¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


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Escapé de la opresión soviética, pero ahora enfrento una nueva batalla: mantener vivo el judaísmo en mis hijos nacidos en los Estados Unidos.
En la Unión Soviética donde crecí, mi abuela (que sobrevivió al Holocausto y perdió a sus dos preciados hijos pequeños en el Gueto de Minsk), tenía que celebrar las festividades judías en secreto. Si el gobierno descubría que tenía torta de miel en el horno o guefilte fish en la heladera (atributos de su herencia judía) podía ir a prisión. Sin embargo, ella y mi abuelo siguieron poniendo la mesa en Rosh Hashaná, reuniendo a la familia y comiendo manzanas en miel, mientras susurraban plegarias en ídish.
Mientras me preparaba para ir a la escuela la mañana siguiente, me decían que no contara a nadie sobre nuestra celebración judía secreta. Me convertiría en una paria, me prohibirían ser parte del Club de Jóvenes Pioneros Comunistas. El judaísmo era un secreto oscuro y oculto, aunque figuraba en mi pasaporte soviético como una nacionalidad. Una absurda paradoja.
Entonces, en 1991, tras la caída de la Unión Soviética, el control antisemita del régimen se debilitó y se les permitió a los judíos salir. Mi familia, entre millones de otros, pudo escapar a la seguridad de los Estados Unidos, sumergiéndonos de lleno en la libertad de ser nosotros mismos —como judíos.
Mis abuelos
Nosotros, especialmente aquellos que llegamos con hijos pequeños, estuvimos ocupados en sobrevivir, aprender inglés, solicitar trabajos, establecer raíces… convertirnos en ciudadanos dignos de nuestro nuevo mundo. Mientras hacíamos esto, muchos descuidamos el aspecto judío de nuestra vida, lo que, según descubrí más tarde, es un núcleo fundamental en cada uno. Sin embargo, para muchos, el judaísmo se ha convertido en un eco distante del pasado, algo secundario e inconveniente.
Hasta que…
Para mí, el punto de inflexión fue cuando murió mi abuela. Uno de los vecinos de mis padres de alguna manera sabía que éramos judíos y recomendó un rabino de un templo local para conducir un funeral judío.
De pie junto a la tumba abierta de mi querida abuela, perdida en el dolor y la desesperación, escuché al rabino cantar plegarias en un idioma que nunca antes había oído: hebreo. De repente, sentí calor en el pecho seguido de una sensación de consuelo y tranquilidad. Este inesperado alivio (un atisbo de paz) fue a la vez acogedor y desconcertante. ¿Qué significaba eso? Según el rabino, era mi alma judía, mi neshamá, activada por sus plegarias, sanando mi corazón roto.
Lo acepté.
Las cosas cambiaron después de eso y me volví más judía. Envié a mis hijos a la escuela hebrea los domingos y, años después, a una escuela judía. Mi esposo y yo comenzamos a asistir a clases en nuestro templo local, aprendiendo sobre el aspecto espiritual de nuestra herencia, sanando el dolor de desconexión de nuestra tribu judía impuesto por el régimen soviético. Luego, para nuestro 25º aniversario de bodas, rodeados de familia y amigos, frente a nuestros cinco hijos, realizamos la ceremonia religiosa bajo nuestra propia jupá.
Ahora, años después, muchos de nosotros, refugiados judíos que perdimos a nuestros padres o abuelos que experimentaron los horrores de los pogromos y del Holocausto, hemos sentido la enorme alegría de recomponer nuestras vidas y celebrarlas en nuestros nuevos hogares de posguerra: Israel y Estados Unidos.
¿Tenemos con ellos la deuda de continuar su legado?
