mi mandíbula del suelo. Para no presionarlo demasiado, lo aseguré en el cochecito y nos dirigimos a la sucá con un libro, pensando que él dormiría y yo estudiaría un poco. Él insistió en entrar a la sucá por su cuenta.

Los médicos quedaron sorprendidos por toda su actividad, pero yo necesitaba escuchar a mi hijo hablar.

No imaginé que lo estaría persiguiendo tan pronto, pero me preocupaba mucho que aún no hablara. Las enfermeras y los médicos estaban sorprendidos por su actividad, pero yo necesitaba que dijera algo: mamá, papá, biberón, chupete… cualquier cosa.

En la sucá lo volví a meter en el cochecito y comenzaron a llegar visitantes con más galletas, ositos y juguetes. Les conté sobre el progreso asombroso de Eljanán y mi desesperada necesidad de escucharlo hablar. De repente, Eljanán se levantó, tomó una galleta y la comió: la primera comida sólida desde el accidente del día anterior. La devoró y gruñó, como pidiendo otra.

Con Eljanán en el hospital

Le dije: “Eljanán, solo puedes tomar otra galleta si la pides. Así que di ‘galleta’”.

¡Él dijo: “Galleta”!

¡Uau!

Luego lo dijo otra vez. Señaló una granada sobre la mesa y dijo “Manzana”, lo cual me sirvió. Desde ese momento no paró de hablar, saltar, bailar y jugar. ¡Nuestro Eljanán había vuelto!

Inmediatamente llamé a mi esposa y la noticia se difundió entre cientos de personas que estaban esperando y rezando. Nos contaron que personas de todas partes de Israel estaban haciendo cosas asombrosas por mérito de la completa recuperación de nuestro hijo. Judíos de todos los orígenes se unieron por nuestro hijo.

Cuatro días después de que Eljanán se hubiera ahogado, nos dieron el alta con un estado de salud perfecto. Los médicos no podían comprender lo que estaban presenciando. Fue un milagro absoluto. La comunidad de paramédicos estaba impactada, llorando de alegría y alivio. Nuestros teléfonos no dejaban de sonar desde todo el mundo. Nuestro barrio, Guivat HaTzarfatit, se convirtió en una gran familia, con nuestros corazones unidos en angustia y ahora en celebración jubilosa.

Eljanán en el escenario.

Fuimos invitados a un concierto benéfico para United Hatzalah con algunos de los mejores cantantes de la música judía. Me pidieron compartir nuestra historia con los miles de asistentes. Mientras agradecía a Dios y a todos Sus héroes por salvar a nuestro hijo, la audiencia estalló en risas. Eljanán daba volteretas y bailaba en el escenario. Este fue el titular del Jerusalem Post al día siguiente: “Bebé que murió en Sucot y resucitó de forma milagrosa, baila en el escenario cinco días después”.

Con Eljanán en el concierto de United Hatzalah

Experimentar la muerte clínica de nuestro único hijo y luego su recuperación milagrosa nos ha dejado a mi esposa y a mí emocionalmente conmocionados. Las palabras no alcanzan para expresar la profundidad de nuestra gratitud a Dios por habernos concedido un milagro tan evidente. La unidad y la muestra de amor que vimos de miles de personas nos hace sentir más conectados que nunca con el pueblo judío. Estamos eternamente agradecidos a los paramédicos y a los médicos por todos sus esfuerzos heroicos para salvar a nuestro hijo.

Y el regalo de verlo correr delante de mí y luego mirar hacia atrás como diciendo: “¡Apresúrate ya, papá!” me llena los ojos de lágrimas y me hace decir en voz alta: “Gracias”.

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