La improbable, casi absurda y eterna existencia del pueblo judío

02/03/2026

6 min de lectura

Al igual que Schopenhauer, el judaísmo cree que la risa surge de la incongruencia y el absurdo.

De acuerdo con las antiguas fuentes cabalísticas, cada mes del calendario judío está asociado con un aspecto diferente de la experiencia humana. El mes de Adar, en el que cae la festividad de Purim, se asocia con la risa. ¿Cuál es el significado más profundo de la risa y de qué manera revela la esencia de Purim?

Aristóteles y, más tarde, el filósofo Thomas Hobbes sostuvieron que el humor suele ser una expresión de superioridad de una persona sobre otra. Surge cuando alguien evita la trampa en la que ha caído el objeto de la broma. Sigmund Freud creía que los chistes son una agresión encubierta, una forma de expresar violencia u hostilidad hacia otro en un formato verbal disfrazado de humor. El filósofo Stephen Fry sostenía que todo chiste es, en realidad, una paradoja comunicativa, como el famoso comentario de Yogi Berra sobre un estadio: "No es de extrañar que ya nadie venga aquí; siempre está tan lleno". El filósofo alemán Schopenhauer creía que el humor surge de la incongruencia y el absurdo.

Para comprender el enfoque del judaísmo sobre la risa, debemos observar la primera mención de la risa en la Torá, que aparece en el libro del Génesis (capítulos 17 y 21), cuando Dios informa a Abraham y a Sará que tendrán un hijo. Abraham tenía 100 años; Sara, 90. Aparentemente, ninguno de los dos era capaz de tener hijos. Una pareja anciana que vive en el Medio Oriente y Dios se les presenta con la asombrosa noticia de que no solo tendrían un hijo, sino que ese hijo llevaría su herencia del monoteísmo a todo el mundo y a lo largo de la historia.

¿Su reacción? Risa. De hecho, Dios les ordenó llamar a su hijo Itzjak (Isaac), que significa "él reirá".

Itzjak, la primera persona nacida como judío, es alguien cuyo propio nombre significa risa asociada con el absurdo.

Por lo tanto, la primera persona nacida como judío es alguien cuyo nombre mismo significa risa asociada con el absurdo.

Cuando una persona se encuentra con algo absurdo, cuando una situación parece avanzar en una dirección y luego, de repente, gira hacia la dirección opuesta, la respuesta natural es la risa. Cuanto más incongruentes e inesperados son los giros de la trama, mayor es la risa. Como comentó Groucho Marx: "¿Qué es gracioso? Cuando un caballero con un traje caro, caminando de manera digna, resbala con una cáscara de banana. Eso es gracioso. Cuando el mismo caballero esquiva cuidadosamente la cáscara de banana solo para caer en una alcantarilla abierta… ¡eso es hilarante!"

El humor judío

Históricamente, el pueblo judío ha tenido una excelente comprensión del absurdo, de ahí su reconocido sentido del humor y su legado de grandes chistes. Jerry Seinfeld señaló una vez que la predominancia de comediantes judíos se debe a que los judíos a menudo han sido forasteros, lo que les ha permitido observar los absurdos de la vida desde una perspectiva con distancia.

Incluso la Biblia contiene ejemplos de humor judío. En Éxodo (cap. 14), después de que Dios saca a los judíos de Egipto, se encuentran atrapados: el Mar Rojo delante, el desierto detrás, acantilados al norte y el ejército egipcio persiguiéndolos. En lugar de simplemente clamar con miedo o desesperación, le dicen a Moshé con un toque de sarcasmo y cinismo judío: "¿Acaso no había tumbas en Egipto que nos trajiste aquí para morir?"

La mayoría de las personas en una situación tan desesperada probablemente gritarían: "¡Ayúdanos! ¡Esto es terrible! ¡Dios mío!". Pero, al más puro estilo judío, los israelitas añaden una mordaz capa de ironía: ¿Ah, es que faltaban tumbas en Egipto? ¿Tienen un problema inmobiliario? ¿Por eso nos trajiste aquí?

Esto es claramente absurdo. Los israelitas acababan de presenciar diez plagas (milagro tras milagro) y, sin embargo, ahora sugieren que todo este éxodo ocurrió por una falta de terrenos para enterrarlos en Egipto.

La existencia judía a lo largo de la historia es, en muchos sentidos, absurda.

Tal vez los judíos en Egipto habían entendido algo. La existencia judía a lo largo de la historia es, en muchos sentidos, absurda. Comenzó con un niño que, según toda lógica, no debería haber nacido: de padres ancianos que no deberían haber podido concebir. Ese mismo niño, Itzjak, estuvo a punto de ser sacrificado sobre un altar, pero fue salvado en el último momento por la palabra de Dios. El cuchillo estaba literalmente en su cuello, y aun así sobrevivió.

En cierto sentido, el pueblo judío es como su antepasado Itzjak: nuestra propia existencia es improbable, incluso absurda. La historia de Purim refleja perfectamente este tema. No hay milagros abiertos, pero sí improbabilidades sobre improbabilidades, absurdos sobre absurdos, y giro tras giro en la trama.

Hagamos un breve repaso de la historia de Purim:

Irán (Persia) lanza una invasión de Irak (Babilonia), derrocando al régimen y tomando control del país, junto con gran parte del Medio Oriente. El nuevo gobernante iraní (Ajashverosh) gobierna inicialmente con tolerancia, permitiendo la libertad religiosa y autorizando a las naciones exiliadas a regresar a sus tierras ancestrales. Sin embargo, un segundo cambio de régimen revierte esta breve era de benevolencia, reemplazando al gobernante por un déspota corrupto y despiadado.

