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La mortalidad y el significado

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Jukat (Números 19:1-22:1 )

por Rav Jonathan Sacks

Jukat trata sobre la mortalidad. En ella leemos sobre la muerte de dos de los tres grandes líderes de Israel en el desierto, Miriam y Aharón, y de la sentencia de muerte decretada contra el mayor de los tres, Moshé. Estas fueron pérdidas devastadoras.

Para contrarrestar esta sensación de pérdida y duelo, la Torá emplea uno de los grandes principios del judaísmo: El Santo, Bendito Sea, creó el remedio antes que la enfermedad.1 Antes de que se mencione ninguna de las muertes, leemos sobre el extraño ritual de la vaca bermeja, que purifica a las personas que estuvieron en contacto con un muerto, la fuente arquetípica de impureza. Ese ritual, a menudo considerado incomprensible, de hecho es profundamente simbólico.

El ritual implica tomar el mayor emblema de vida, una vaca de color rojo puro, el color de la sangre que es la fuente de la vida, y que nunca tuvo que soportar la carga de un yugo, y reducirla a cenizas. Eso es la mortalidad, el destino de todo lo que tiene vida. Abraham dijo que somos "sólo polvo y cenizas" (Génesis 18:27). Dios le dijo a Adam: "Polvo eres y al polvo volverás" (Génesis 3:19). Pero el polvo se disuelve en "agua de vida" y del agua surge nueva vida.

El agua cambia constantemente. Nunca entramos dos veces al mismo río, dijo Heráclito. Sin embargo, el río mantiene su curso entre las orillas. El agua cambia pero el río permanece. Así también nuestro ser físico un día se reducirá a polvo. Pero hay dos consuelos.

El primero es que no somos sólo seres físicos. Dios creó al primer ser humano "del polvo de la tierra",2 pero le insufló aliento de vida. Podemos ser mortales, pero hay dentro nuestro algo que es inmortal. "El polvo retorna a la tierra, pero el espíritu retorna a Dios que lo dio" (Eclesiastés 12:7).

El segundo es que incluso aquí abajo, en esta tierra, hay algo nuestro que sigue vivo, tal como ocurrió para Aharón en la forma de sus hijos, quienes siguen llevando el nombre del sacerdocio hasta el día de hoy; y Moshé en sus discípulos que estudian y viven por sus palabras hasta la actualidad; y Miriam, en la vida de todas esas mujeres que a través de su coraje les enseñaron a los hombres el verdadero significado de la fe.3 Para bien o para mal, nuestras vidas tienen impacto en otras vidas, y las ondas de nuestros actos se expanden incluso a lo largo del tiempo y del espacio. Somos parte del río eterno de la vida.

Por lo tanto, podemos ser mortales, pero eso no reduce nuestra vida a la insignificancia, tal como pensaba Tolstoy,4 porque somos parte de algo más grande que nosotros mismos, personajes en una historia que comenzó a comienzos de la historia de la civilización y que durará mientras exista la humanidad.

En este contexto debemos entender uno de los episodios más extraños de la Torá: el estallido de ira de Moshé cuando el pueblo pidió agua, por lo que él y Aharón fueron condenados a morir en el desierto sin poder entrar a la Tierra Prometida.5 Ya escribí muchas veces sobre este episodio, y aquí no quiero centrarme en los detalles. Sólo quiero señalar por qué aparece aquí la historia de Moshé golpeando la roca, precisamente en la parashat Jukat, cuyo tema general es nuestra existencia como seres físicos en un mundo físico, con sus dos consecuencias potencialmente trágicas.

En primer lugar, somos una mezcla inestable de razón y pasión, reflexión y emoción, por lo que a veces el duelo y el agotamiento pueden llevarnos a cometer los peores errores, tal como ocurrió en el caso de Moshé y Aharón tras la muerte de su hermana. En segundo lugar, somos físicos y por lo tanto, mortales. En consecuencia, para todos hay ríos que no cruzaremos, tierras prometidas a las que no entraremos, futuros que ayudamos a dar forma pero que no llegaremos a ver.

La Torá esboza los contornos de una idea realmente destacada. A pesar de estas dos facetas de nuestra humanidad, que cometemos errores y que morimos, la existencia humana no es trágica. Moshé y Aharón cometieron errores, pero eso no impidió que estuvieran entre los más grandes líderes que han existido, cuyo impacto se sigue sintiendo hasta la actualidad en la dimensión profética y sacerdotal de la vida judía. El hecho de que Moshé no viviera para ver a su pueblo cruzar el Iardén, no disminuye su legado eterno como el hombre que convirtió a una nación de esclavos en un pueblo libre, llevándolos al umbral de la Tierra Prometida.

Me pregunto si alguna otra cultura, credo o civilización ha brindado más justicia a la condición humana que el judaísmo, con su insistencia en que somos humanos, no dioses, y que de todos modos, somos los socios de Dios en la obra de la Creación y el cumplimiento del pacto.

