La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre
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En la Polonia de antes de la guerra, todos los estudiantes de la Ieshivá de Mir sabían que su venerado maestro, Rav Ierujam Levovits, se encerraba en su oficina durante una hora cada semana. Con el tiempo, los alumnos comenzaron a sentir mucha curiosidad: ¿qué práctica sagrada lo llevaba a aislarse?
Algunos estudiantes ingeniosos encontraron la manera de mirar por el ojo de la cerradura. La siguiente vez que Rav Ierujam entró en su oficina, se reunieron alrededor y espiaron. Lo que vieron los dejó atónitos: ¡su rabino estaba actuando! Mientras lo observaban fascinados, uno de los estudiantes más perceptivos exclamó: “¡Está representando la porción semanal de la Torá!”
¿Por qué un gran rabino, que había estudiado la Torá cientos de veces, necesitaba actuar la porción semanal? La respuesta revela una verdad profunda: la Torá no es simplemente un ejercicio intelectual. La Torá debe sentirse, interiorizarse y vivirse. Así como no podemos comprender el amor solo leyendo sobre él, tampoco podemos captar la profundidad de nuestra relación con Dios únicamente a través del estudio.
Este entendimiento me impulsa a volver a contar la historia del Éxodo de una manera que te lleve a los momentos íntimos entre Dios y Su pueblo: sus primeros pasos uno hacia el otro, su apasionada conexión en el Sinaí, su dolorosa separación y su alegre reencuentro.
Que a través de estas palabras, la historia de amor de nuestros antepasados con Dios se convierta también en la nuestra.
Tras esta introducción, ¡comencemos!
El metal golpea la piedra. Cuerpos destrozados emiten gemidos de dolor y agotamiento. Los látigos crujen. Los judíos están esclavizados. Después de la muerte de Iosef, el rápido crecimiento de la población judía provoca en Egipto miedo, prejuicio y persecución. Un nuevo faraón asciende al poder y convenientemente olvida el papel crucial que Iosef tuvo al salvar a Egipto de la hambruna. El faraón incita a su pueblo a aplastar (literal y figuradamente) a la nación judía. Los obliga a construir ciudades sobre arenas movedizas mientras los somete al trabajo más brutal y humillante imaginable.
Pero la esclavitud no es suficiente. El faraón decreta infanticidio: intenta eliminar al futuro redentor de Israel, que sus hechiceros profetizan que surgirá de la próxima generación de niños judíos. Con apenas tres meses de vida, Moshé es colocado por sus padres en una canasta de juncos y dejado a la deriva en el río Nilo, acompañado solo por sus plegarias. Pero ocurre un milagro: la hija del faraón rescata a Moshé y contrata a su propia madre para que lo amamante. En el palacio del faraón, ella cría al mismo niño que su padre había intentado destruir.
Los lujos del palacio no ciegan al joven Moshé ante el sufrimiento de su pueblo. Más allá de los muros del palacio ve su miseria y tormento. Cuando un capataz egipcio intenta golpear a un hebreo, Moshé interviene y mata al egipcio. Pero su resistencia es prematura. Su propio pueblo lo delata ante las autoridades egipcias y se ve obligado a huir a Midián, donde forma una familia y se convierte en pastor.
En Midián, la compasión inquebrantable de Moshé por los débiles y oprimidos le gana la confianza de Dios. Dios se le aparece en una zarza ardiente milagrosa y le encarga liberar a Su pueblo. En su humildad, Moshé rechaza la propuesta una y otra vez, pero sin éxito. Finalmente, rendido ante su misión, regresa a Egipto por mandato de Dios. Con su hermano Aharón a su lado, entran directamente al palacio del faraón y declaran: “¡Deja ir a mi pueblo!”
El faraón responde con su crueldad característica. En lugar de ceder, intensifica la esclavitud, obligando a los judíos a reunir su propia paja y seguir cumpliendo cuotas imposibles de ladrillos. Los padres que no logran cumplirlas enfrentan el peor de los horrores: sus bebés son sellados vivos dentro de los muros. Durante seis meses, los gritos del pueblo judío atraviesan los cielos bajo esta crueldad insoportable. Moshé suplica a Dios por ellos, y la respuesta de Dios sella el destino de Egipto.
Diez plagas golpean a Egipto con una fuerza devastadora, y cada una destruye otro nivel de la sociedad egipcia y de su dominio sobre los judíos. Toda su provisión de agua se convierte en sangre durante una semana. Ranas y cocodrilos invaden cada rincón del país. El polvo de la tierra se transforma en piojos feroces e insoportables. Luego siguen bestias salvajes, pestilencia y llagas. Sin embargo, cada plaga no afecta al pueblo judío. El control de la esclavitud comienza a resquebrajarse.
En la séptima plaga, Dios envía granizo acompañado de fuego para destruir los edificios y las cosechas de Egipto. Los egipcios suplican al faraón que deje ir a los judíos, pero él se niega a escuchar. Endurece su corazón, dando a Dios vía libre para destruir lo que queda del poder egipcio. Llegan las langostas, luego la oscuridad, y finalmente la décima plaga: la muerte de los primogénitos egipcios. Mientras los judíos celebran el primer Pésaj en sus hogares, Dios pasa por Egipto, saltando las puertas de los judíos marcadas con sangre, mientras golpea a los primogénitos egipcios. Con este golpe final, la voluntad de hierro del faraón se derrumba junto con su reino, y finalmente deja libres a los judíos. La nación sale apresuradamente con gran riqueza, con sus matzot horneándose sobre sus espaldas.