Se multiplican los complots de asesinato contra el nuevo tirano, pero uno de ellos es frustrado por un funcionario judío del gobierno, Mordejai. Mientras tanto, la vida personal del déspota se desmorona: su matrimonio colapsa y en un arrebato de ira ejecuta a su esposa.

En busca de un reemplazo, decreta un concurso de belleza a nivel nacional, obligando a participar a mujeres de todo el imperio. Su elección recae en una mujer judía, Ester, que oculta su identidad mientras mantiene contacto con su primo y tutor, Mordejai, el mismo funcionario que una vez salvó la vida del gobernante.

Pronto, Hamán, un extremista antisemita asciende al poder como primer ministro, y persuade al gobernante para que autorice la aniquilación del pueblo judío en todo el imperio. A medida que el decreto se difunde, multitudes de fanáticos salen a las calles, preparándose para pogromos aprobados por el estado sin temor a represalias.

En una magistral demostración de persuasión, la reina judía se gana a su esposo, el rey, y lo convence de revocar la orden y, en su lugar, conceder a los judíos el derecho a defenderse. Aprovechando la oportunidad, las comunidades judías se organizan, se arman y aplastan a los verdugos en potencia, dejando pocos sobrevivientes.

Al día siguiente, en la capital, nuevas multitudes intentan una segunda ola de ataques, pero los defensores judíos vuelven a levantarse, derrotando a sus agresores y sofocando la masacre. Además, el primer ministro y sus hijos, cómplices de su traición, son colgados, y el funcionario judío es nombrado nuevo primer ministro. Y listo: tenemos una nueva festividad judía llamada Purim.

Celebramos Purim leyendo públicamente esta historia, enviándonos regalos de comida, haciendo generosas donaciones a los pobres y recitando plegarias especiales. Todas estas prácticas son comprensibles: deseamos dar a conocer la increíble providencia divina que hay detrás de nuestra supervivencia. Al sostenernos mutuamente, hacemos exactamente lo contrario de lo que pretendían nuestros enemigos: eliminarnos.

Pero también celebramos con un banquete festivo, durante el cual tenemos una obligación inusual de beber vino en exceso. Creo que esta obligación de embriagarnos existe para que podamos sintonizar con cada absurdo que percibimos… y reírnos de todos ellos.

El absurdo y un atisbo de la verdad

Aunque Schopenhauer era alemán (una nación que no suele asociarse con la hilaridad) y filósofo (una profesión rara vez impregnada de risas), puede que haya tenido razón acerca de la risa.

¿Por qué reímos cuando percibimos el absurdo? Porque el alma, cuyo origen está en un mundo de verdad y claridad, reconoce las contradicciones de este mundo como ilusiones. Cuando detecta el absurdo, experimenta un destello de su verdadero hogar (el mundo de la verdad) y se ríe de las distorsiones de esta realidad pasajera.

El Talmud (Taanit 22b) relata que el profeta Elías le informó a Rav Beroka que dos personas en el mercado eran tan meritorias que tenían garantizado un lugar elevado en el Mundo Venidero. Rav Beroka le pidió a Elías que los identificara, y él señaló a dos hermanos. Intrigado, el rabino se acercó a ellos y les preguntó a qué se dedicaban. Los hermanos respondieron que siempre que encontraban personas tristes o en conflicto, les contaban chistes, los hacían reír y les devolvían la alegría.

Al hacer reír a los demás, estos hermanos no solo levantaban su ánimo; los conectaban con una realidad superior, con un mundo más allá del sufrimiento y la ilusión. Al llevar alegría a otros, de algún modo ofrecían un atisbo del cielo mismo. Por eso es apropiado que ellos también estuvieran destinados a estar eternamente conectados con ese mundo superior.

Esto también puede ayudarnos a entender sobre por qué el gran sabio talmúdico Rava siempre comenzaba sus lecciones con un chiste (Talmud, Shabat 30b). En un nivel simple, podríamos decir que su propósito era captar la atención de sus alumnos, mantenerlos involucrados o simplemente ponerlos de buen humor. Sin embargo, puede haber una razón más profunda. Tal vez, antes de guiar a sus estudiantes hacia la iluminación intelectual y espiritual, buscaba primero elevarlos emocionalmente, conectándolos —a través de la risa— con un plano espiritual más elevado.

En uno de sus salmos más hermosos, el rey David escribe:

"Cuando Dios haga volver a los cautivos de Sion,
entonces nuestra boca se llenará de risa,
y seremos como soñadores" (Salmos 126:1–2).

Este pasaje enseña que en el futuro, en el momento de la redención, el pueblo judío se llenará de risa al mirar hacia atrás su período de exilio y sufrimiento. Comprenderán que todo ello fue, en esencia, un sueño. Un sueño doloroso, sin duda, pero un sueño al fin. La redención, en cambio, será la realidad.

La risa espontánea es la reacción del alma al ver este mundo, con todo su sufrimiento, injusticia y falsedad, tal como realmente es: absurdo y, por lo tanto, cómico.

En este sentido, el judaísmo coincide con la comprensión de Schopenhauer de que la risa surge del absurdo. Sin embargo, añadiríamos que la alegría asociada a la risa (su estallido espontáneo e incontrolable) es la reacción del alma ante un fugaz sabor de verdad y claridad. Es el momento en que vemos este mundo, con todo su sufrimiento, injusticia y falsedad, tal como realmente es: absurdo y, por lo tanto, cómico.

En Purim, al celebrar la supervivencia del pueblo judío a través de extraordinarios giros de la trama y “coincidencias” desconcertantes, comenzamos a comprender el milagro de nuestra propia existencia improbable, absurda y eterna.

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