Casi todas las otras culturas han desdibujado la línea entre Dios y los seres humanos. En el mundo antiguo, generalmente pensaban que los gobernantes eran dioses, semidioses, o intermediarios con los dioses. El cristianismo y el islam tienen seres humanos infalibles, el hijo de Dios o el profeta de Dios. Los ateos modernos, por el contrario, tendieron a hacer eco a la pregunta de Nietzche respecto a si para justificar nuestro destronamiento de Dios "no debemos convertirnos nosotros mismos en dioses, simplemente para parecer dignos de ello".6

En 1967, cuando estaba comenzando mis estudios universitarios, escuché las Conferencias Reith de la BBC, ese año dictadas por Edmond Leach, profesor de antropología de Cambridge. Lo primero que dijo fue: "Los hombres se volvieron como dioses, ¿Acaso no llegó la hora de entender nuestra divinidad?".7 Recuerdo que al oír esas palabras sentí que había algo que estaba muy mal en la civilización occidental. No somos dioses, y cuando la gente piensa que lo somos, pasan cosas malas.

Mientras tanto, paradójicamente, mientras mayor era nuestro poder, menos estimábamos a la persona humana. En su novela Zadig, Voltaire describió a los humanos como "insectos que se devoran los unos a los otros en un pequeño átomo de barro". Stephen Hawking declaró que "la raza humana es sólo una escoria química en un planeta de tamaño moderado, que orbita alrededor de una estrella promedio en el suburbio exterior de una entre mil millones de galaxias". El filósofo John Gray declaró que "la vida humana no tiene más significado que el del moho".8 En su "Homo Deus", Yuval Harari llegó a la conclusión de que "Mirando hacia atrás, la humanidad resultará ser sólo una onda dentro del flujo de datos cósmicos".9

Estas son las dos opciones que rechaza la Torá: demasiada o demasiada poca estima de la humanidad. Por un lado, ninguna persona es dios. Nadie es infalible. No hay ninguna vida sin error y defecto, Por eso es tan importante prestar atención en la parashá que habla de la mortalidad al pecado de Moshé. Asimismo, era importante decir al comienzo de su misión que no contaba con dotes carismáticas especiales. No era un orador natural que pudiera influir sobre las multitudes (Éxodo 4:10). Igualmente, la Torá enfatiza al final de su vida que "nadie conoce el lugar de su sepultura" (Deuteronomio 34:6) para que no se convirtiera en un lugar de peregrinación. Moshé era humano, demasiado humano. Sin embargo, fue el mayor profeta que ha existido. (Deuteronomio 34:10).

Por otro lado, la idea de que somos nada más que un poco de polvo (escoria química, insectos, moho, una onda dentro del flujo de datos cósmicos), debe estar entre las declaraciones más tontas que fueron formuladas por mentes inteligentes. Ningún insecto se convirtió en un Voltaire. Ninguna escoria química se convirtió en un químico. Ningún flujo de datos escribió grandes libros. Ambos errores, pensar que somos dioses o que somos insectos, son peligrosos. Tomados con seriedad pueden llevar a justificar casi cualquier crimen en contra de la humanidad. Sin un delicado equilibrio entre la eternidad Divina y la mortalidad humana, el perdón Divino y el error humano, podemos provocar mucha destrucción, y nuestro poder para hacerlo crece año a año.

Esa es la idea transformadora de Jukat: somos polvo de la tierra, pero tenemos dentro el aliento de Dios. Fallamos, pero de todos modos podemos alcanzar la grandeza. Morimos, pero la mejor parte de nuestro ser sigue viva.

El maestro jasídico Rabí Simja Bunim de Peshischka dijo que debemos tener dos bolsillos, En uno tenemos que tener una nota que diga "Sólo soy polvo y cenizas".10 En el otro tenemos que tener una nota que diga: "El mundo fue creado para mí".11 La vida está en la tensión entre nuestra pequeñez física y nuestra grandeza espiritual, la brevedad de la vida y la eternidad de la fe por la cual vivimos. La derrota, la desesperación y la sensación de tragedia son siempre prematuras. La vida es corta, pero cuando levantamos los ojos al cielo, caminamos erguidos.


NOTAS:

  1. Meguilá 13b; Midrash Sejel Tov, Shemot 3:1.
    2. O como diríamos hoy: de la misma fuente de vida, escrito en el mismo código genético, como todo lo demás que vive.
    3. Ver el ensayo "Women and the Exodus", en la Hagadá de Rav Sacks, 117-121.
    4. Ver la parábola de Tolstoy sobre el viajero que se esconde en un pozo de agua, en sus "Confesiones", y su historia breve "La muerte de Ivan Ilyich". Ver también Ernest Becker, The Denial of Death, Free Press, 1973.
    5. Números 20:1-13.
    6. Nietzsche, The Gay Science, sección 125.
    7. Edmund Leach, A Runaway World?, Oxford University Press, 1968.
    8. Le debo estas citas a Raymond Tallis, "You chemical scum, you", en sus Reflections of a Metaphysical Flaneur, Acumen, 2013.
    9. Yuval Harari,Homo Deus, Harvill Secker, 2016, 395.
    10. Génesis 18:27.
    11. Mishná Sanedrín 4:5.



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