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La historia que siempre se repite

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Bamidbar (Números 1:1-4:20 )

por Rav Jonathan Sacks

Bamidbar retoma la historia tal como la dejamos al final de Shemot. El pueblo había llegado desde Egipto hasta el Monte Sinaí. Allí recibieron la Torá. Allí hicieron el Becerro de Oro. Allí fueron perdonados después de las súplicas apasionadas de Moshé y allí construyeron el Mishkán, el Tabernáculo, inaugurado el primero de nisán, casi un año después del éxodo. Ahora, un mes más tarde, el primer día del segundo mes, estaban listos para continuar con la segunda parte de su travesía, desde el Sinaí hasta la Tierra Prometida.

Sin embargo, hay una curiosa demora en la narrativa. Transcurren diez capítulos hasta que los israelitas realmente comienzan a viajar (Números 10:33). Primero hay un censo. Luego el recuento y las tribus son acomodadas alrededor del Ohel Moed, la Tienda del Encuentro. Hay un largo recuento de los levitas, sus familias y sus respectivos roles. Luego están las leyes sobre la pureza en el campamento, la restitución, la sotá, la mujer sospechosa de haber cometido adulterio, y el nazareno. Una larga serie de pasajes describen los preparativos finales para el viaje. Sólo entonces parten. ¿Por qué esta larga serie de aparentes disgresiones?

Es fácil pensar que la Torá es simplemente el relato de los eventos tal como ocurrieron, intercalados con diversos mandamientos. Desde este punto de vista, la Torá es historia más ley. Esto es lo que sucedió, estas son las reglas que debemos obedecer, y existe una conexión entre ambas cosas, a veces clara (como en el caso de las leyes acompañadas por el recordatorio de que "fueron esclavos en Egipto"), otras veces menos clara.

Pero la Torá no es simplemente historia como una secuencia de eventos. La Torá se trata de las verdades que emergen a través del tiempo. Esta es una de las grandes diferencias entre la antigua Israel y la antigua Grecia. La antigua Grecia buscaba la verdad contemplando la naturaleza y la razón. La primera dio lugar a la ciencia, la segunda a la filosofía. La antigua Israel encontró la verdad en la historia, en los eventos y lo que Dios nos dijo que debíamos aprender de ellos. La ciencia trata sobre la naturaleza, el judaísmo trata sobre la naturaleza humana, y hay una gran diferencia entre ambas cosas. La naturaleza no sabe nada sobre el libre albedrío. A menudo los científicos incluso niegan que exista. Pero la humanidad está constituida por su libertad. Somos lo que escogemos ser. Ningún planeta elige ser hospitalario para con la vida. Ningún pez elige ser un héroe. Ningún pavo real elige ser vanidoso. Los seres humanos eligen. Y de allí nace el drama del que toda la Torá es sólo un comentario: ¿Cómo puede coexistir la libertad junto con el orden? El drama está ambientado en el escenario de la historia, y se desarrolla a través de cinco actos, cada uno de ellos con múltiples escenas.

La forma básica de la narrativa es aproximadamente la misma para los cinco casos. Primero Dios crea el orden. Entonces la humanidad crea el caos. A continuación siguen terribles consecuencias. Entonces Dios comienza de nuevo, profundamente afligido pero sin perder nunca Su fe en la única forma de vida a la que le dio Su imagen y el don singular que hizo que la humanidad fuera semejante a Dios, es decir, la libertad.

El Primer Acto, es relatado en Génesis 1-11. Dios creó y ordenó el universo y dio forma a la humanidad a partir del polvo de la tierra, insuflándole Su propio aliento. Pero el ser humano pecó: primero Adam y Javá y luego Caín, después la generación del Diluvio. La tierra se llenó de violencia. Dios trajo un diluvio y comenzó de nuevo, haciendo un pacto con Nóaj. La humanidad volvió a pecar al construir la Torre de Babel (el primer acto de imperialismo). Entonces Dios volvió a comenzar, buscando un modelo que le mostrara al mundo cómo se vive respondiendo con fidelidad al mundo de Dios. Esto lo encontró en Abraham y Sará.

El Segundo Acto, es relatado en Génesis 12-50. El nuevo orden se basa en la familia y la fidelidad, el amor y la confianza. Pero también esto comienza a desmoronarse. Hay tensión entre Esav y Iaakov, entre las esposas de Iaakov, Leá y Rajel, y entre sus hijos. Diez de los hijos de Iaakov venden a Iosef, el undécimo hermano, como esclavo. Esto es una ofensa contra la libertad y a continuación ocurre una catástrofe. No un Diluvio, sino una hambruna. Como resultado de la hambruna, la familia de Iaakov se va al exilio en Egipto, donde todo el pueblo queda esclavizado. Dios está a punto de comenzar de nuevo, esta vez no con una familia sino con una nación, que es en lo que se han convertido los hijos de Abraham.

