3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Cuando se trata de espiritualidad, nunca aceptes un “no” como respuesta.
Les presento al Sr. Error.
Él está convencido de que no solo es tonto, sino defectuoso, malvado e indigno.
El Sr. Error se sienta en la esquina, fuera del círculo interno, marginado, olvidado y dejado de lado. Está ocupado flagelándose mentalmente, diciéndose a sí mismo que es malo de pies a cabeza, pensando: “Después de lo que he hecho, no hay salida, y ciertamente no hay manera de volver a lo que era”.
Sin embargo, Janucá revela que quizá sí la hay.
Cuando el pequeño contingente de judíos fieles finalmente regresó al Templo en la época de la historia de Janucá y vio la horrenda profanación, no se sintió triunfante. Sabían que el daño hecho al Templo solo reflejaba su propia distancia de Dios. El Templo era un microcosmos de la relación de la humanidad con Dios. ¿Qué decía eso sobre ellos mismos y su propia posición espiritual si por donde miraban solo veían profanación, contaminación e irreverencia? Quizá eso era una señal de que ellos tampoco tenían remedio. ¿Alguien hubiera podido culparlos por rendirse?
No había aceite puro, ni lo habría durante los siguientes ocho días. Ni siquiera podían encender la menorá, así que tal vez Dios no estaba interesado en su servicio. ¿Y por qué habría de estarlo si realmente eran tan malos?
La distancia le hace eso a una persona. La llena de autodesprecio, la convence de que no hay manera de limpiar la suciedad que parece marcada en su propia piel. La desanima, la deprime. El Sr. Error solo quiere rendirse y ceder. He caído muy bajo y no hay manera de regresar.
En el Talmud, la cultura helenística se compara con un leopardo cuya característica definitoria es la audacia, azut en hebreo. El Maharal explica que había una audacia en el deseo de Alejandro de difundir su visión del mundo en todas partes. Se trataba de decir: “Yo sé lo que es mejor y todos los demás tienen derecho a conocer mi opinión”.
Los macabeos estaban determinados a regresar al abrazo de Dios y hacerlo con toda su fuerza.
Pero en el judaísmo, la audacia, como todo rasgo negativo, tiene su contraparte pura, en este caso llamada azut dekedushá, audacia sagrada. Para entenderlo, imagina a un jefe que despide a su trabajador, pero luego cede cuando este le pide perdón. El jefe acepta volver a contratar al empleado, pero lo asigna a una pequeña oficina en un rincón, en lugar de su antigua y espaciosa oficina. En lugar de aceptarlo con gratitud y dirigirse a la oficina trasera con la cabeza baja, el trabajador anuncia que no volverá al trabajo hasta recuperar la oficina principal. Existe una palabra para este tipo de comportamiento: ¡jutzpá!
La jutzpá es algo muy judío, ¡y vaya que se necesitaba ahora! La verdad es que, dado el contexto de la historia de Janucá, no era realmente necesario que el aceite fuera puro. En tiempos de guerra, cuando abundan los cuerpos muertos, ciertos niveles de pureza se pasan por alto. Pero los macabeos se negaron a aceptar la oficina trasera. Estaban determinados a regresar al abrazo de Dios y hacerlo con toda su fuerza. Insistieron en usar aceite puro para encender la menorá, aunque obviamente no tenía sentido, porque al día siguiente se agotaría y no tendrían más. Pero se negaron a aceptar un “no” como respuesta: el aceite puro representaba un nivel más alto de relación y ellos iban por el oro.
Sin embargo, como sabe cualquiera que esté en una relación, la audacia solo funciona hasta cierto punto. Al final del día, no puedes forzar una relación. Debe haber interés y disposición del otro lado. ¿Cómo respondería Dios a que ellos ocuparan de nuevo su antigua oficina principal? Los judíos esperaron con el aliento contenido, dos días, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ¡ocho! Si observas el calendario, el octavo día de Janucá se llama zot Janucá — esta es Janucá. La razón más profunda para esto es que solo el octavo día el mensaje de Janucá brilló plenamente. Cuando Dios permitió que ese pequeño frasco de aceite puro ardiera durante los ocho días necesarios para conseguir aceite puro nuevamente, fue entonces que los judíos supieron que habían sido reinstalados a su cercanía anterior.
Imagina una deliciosa cascada divina de perdón cayendo sobre el Sr. Error, acariciando su alma herida y maltrecha, limpiando sus heridas abiertas, suavizando arrugas de preocupación y líneas de desesperanza, aflojando las capas de pequeñez y mezquindad inscritas en su alma, apagando los carbones ardientes sobre los que se había flagelado.
Con su jutzpá judía, los macabeos se acercaron a Dios insistiendo en usar aceite puro, y Dios respondió a su gesto con el milagro de las luces. Nuestros Sabios sabían que esto no era un milagro único. Janucá sería un recordatorio constante de que, a pesar de la oscuridad, con nuestra audacia sagrada siempre podemos encontrar la manera de iluminar la noche.
Una versión de este artículo apareció en la revista "Mishpacha".
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