La mayor amenaza para la supervivencia judía

24/09/2026

7 min de lectura

La mayor amenaza para la supervivencia del pueblo judío no se encuentra en los túneles de Gaza ni en las instalaciones nucleares iraníes. Se encuentra en nuestros propios hogares, sinagogas y comunidades. A lo largo de la historia, este enemigo ha demostrado ser más destructivo que cualquier fuerza externa, y está completamente en nuestras manos derrotarlo.

En la porción de la Torá de esta semana, la última de toda la Torá, encontramos una profunda revelación sobre la relación entre Dios y el pueblo judío: "Entonces Él se convirtió en Rey en Ieshurún (Israel), cuando se reunieron los jefes del pueblo, las tribus de Israel juntas".
(Deuteronomio 33:5). Dios se convierte en Rey sobre Israel precisamente cuando los líderes se reúnen y las tribus permanecen unidas. La enseñanza revolucionaria es que la realeza de Dios depende de la unidad del pueblo judío. El Daat Zekenim, un comentario del siglo XII compuesto por discípulos de Rashi, explica:

"Cuando el pueblo judío está verdaderamente unido y se relaciona entre sí como auténticos hermanos, entonces Dios es verdaderamente Rey sobre ellos. Cuando discuten y se enfrentan entre sí, Dios ya no puede ser reconocido plenamente como su Rey".

Coronar al Rey de reyes

¿Por qué el reinado de Dios depende de nuestra unidad?

El Gaón de Vilna distingue entre dos términos hebreos para el liderazgo: moshel y mélej. Un moshel gobierna mediante la fuerza, imponiendo su voluntad sobre la nación, mientras que un mélej obtiene su autoridad porque el pueblo acepta voluntariamente su reinado. A lo largo de la Torá, Dios deja claro que Él desea ser reconocido como un mélej, no como un moshel: "He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; por tanto, escoge la vida". (Deuteronomio 30:19).(1)

Esta distinción explica por qué la unidad es tan importante. Si solo la mitad del pueblo acepta a Dios como Rey, entonces solo será medio mélej. Más aún, incluso si todos reconocemos a Dios como nuestro Rey, si no nos respetamos mutuamente, Su reinado queda fracturado. ¿Cómo podemos afirmar que servimos al mismo Rey mientras tratamos con desprecio a otros de Sus súbditos?

La autoridad de un verdadero rey nace de la aceptación unificada de su pueblo y de su capacidad para trabajar juntos para cumplir su voluntad. El Midrash ilustra esta idea con una poderosa metáfora: imaginemos dos barcos unidos que sostienen un magnífico palacio. Mientras ambos barcos permanezcan unidos, el palacio se mantiene firme. Pero si se separan, el palacio se derrumba. Así ocurre con el pueblo judío: cuando mantenemos nuestros vínculos de unidad, creamos una base para que la presencia divina habite en nuestro mundo.(2)

Existe además otra dimensión fundamental del reinado divino: cuando nos unimos para coronar a Dios como Rey, activamos Su protección divina. El Rambán explica que cuando Israel acepta plenamente la soberanía divina: "Sus vidas ya no están gobernadas únicamente por la naturaleza... Dios bendecirá su pan y su agua y apartará toda enfermedad de en medio de ellos".(3) Cuando permanecemos unidos bajo la soberanía de Dios, accedemos a una protección que trasciende las leyes normales de la historia y de la política.(4)

Unidos permanecemos; divididos caemos

La unidad y la división han marcado la historia judía de forma sorprendentemente constante.

¿Qué precedió a la entrega de la Torá en el Monte Sinaí? La Torá describe que el pueblo judío "acampó" usando el verbo hebreo en singular ויחן (vaiján) y no en plural ויחנו (vaiajanu). El Talmud(5) explica que esto significa que llegaron al Sinaí para recibir la Torá "como una sola persona con un solo corazón". En este caso, la unidad llevó a la mayor revelación Divina de la historia.(6)

Durante la época del Segundo Templo, aunque el pueblo observaba cuidadosamente la ley de la Torá, las luchas internas condujeron a la catástrofe. El Talmud(7) relata cómo la humillación pública de un judío a manos de otro, sin que los líderes de la generación protestaran, terminó desencadenando el asedio romano y la destrucción del Templo.(8)

