SpaceX y la pregunta de los 1.770 billones de dólares
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La porción de la Torá de esta semana menciona una ceremonia muy particular. Cuando el pueblo judío entró en la Tierra de Israel, había dos montañas adyacentes: el monte Guerizim y el monte Eval. Seis tribus se pararon en un monte y seis tribus en el otro. Se recitaron una serie de bendiciones y maldiciones, a las que todos debían responder “Amén”.
La Torá enumera once maldiciones que debían formar parte de esta proclamación, y la persona que las transgrediera sería maldecida. Esta ceremonia representaba una aceptación nacional de un juramento vinculante de no violar estas once transgresiones.
Los pecados específicos por los que se proclamaba “Maldito el que…” incluyen: quien hace una imagen tallada y la coloca en secreto; quien degrada a su padre o a su madre; quien mueve el lindero que marca el límite entre dos propiedades; quien hace que un ciego se desvíe en el camino; quien pervierte el juicio de un converso, huérfano o viuda; quien se acuesta con la esposa de su padre; quien se acuesta con un animal; quien se acuesta con su hermana; quien se acuesta con su suegra; quien golpea a su prójimo en secreto.
Rav Isasjar Frand plantea una pregunta básica sobre esta lista:
“Déjenme preguntar algo: ¿Acaso estas once cosas son los peores pecados de la Torá? No dice ‘Maldito el que profana el Shabat’. No dice ‘Maldito el que come jametz en Pésaj’. Algunas de las cosas mencionadas no implican la severa pena de karet (exclusión espiritual), ni siquiera la pena menor de latigazos. Si tuviéramos que elegir una lista de ‘los once peores’, quizás incluiríamos algunos de estos, como lo que tiene que ver con idolatría o inmoralidad. Pero la mayoría de estas cosas no parecen ser ‘tan graves’ como para merecer esta maldición única. Entonces, ¿por qué se destacaron justamente estas once cosas?”
Rav Frand cita la respuesta del Darash Mordejai. Él sugiere un denominador común en estos once pecados: todos se cometen a escondidas, permitiendo a la persona actuar hipócritamente. En palabras de Rav Frand: “Una persona puede mostrarse en público como el mayor tzadik (justo), y tras puertas cerradas tratar a sus padres con total falta de respeto. ‘Maldito el que desplaza el lindero de su prójimo’. Una persona puede promocionarse como un hombre de negocios honesto, y sin embargo, en secreto, mover la marca de la frontera unos centímetros, y nadie se dará cuenta”.
Del mismo modo, muchos de los otros pecados aquí mencionados implican acciones que pueden ocultarse bajo una fachada de rectitud. “Maldito el que desvía al ciego en el camino”, según el Rambam, se refiere a dar un mal consejo con intereses personales ocultos. Por ejemplo, si alguien da un consejo de negocios a su amigo, pero en verdad lo que le aconseja es perjudicial. Igualmente, la maldición sobre quien golpea a su prójimo en secreto se entiende como hablar lashón hará a espaldas del otro. Los comentaristas explican que esto es especialmente dañino porque la víctima no tiene cómo defenderse, pues ni siquiera sabe que está siendo atacada.
Además, parece que no se trata sólo del daño causado por la hipocresía, sino del rasgo mismo de carácter, que resulta particularmente repulsivo para los Sabios.
Esta idea es ilustrada en la explicación del Minjat Jinuj sobre la prohibición de Guenevat Daat (literalmente, “robo de la mente”). Esto ocurre cuando una persona hace creer a su prójimo que le hizo un favor, cuando en realidad no lo hizo. Por ejemplo, si alguien da a entender que viajó una gran distancia para asistir a la boda de su amigo, cuando en verdad ya estaba en otra boda justo al lado y le fue fácil pasar un momento.
El Minjat Jinuj explica por qué este tipo de engaño es tan grave: se basa en la idea de que el término Guenevat Daat indica un aspecto de robo. En la ley judía, el robo se define como un acto hecho en secreto, a diferencia de guezelá, que es robar en frente de otras personas. Una cosa es tomar de forma ilegal lo que pertenece a otro, y lo segundo es el hecho de que es un rasgo de carácter despreciable tomar lo de otro a sus espaldas.
Mi maestro, Rav Itzjak Berkovits, Rosh Ieshivá de Aish HaTorá, explica que los Sabios consideran un rasgo extremadamente negativo el hecho de ser hipócrita o tramposo. Es algo que refleja deshonestidad y que se le teme a la gente y no a Dios.
En conclusión, las once maldiciones no representan necesariamente los peores pecados de la Torá, pero todos involucran los rasgos despreciables de la hipocresía y la falsedad, que revelan temor a los hombres y no a Dios. Que todos podamos tener el mérito de evitar estas cualidades dañinas.
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