Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad
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Después de una cita por Zoom de una hora con la que sería mi futura esposa, me quedé mirando la pantalla de mi computadora. Todo había encajado perfectamente, pero entonces la casamentera sugirió: "¿Por qué no la visitas en Cleveland?". Ocho horas de viaje en cada dirección para alguien a quien solo había conocido virtualmente durante una hora. Después de tantas propuestas fallidas, ¿realmente podía justificar una inversión tan grande por una simple posibilidad?
Decidí que el potencial valía el riesgo y emprendí el largo viaje para descubrir si finalmente había encontrado a la persona indicada. Era mediados de abril y el cielo estaba despejado cuando salí de New Haven. Pero cinco horas después, conduciendo por la I-80, el cielo azul se transformó en lluvia, la lluvia en aguanieve y la aguanieve en una auténtica tormenta de nieve. Mi Subaru, a pesar de su tracción integral, resbalaba peligrosamente sobre los quince centímetros de nieve acumulada en la autopista. Al comprender el peligro, salí hacia zonas más bajas, encontré una ruta a través de Pittsburgh para evitar lo peor del temporal y lo que debía ser un viaje de ocho horas se convirtió en doce horas de evitar accidentes y conducir tensionado.
Me dije: "Esto será el mejor esfuerzo posible para iniciar esta relación o la cosa más estúpida que he hecho en mi vida".
Gracias a Dios, fue el comienzo de la historia de amor de mi vida.
Las mayores recompensas suelen exigir nuestra mayor inversión de esfuerzo, incluso cuando el resultado sigue siendo incierto. Este principio constituye la base de una de las lecciones más elegantes de la Torá, transmitida por el mensajero más improbable: una burra que habla.
En la porción de la Torá de esta semana, Balak, rey de Midián, recluta al célebre profeta Bilam para maldecir al pueblo judío y proteger su reino del ejército israelita. Cuando Bilam viaja para cumplir su misión, un ángel bloquea su camino tres veces. En cada ocasión, su burra se desvía para evitar al ser celestial. Y en cada ocasión, Bilam —incapaz de ver al ángel— golpea a su burra con furia.
Después del tercer golpe, Dios concede a la burra el poder del habla y ella le reprocha: “¿Qué te he hecho para que me hayas golpeado estas tres veces?” (Números 22:28)
Parece una respuesta razonable de una burra parlante, pero en sus palabras se esconde una anomalía. Normalmente, la palabra hebrea para “veces” es paamim (פעמים), pero aquí la Torá utiliza regalim (רגלים). Esta palabra suele referirse a las tres festividades de peregrinación del pueblo judío. ¿Por qué esta elección inusual?
Rashi responde: “La burra le insinuó: ‘¿Pretendes destruir a una nación que celebra las tres festividades de peregrinación (shalosh regalim - רגלים)?’” La queja de la burra funciona en dos niveles: me has golpeado tres veces y estás intentando maldecir a un pueblo cuya observancia de tres festividades lo vuelve inmune a las maldiciones.
El enigmático mensaje de la burra plantea una pregunta evidente: ¿Por qué la observancia de estas festividades proporcionaría semejante protección sobrenatural?
Para resolver el enigma, observemos lo que sucede después. Bilam llega a Moav, se encuentra con Balak e intenta maldecir al pueblo judío. Tras dos intentos fallidos, Bilam cambia de estrategia: “Bilam vio que agradaba a Dios bendecir a Israel; por ello dejó de buscar presagios como había hecho antes y dirigió su rostro hacia el desierto” (Números 24:1).
¿Qué buscaba Bilam en el desierto que pudiera desviar la voluntad de Dios contra los judíos? El antiguo traductor Onkelos explica: “Dirigió su rostro hacia el desierto, donde los israelitas habían hecho el Becerro de Oro”. En su último intento, Bilam trató de despertar la ira Divina recordando el mayor pecado de la nación.
Ahora unamos las piezas. El Becerro de Oro reveló nuestra mayor debilidad. Las tres festividades de peregrinación ofrecen nuestra mayor defensa. ¿Qué relación existe entre ambos conceptos? ¿Por qué precisamente las festividades de peregrinación expían por el pecado del Becerro de Oro?
Como analizamos en la parashá Ki Tisá,(1) la idolatría es el deseo de acceder al poder de Dios sin establecer la relación adecuada con Él. Una analogía moderna sería una aventura de una sola noche: disfrutar de todos los placeres de la intimidad sin asumir la responsabilidad de construir una relación o educar a un hijo. Cuando el pueblo judío adoró al Becerro de Oro, buscó acceso al poder Divino, pero bajo sus propias condiciones. Querían todos los beneficios sin ninguna de las responsabilidades. Cuando se trata de relaciones, especialmente de nuestra relación con el Creador, no existe pecado mayor.
¿Cuál es entonces el remedio? Poner al otro por delante de uno mismo, incluso cuando ello implique un costo. Y eso es precisamente lo que lograban las tres festividades de peregrinación.(2)
Tras la conquista de la Tierra de Israel, el mandamiento de Dios de peregrinar tres veces al año al Templo de Jerusalem se hizo realidad.
Todo hombre judío debía abandonar por algunas semanas su hogar, su negocio y su familia para viajar a Jerusalem tres veces al año.(3)
Para quienes vivían en las fronteras del país, el viaje podía exigir casi un mes completo de compromiso (dos semanas de ida, dos de regreso y una semana en Jerusalem). Esto ocurría dos veces al año en toda su extensión, mientras que Shavuot requería algo menos de tiempo. Los hombres dejaban sus negocios durante momentos cruciales de la temporada agrícola, dejaban a sus familias vulnerables y atravesaban terrenos peligrosos.
Pensemos en las implicaciones de seguridad. Con todos los hombres ausentes, mujeres y niños quedaban completamente expuestos. Los vecinos hostiles, resentidos por la conquista israelita, tendrían una oportunidad perfecta para atacar. Sin embargo, generación tras generación, las familias judías aceptaron ese riesgo, confiando en la protección Divina que surgía precisamente de su disposición a renunciar a la seguridad humana en favor de la obligación espiritual.(4)
Mientras que la adoración del Becerro de Oro representaba el máximo egoísmo espiritual, las festividades de peregrinación representaban el máximo altruismo. Los judíos invertían un esfuerzo extraordinario, aceptaban enormes riesgos y demostraban una fe absoluta, todo para servir a Dios y no a sí mismos. Esta inversión total (pasar de tomar a dar) se convirtió en su escudo contra toda maldición.
Este principio se aplica tanto a nivel cósmico como personal. Así como el esfuerzo del pueblo judío por acercarse a Dios mediante las peregrinaciones fortaleció su relación con Él y expió errores pasados, la misma dinámica opera en nuestras relaciones personales.
Mi amigo Rami expresó esta idea perfectamente en su discurso antes de su boda: “La moneda del amor es el esfuerzo”. La inversión, el riesgo y el sacrificio no solo expresan amor: lo crean.
Tómate un momento para reflexionar sobre tus relaciones más importantes, tanto humanas como espirituales. ¿Dónde puedes invertir más esfuerzo en dar a los demás? La próxima vez que un ser querido te pida un favor incómodo, haz un esfuerzo adicional. Cuando una mitzvá parezca una carga, acepta el desafío con entusiasmo.
Esas inversiones de esfuerzo producirán dividendos de amor y protección Divina durante muchos años.
La parashá que contiene el pecado del Becerro de Oro.
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