En la historia de Purim, Hamán entendió perfectamente este principio. Al convencer al rey Ajashverosh de la vulnerabilidad de los judíos, los describió como "un pueblo disperso y separado entre las naciones". (Ester 3:8). Rav Shlomó Alkabetz explica que "disperso" se refería a su distribución geográfica, pero "separado" describía su desunión interna y su indiferencia mutua. Hamán entendió que un pueblo dividido no podría acceder a la protección divina y por eso planeó su destrucción. La respuesta de la reina Ester fue significativa: ella instruyó a Mordejai: "Ve y reúne a todos los judíos". Mediante el ayuno y el rezo conjunto, Dios restauró Su protección y transformó lo que habría sido la mayor tragedia del pueblo judío en una época de luz y celebración.

Este patrón continuó en décadas recientes. En 1987, Rav Najman Bulman (importante rabino ortodoxo y educador estadounidense), presenció violentos enfrentamientos entre judíos religiosos y seculares en Jerusalem. Él advirtió de manera profética: "Estamos rodeados por decenas de millones de árabes, y sin embargo permanecen tranquilos. Esa paz solo existe gracias a la hermandad entre los judíos. El día en que un judío levante el puño contra otro judío, perderemos toda nuestra protección". Una semana después estalló la Primera Intifada.

Más recientemente, el devastador ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 ocurrió durante un período de intensa división interna en Israel debido a la reforma judicial, un conflicto que llevó al país al borde de una guerra civil. Sin embargo, aquella tragedia provocó un extraordinario resurgimiento de la unidad entre israelíes de distintas posiciones políticas y religiosas. Desde que se recuperó esa solidaridad, Israel ha debilitado sistemáticamente a sus enemigos: eliminando a dirigentes de Hamás y Hezbolá, desmantelando gran parte de la red de aliados de Irán y destruyendo buena parte de la infraestructura militar iraní. Aunque estas guerras costaron vidas israelíes, los logros militares y el nivel de protección de soldados y civiles superaron ampliamente las previsiones de muchos expertos militares.

El patrón es evidente, y el Midrash ilustra este principio con otra metáfora:

"Un hombre tenía un manojo de juncos. Un junco solo podía romperse fácilmente; un manojo entero era imposible de quebrar. Así también sucede con el pueblo judío. Cuando están unidos, ninguna nación puede dañarlos; pero cuando están divididos, pueden ser destruidos uno por uno".(9)

Permanecer unidos hoy

Hoy, cuando el antisemitismo resurge en todoe l mundo, la unidad adquiere una importancia aún mayor. Podemos no estar de acuerdo con todas las decisiones del gobierno de Israel. Podemos discrepar con otros judíos sobre política o práctica religiosa. Incluso puede que sintamos un profundo rechazo hacia algunos miembros de nuestra extensa familia judía. Pero la hermandad fundamental debe prevalecer si esperamos protegernos de las amenazas externas.

Eso implica tomar decisiones concretas: Defender públicamente a otros judíos cuando sean atacados, aunque en privado no coincidamos con ellos. Apoyar a las instituciones judías y al estado de Israel, incluso cuando cuestionemos determinadas políticas. Negarnos a amplificar voces judías que deslegitiman a otros judíos o a Israel. Elegir la solidaridad judía por encima del partidismo político cuando nuestro pueblo enfrenta amenazas existenciales. 

El patrón de la historia es claro: Cuando permanecemos unidos, accedemos a una protección divina que desafía toda probabilidad. Cuando nos dividimos, volvemos a quedar expuestos a las vulnerabilidades naturales de una pequeña nación rodeada de enemigos.

En estos tiempos difíciles, procuremos ser "como una sola persona con un solo corazón". Porque cuando permanecemos unidos como una sola nación, permanecemos junto al propio Rey. Y ninguna fuerza puede atravesar la "Cúpula de Hierro" del Rey de reyes.