El Tercer Acto es el tema del libro de Shemot. Dios rescata a los israelitas de Egipto tal como rescató a Nóaj del Diluvio. Al igual que con Nóaj (y con Abraham), Dios hace un pacto, esta vez en el Sinaí, y este es mucho más abarcador que sus precursores. Es el plano para el orden social, para toda una sociedad basada en el derecho y la justicia. Sin embargo, una vez más los humanos crean el caos al hacer el Becerro de Oro apenas cuarenta días después de la gran revelación. Dios amenaza con una catástrofe: destruir a toda la nación y comenzar de nuevo con Moshé, tal como lo había hecho con Nóaj y con Abraham (Éxodo 32:10). Sólo la súplica apasionada de Moshé evita que esto ocurra. Entonces Dios instituye un nuevo orden.

El Cuarto Acto comienza con el relato de este orden, que es largo sin precedentes, extendiéndose desde Éxodo 35, a lo largo de todo el Libro de Vaikrá y los diez primeros capítulos de Bamidbar. La naturaleza de este nuevo orden es que Dios se convierte no sólo en el director de la historia y en quien entrega la ley, sino en una Presencia permanente en medio del campamento. Por eso hay que construir el Mishkán, lo que ocupa el último tercio del libro de Shemot, y las leyes de pureza y santidad, así como aquellas de amor y justicia, que constituyen virtualmente todo el Libro de Vaikrá. La pureza y la santidad son necesarias porque Dios de repente está muy cerca. En el Tabernáculo, la Presencia Divina tiene un hogar en la tierra, y cualquiera que se acerca a Dios debe ser sagrado y puro. Ahora los israelitas están listos para comenzar la etapa siguiente del viaje, pero sólo después de una larga introducción.

Esa larga introducción, al comienzo de Bamidbar, trata de crear un sentido de orden dentro del campamento. Por eso el censo y los detalles sobre la disposición de las tribus, y el largo recuento de los levitas, la tribu que mediaba entre el pueblo y la Presencia Divina. Y por la misma razón en la siguiente parashá hay tres leyes -restitución, sotá y nazir- dirigidas a las tres fuerzas que siempre ponen en peligro el orden social: el robo, el adulterio y el alcohol. Es como si Dios estuviera diciéndoles a los israelitas: así se ve el orden. Cada persona tiene su lugar dentro de la familia, de la tribu y de la nación. Todos deben ser contados y cada persona es importante. Preserven y protejan este orden porque sin él no podrán entrar a la tierra, luchar sus batallas y crear una sociedad justa.

Trágicamente, a medida que avanzamos en Bamidbar, vemos que los israelitas resultaron ser los peores enemigos de sí mismos. Se quejan de la comida. Miriam y Aharon se quejan de Moshé. Luego ocurrió una catástrofe, el episodio de los espías, en el cual el pueblo desmoralizado, demostró que no estaba listo para ser libre. Una vez más, como en el caso del Becerro de Oro, hay caos en el campamento. Una vez más Dios amenaza con destruir a la nación y comenzar de cero con Moshé (Números 14:12). Una vez más sólo las súplicas de Moshé nos salvaron. Dios decide comenzar de nuevo una vez más, esta vez con la siguiente generación y con un nuevo líder. El Libro de Devarim es el preludio de Moshé al Quinto Acto, que tuvo lugar en los días de su sucesor, Iehoshúa.

La historia judía es extraña. Una y otra vez el pueblo judío se dividió. En los días del Primer Templo cuando el reino se dividió en dos partes y en el período del Segundo Templo cuando se dividió en grupos y sectas rivales. En la edad moderna, al comienzo del siglo XIX, cuando se fragmentó entre los religiosos y los seculares en Europa oriental, ortodoxos y otros en el occidente. Estas divisiones todavía no han sanado.

De esta forma el pueblo judío sigue repitiendo la historia relatada cinco veces en la Torá. Dios crea orden. Los humanos crean caos. Pasan cosas malas y entonces Dios vuelve a comenzar. ¿Acaso la historia nunca va a acabar? De una u otra forma, no es coincidencia que Bamidbar generalmente se lea antes de Shavuot, el aniversario de la entrega de la Torá en el Sinaí. Dios nunca se cansa de recordarnos que el desafío central de la humanidad en todas las épocas es si la libertad puede coexistir con el orden. Esto es posible cuando los seres humanos eligen libremente seguir las leyes de Dios, dadas de una forma a la humanidad después del Diluvio y de otra forma a Israel después del éxodo.

La alternativa, antigua y moderna, es el gobierno del poder, en el cual, tal como dijo Tucídides, los fuertes hacen lo que les place y los débiles sufren como deben. Eso no es lo que la Torá entiende como libertad, ni es una receta para el amor y la justicia. Cada año, cuando nos preparamos para Shavuot al leer la parashat Bamidbar, escuchamos la convocatoria de Dios: la Torá y las mitzvot son la manera de crear una libertad que respete el orden, y un orden social que honre la libertad humana. No hay otro camino.




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