Pero pocos días después del Éxodo, el faraón vuelve a endurecer su corazón. Moviliza sus carros de guerra para perseguir a sus antiguos esclavos. Los alcanza junto al Mar de los Juncos, con solo una columna de fuego manteniendo a su ejército a distancia. Los judíos claman a Dios aterrorizados. Dios ordena a Moshé que levante su bastón sobre el mar. Los vientos soplan con fuerza durante toda la noche.
Al amanecer, Najshón, príncipe de la tribu de Iehudá, entra en las aguas amenazantes. Cuando el agua llega hasta su nariz, el mar se abre milagrosamente. La nación camina maravillada por tierra seca a través del océano, con enormes murallas de agua a ambos lados. Cuando el pueblo avanza profundamente dentro del mar, Dios retira la columna de fuego, permitiendo que los egipcios los persigan con audacia. Pero cuando el último judío llega a la otra orilla, Dios hace que las aguas se desplomen sobre el ejército egipcio, agitándose y destruyéndolo por completo. En ese momento estalla una alegría pura. La nación irrumpe en canto y Miriam la profetisa guía a las mujeres en danza y celebración.
A pesar de haber presenciado estas intervenciones milagrosas, la gratitud de los israelitas resulta ser pasajera. La duda y el descontento se apoderan de ellos cuando temen por agua, comida y refugio. Sin embargo, Dios responde a sus clamores con sustento divino: un pozo que los acompaña con agua que brota de una roca, maná que cae del cielo y nubes divinas que los protegen de todo daño.
Con ayuda celestial, la nación finalmente llega a su destino: el Monte Sinaí. Durante tres días se purifican, preparando cuerpo y alma para recibir la Torá. En una revelación sin precedentes (nunca antes ni después en la historia) Dios manifiesta Su presencia ante toda la nación, cerca de tres millones de personas. Desde el siervo más humilde hasta el líder más grande, todo el pueblo experimenta profecía al más alto nivel. Dios entrega los Diez Mandamientos, una guía moral eterna para la humanidad. Luego, Moshé asciende al Monte Sinaí durante cuarenta días y cuarenta noches para recibir la Torá completa y traer las dos tablas de piedra inscritas por el dedo de Dios.
La tragedia llega cuando el pueblo calcula mal el momento en que Moshé debe regresar. Temiendo que haya muerto en la cima de la montaña, obligan a Aharón a fabricar un becerro de oro que sirva como intermediario entre ellos y Dios en ausencia de Moshé. A pesar de los intentos de Aharón por retrasarlos, el becerro fundido emerge del fuego, y el pueblo se inclina ante él y danza con alegría.
En la cima de la montaña, Dios ordena a Moshé que descienda. Al llegar al campamento, encuentra a su pueblo celebrando ante el ídolo. Entonces Moshé rompe las tablas sagradas, pulveriza el becerro hasta convertirlo en polvo y hace justicia contra quienes lideraron aquel terrible pecado. Sin embargo, cuando Dios amenaza con destruir a la nación y comenzar de nuevo a través de Moshé, él ofrece su propia vida para defender a su pueblo. Dios acepta su súplica, pero declara que deberá retirar Su Presencia Divina de en medio de ellos.
Impulsada por un remordimiento sincero y un deseo inquebrantable de renovar su conexión con Dios, la nación se sumerge en cuarenta días de intensa teshuvá (arrepentimiento). Al final de esos cuarenta días, Dios acepta su teshuvá y ordena a Moshé que talle dos nuevas tablas de piedra y ascienda nuevamente a la montaña. Después de otros cuarenta días y noches, en Iom Kipur, Moshé desciende llevando el segundo conjunto de tablas, listo para enseñar la Torá a la nación renovada.
Con la relación Divina restaurada, Dios ordena al pueblo construirle un hogar sagrado en la tierra: el Mishkán (Tabernáculo). Unidos en amor y devoción, el pueblo se reúne y ofrece en abundancia los mejores materiales para su construcción. Moshé registra meticulosamente cada contribución, desde piedras preciosas hasta telas exquisitas, asegurándose de que cada elemento ocupe su lugar designado. Cuando la obra se completa, la Presencia de Dios desciende sobre el Mishkán, señalando la completa reunificación del pueblo judío con su Dios.
Así termina el Libro del Éxodo.
El estudio de la Torá trasciende la simple investigación intelectual. Nos invita a involucrar nuestra mente, nuestro corazón y nuestro espíritu en el proceso de comprensión. Nuestro objetivo es interiorizar las enseñanzas de la Torá y darles relevancia y significado personal.
Al despedirnos del libro de Éxodo y comenzar juntos la exploración de Levítico, Números y Deuteronomio, mantengamos presente este enfoque transformador del estudio. Que logremos profundizar nuestra relación eterna con Dios dando vida a Sus enseñanzas en nuestros propios corazones.
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