Mi abuela solía decir que vengamos a aquellos que desaparecieron a manos del mal prosperando hoy en nuestras vidas, con fuerza y sin disculpas. Pero, ¿podemos realmente ser felices si nuestra búsqueda de la felicidad solo se centra en títulos universitarios prestigiosos y autos lujosos? Esas cosas son valiosas, pero la vida se siente superficial y frágil si confiamos únicamente en nuestras posesiones materiales para ser felices. El judaísmo proporciona esta esencia: un sentido de pertenencia, una conexión con algo más grande, más amplio, más sabio que nosotros; un ancla sólida en el turbulento mar de la vida.
A medida que pasan los años y asumimos el rol de matriarca o patriarca de nuestras propias familias, recae sobre nuestros hombros el honor y la responsabilidad de infundir en nuestros hijos la luz y el amor del judaísmo; de regalarles su esencia duradera. Especialmente en el mundo posterior al 7 de octubre, cuando la vida de cada judío se dio vuelta por completo. Lo sentimos, como si estuviéramos conectados por una red sagrada de ADN ancestral, que nos hizo doler el corazón y que nuestra alma llorara.

Hoy, nuestros hijos proclaman: “Es mi vida, y puedo hacer lo que quiera”. No podría estar más de acuerdo. Pero, ¿quiénes somos realmente, sin nuestras familias, sin nuestras raíces? ¿Somos solo vagabundos? Son nuestros valores y tradiciones judías los que nos mantienen firmes, conectándonos a la red invisible de seguridad de nuestra tribu. Es nuestra responsabilidad demostrar, a través de pequeños actos judíos, que nos importa.
Así que decidí tomar una postura en la víspera de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, cuando mis hijos me dijeron que estaban demasiado ocupados para reunirse a celebrar la festividad judía como familia. Escuché un montón de excusas (reuniones, deportes, exámenes) y me enojé y me dolió.
Abrí la puerta de la sala familiar. Tres cabezas estaban concentradas en un partido de básquet. “Disculpen, por favor”, dije, alcanzando el control remoto y pausando la TV. Tres pares de ojos me miraron, molestos.
“Si su bisabuela podía celebrar las fiestas religiosas, arriesgando su libertad y su vida, ¿por qué ustedes no pueden comprometerse a tratar su herencia judía como una prioridad unas pocas veces al año? ¿Y desde cuándo la libertad de elección provoca gruñidos de ignorancia e ingratitud? Ustedes son hijos de refugiados judíos y descendientes de sobrevivientes del Holocausto. Eso debería significar algo”.
Miré a mi hijo de 23 años, que estaba en medio de firmar un importante contrato inmobiliario. “Tu dinero viene de Dios, así que es apropiado reconocerlo durante las Altas Fiestas”, argumenté.
Luego me dirigí a mi hijo de 20 años, que tenía un examen importante la noche de Rosh Hashaná. “Reprograma el examen.” Lo hice simple para él.
“Cuando tienes integridad dentro de ti y muestras respeto por quién eres y por tus valores, los demás te honran y respetan”.
Por último, estaba mi hijo de 16 años, que me dijo que su entrenador lo odiaría por faltar a la práctica de lacrosse y le prohibirá jugar futuros partidos. “Dile la verdad a tu entrenador”, ordené, “que te estoy obligando a quedarte en casa con tu familia y celebrar el Año Nuevo judío. ¡Envíale un mensaje ahora!”
Con tres cabezas asintiendo “de acuerdo”, probablemente solo para deshacerse de mí y volver al partido, salí de la sala.
Minutos después, mi hijo menor corrió a mi dormitorio. “¡Mamá!” me mostró su teléfono. “Mira lo que escribió mi entrenador: ‘Shaná Tová. Tu madre tiene razón. Disfruta el tiempo con tu familia’”.
Cada célula de mi cuerpo aplaudió en celebración. Miré directamente a mi hijo y le dije: “Cuando tienes integridad dentro de ti y muestras respeto por quién eres y por tus valores, los demás te honran y respetan”.
Al día siguiente, mientras mi familia se reunió alrededor de la mesa festiva de Rosh Hashaná, untando manzanas en miel para un dulce año nuevo, sabía que recibieron una lección que habría hecho sentir orgullosos a mis abuelos.
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