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La lucha de mi esposo para superar la adicción a la pornografía

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25/01/2022 | por una esposa de un adicto a la pornografía

Mi enojo, dolor y tristeza están siendo reemplazados con esperanza, respeto y admiración. No fue fácil.

"Tengo que ser transparente contigo" dijo mi esposo. Y yo me quedé helada.

Esas palabras temidas. Esas palabras honorables. Esas palabras que había escuchado una y otra vez.

Las había escuchado en situaciones donde mi vida, acomodada prolijamente como una casa de barajas, tambaleó y amenazó con desmoronarse por completo. Las había escuchado en situaciones donde no supe si tenía la suficiente fortaleza y coraje para sobrevivir ese mismo momento.

A esas palabras, tan genuinas y vulnerables como son, tan honestas y gentiles como pueden sonar, siempre las sentí como una puñalada en el vientre que casi me quitaba el aliento mientras esperaba que cayera el resto de la bomba.

"Cedí ante mi tentación y miré pornografía", dijo.

Silencio. ¿Qué se supone que uno debe decir? "¿Gracias por ser tan honesto y transparente conmigo?".

Lo único que quería hacer era gritar y patalear como un niño: "¡Noooo! ¡No es justo!".

"Debo ser transparente contigo". Unas pocas palabras y todo mi mundo pareció venirse abajo. Aplastándome.

De nuevo.

Mis esperanzas, mis sueños, mi confianza… se hicieron añicos. Enojo, tristeza y soledad ocuparon ese lugar.

Cuando descubrí que mi esposo era adicto a la pornografía llevaba cuatro años de casada y tenía dos hijos. Creí que no teníamos ninguna posibilidad de sobrevivir la tormenta.

Cuando descubrí que mi esposo era adicto a la pornografía tenía 24 años, llevaba cuatro años casada, tenía dos hijos y estaba embarazada del tercero. En ese momento de mi vida mi mundo se desmoronó y se tornó muy oscuro. Por mi agudo dolor perdí el embarazo.

¿Qué sentido tenía? Asumí que no teníamos ninguna posibilidad de sobrevivir la tormenta.

Hablé con rabinos y terapeutas y rogué, imploré por una salida fácil. Lo más fácil sería arrojar la toalla en nuestro matrimonio. Después de todo, ¡esto no era parte del contrato!

Ya pasaron casi dos décadas. Dos décadas de mi vida, casada con un adicto a la pornografía. Un adicto en recuperación.

Cada día que pasó elegí quedarme. Y esa fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Atravesé todas las etapas de duelo: negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Sí, por supuesto que mi situación incluye el dolor y la incomodidad de tener temores, trauma e incertidumbre… necesito todo el tiempo mantener mi enojo y mi ego en su lugar. Se necesita esfuerzo. Y muchísima fe.

Trabajo en mí misma para hacer lo que puedo hacer y dejar de lado lo que no está bajo mi control. "Déjalo en manos de Dios", como dice la frase famosa del Programa de 12 Pasos. Mi esposo cita cosas de ese programa a menudo, es su segunda biblia. Aprendo lo que puedo hacer para apoyarlo, a confiar en mí misma para saber cuándo preguntar, cuándo involucrarme, o cuando mirar hacia otro lado. Aprendo a cuidarme y sentir compasión de mí misma, algo que fue y sigue siendo crucial. Aprendo a vivir una vida plena y hermosa dentro de esta realidad.

Aprender a volver a confiar plenamente. A vivir de nuevo. A respetarlo. A amarlo. Es posible.

Aprender a volver a confiar plenamente. A vivir de nuevo. A respetarlo. A amarlo. Es posible.

La preocupación nunca desaparece, pero a veces se desvanece detrás del telón de la vida. Y, a veces, incluso por unos pocos momentos, puedo casi olvidar mis miedos y hasta sentirme 'normal'. Sí, es una vida que nunca elegí. Un camino que no tenía ni interés ni expectativa de transitar. Pero esta es la mochila que Dios me dio y no fue para nada un error. Fue un camino lleno de oportunidades inmensas de crecimiento. De risa y lágrimas. De dolor y alegría. De un crecimiento y una evolución que nunca creí que me sería posible, y que no cambiaría por nada en el mundo.

Viendo yo misma el duro trabajo que requiere el proceso de recuperación, me siento llena de respeto y admiración por este hombre, y por cualquiera que se haya tomado con seriedad su proceso de recuperación. Respeto tanto su camino de recuperación. Me enorgullece estar al lado de mi esposo y camino humildemente a su lado. Pasamos muchas cosas juntos, los altibajos de la vida. Criamos juntos una fuerte familia judía y no quisiera hacerlo con nadie más que con él.

Nuestros sabios nos dijeron que no podemos juzgar a alguien hasta haber estado en su lugar. Nunca podré comprender los fuertes deseos que siente hacia cosas que lo pueden dañar. Está más allá de mi capacidad de entendimiento. Me deshice de todo el juicio que tenía y, con los años de verlo esforzarse tanto para recuperarse, reemplacé el juicio con apoyo y respeto.

Todos tenemos nuestros problemas. Podemos tener nuestras propias "adicciones" o drogas que elegimos cuando no estamos en nuestro mejor estado emocional. Es parte de la naturaleza humana. Todos tenemos un plan de trabajo designado para los años que recibimos. Todos somos proyectos en curso.

Creo que este último Yom Kipur alcancé un punto de inflexión. Estaba rezándole a Dios, pidiéndole que me de otro año de vida. Miré a mi esposo, que estaba parado frente a mí, sumido en plegaria, y mi plegaria tomó otra dirección. Dije: "Dios, mira lo mucho que ha avanzado. Trabaja tan duro en sí mismo. Nunca deja de luchar contra su yétzer hará, su inclinación hacia el mal. Lleva años de sobriedad. Es tu sirviente devoto en todos los aspectos. Dios, dame otro año de vida, no porque yo lo merezca, sino porque él merece felicidad y nos merecemos uno al otro". ¡Y nunca en mi vida sentí tanta confianza en un rezo que haya hecho!

A todo el que vive con esta absoluta desesperanza: no te des por vencido/a. hay esperanza. Permanece en el plan. Cree en el proceso. Funciona.

Si te esfuerzas, puede producir el resultado que deseas.

Cree en la devoción de cambiar el comportamiento y enderezar el camino. Es posible. Dios nunca renuncia a nadie, nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

La recuperación es un proceso. Se necesita tiempo, paciencia, y todo tu ser… un día a la vez.





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