    1. Este concepto alcanza su máxima expresión en Rosh Hashaná, cuando colectivamente elegimos realizar el acto espiritual de coronar a Dios como nuestro Rey. El Talmud (Rosh Hashaná 16a) explica que Dios pide: "Reciten ante Mí los Maljuiot (versículos sobre la Realeza), para coronarme como Rey sobre ustedes". Los Sabios estructuraron todo el servicio de plegaria en torno a esta coronación divina, enseñando: "Primero háganlo Rey sobre ustedes, y después suplíquenle misericordia para que sean recordados por Él". (Sifrí Bamidbar 77). En esta segunda cita vemos que la misericordia divina depende, en primer lugar, de que coronemos a Dios como nuestro Rey.
    2. Sifrí 346
    3. Rambán, Comentario sobre Levítico 26:11 Cita completa: "Cuando Israel, en su conjunto, observa perfectamente la Torá, su vida ya no está gobernada por las leyes naturales. Esto se aplica tanto a sus cuerpos como a su tierra; tanto a la nación en su conjunto como a cada individuo. Porque Dios bendecirá su pan y su agua y apartará toda enfermedad de en medio de ellos".
    4. Nuestros Sabios enseñan que incluso la recitación diaria del Shemá (aceptando el reinado de Dios cada mañana y cada noche, Mishná Berajot 2:5) proporciona esta protección. El Talmud (Sotá 42a) afirma: "El Santo, bendito sea, dijo al pueblo judío: Aunque no hayan cumplido ninguna otra mitzvá aparte de recitar el Shemá por la mañana y por la noche, no serán entregados en manos de sus enemigos".
    5. Shabat 88ª
    6. En la parashá Nóaj vemos que Hashem responde de dos maneras muy diferentes al pecado de la humanidad. En la generación anterior al Diluvio, Hashem destruyó el mundo por sus pecados. En cambio, a la generación que construyó la Torre de Babel simplemente la dispersó. ¿Por qué esta diferencia? Rashi (Génesis 11:9) explica: ¿Cuál de los dos pecados fue mayor: el de la generación del Diluvio o el de la generación de la Dispersión? Los primeros no levantaron sus manos contra Dios; los segundos sí intentaron hacer guerra contra Él. (A primera vista, el pecado de la generación de la Dispersión parece más grave). Sin embargo, los primeros (la generación del Diluvio) fueron destruidos por completo, mientras que los segundos no desaparecieron del mundo. ¿Por qué? Porque la generación del Diluvio estaba llena de violencia y robo, y existían disputas entre ellos; por eso fueron destruidos. En cambio, la generación de la Torre vivía con amor y amistad, como está escrito: “Eran un solo pueblo y hablaban una sola lengua”. De aquí aprendes cuán detesta Dios la discordia y cuán grande es la paz. Rebi añadió: Grande es la paz. Incluso si Israel incurriera en idolatría, mientras exista paz entre ellos, el Omnipresente dice: “(Es como si) No tengo poder sobre ellos, porque viven en paz”, como está escrito: “Efraim está unido a los ídolos; déjalo” (Oseas 4:17). Pero cuando surge la división entre ellos, ¿qué dice la Escritura? “Su corazón se ha dividido; ahora serán castigados” (Oseas 10:2). De aquí aprendemos que la paz es inmensamente valiosa y que la discordia es aborrecida. (Bereshit Rabá 38:6).
    7. Guitín 55b
    8. En el Talmud (Guitín 55b–56a) encontramos la historia de Kamtza y Bar Kamtza, un relato que ilustra las devastadoras consecuencias del odio gratuito (sinat jinam) entre los judíos. Un hombre rico de Jerusalem preparó un gran banquete y ordenó a su sirviente invitar a su amigo Kamtza. Sin embargo, el sirviente se equivocó e invitó a Bar Kamtza, enemigo del anfitrión. Al ver a Bar Kamtza en la fiesta, el anfitrión le exigió que se marchara. Profundamente avergonzado, Bar Kamtza ofreció pagar el costo de su comida y, posteriormente, incluso el de todo el banquete con tal de no ser expulsado públicamente. A pesar de sus súplicas, el anfitrión se negó y lo echó delante de todos los invitados, entre los que había destacados rabinos que permanecieron en silencio. Sintiéndose profundamente humillado, Bar Kamtza decidió vengarse. Informó a las autoridades romanas que el pueblo judío estaba planeando una rebelión contra Roma, lo que finalmente desencadenó el asedio romano y la destrucción de Jerusalem. Este episodio pone de manifiesto cómo la discordia interna y el odio infundado pueden conducir a consecuencias catastróficas. 
    9. Vaikrá Rabá 26:2
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