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La muerte de Moshé, la vida de Moshé

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Vezot Habrajá (Deuteronomio 33-34 )

por Rav Jonathan Sacks

Moshé murió en la montaña, solo con Dios, tal como había estado muchos años antes, cuando era un pastor en Midián, vio una zarza ardiente y escuchó el llamado que cambió su vida y los horizontes morales del mundo.

Es una escena estremecedora por su simpleza. No hay multitudes. No hay llanto. La sensación de cercanía y a la vez la distancia es abrumadora. Él ve la Tierra Prometida desde lo lejos, pero ya hacía un tiempo que sabía que nunca podría entrar a ella. Ni su esposa ni sus hijos están allí para despedirse. Ellos desaparecieron de la narrativa mucho antes. Su hermana Miriam y su hermano Aharón, con quienes compartió la carga del liderazgo durante tanto tiempo, ya fallecieron. Su discípulo Iehoshúa se transformó en su sucesor. Moshé se convirtió en el solitario hombre de fe, salvo que con Dios ningún hombre ni ninguna mujer están solos, a pesar de encontrarse solos.

Es un momento profundamente triste, sin embargo el obituario que la Torá presenta, ya sea que lo haya escrito Iehoshúa o que lo escribiera Moshé mismo bajo la dirección de Dios y con los ojos llenos de lágrimas,(1) es insuperable:

Y no se levantó nunca más un profeta en Israel como Moshé, a quien Hashem conoció cara a cara, en todas las señales y los portentos que Hashem le había enviado para realizar en la tierra de Egipto, al faraón y a toda su tierra, y en toda la mano poderosa y en todo ese gran pavor que Moshé realizó ante los ojos de todo Israel (Deuteronomio 34:10-12).

 Por lo general, Moshé no aparece en las listas de las personas más influyentes de la historia. Es más difícil identificarse con él que con la devoción de Abraham, el carisma de David o las sinfonías de esperanza de Isaías. El contraste entre la muerte de Moshé y la de Abraham no podría haber sido más agudo. Sobre Abraham, la Torá nos dice: "Abraham expiró y murió en buena vejez, anciano y satisfecho, y fue reunido con su pueblo" (Génesis 25:8). La muerte de Abraham fue serena. Aunque pasó muchas pruebas, él vivió para ver comenzar a cumplirse las promesas que Dios le había hecho. Tuvo un hijo y había adquirido por lo menos el primer terreno en la Tierra de Israel. Él dio el primer paso del largo camino de sus descendientes. Aquí hay una sensación de cierre.

En contraste, la ancianidad de Moshé está lejos de ser serena. En su último mes de vida, Moshé desafió al pueblo con un vigor inquebrantable y un candor sin adornos. En el mismo momento en que se preparaban para cruzar el Jordán y entrar a la Tierra, Moshé les advirtió respecto a los desafíos que les esperaban. Él les dijo que la mayor prueba no sería la pobreza sino la riqueza; no la esclavitud sino la libertad; no la falta de vivienda en el desierto sino la comodidad del hogar. Al leer estas palabras, no podemos dejar de recordar el poema de Dylan Thomas: "No entres dócilmente en esa buena noche". Hay tanta pasión en sus palabras a los ciento veinte años como en cualquier etapa previa de su vida. Este no es un hombre que está listo para jubilarse. Hasta el final, Moshé continuó desafiando tanto al pueblo como a Dios.

¿Qué es lo que aprendemos de la muerte de Moshé?

  1. Para cada persona, incluso para los más grandes, hay un Jordán que no podremos cruzar, una tierra prometida a la que no entraremos, un destino al cual no llegaremos. A eso se refirió Rabí Tarfón al decir: "No debes completar la tarea, pero tampoco eres libre para desistir de ella.(2) Lo que nosotros comenzamos, otros lo continuarán. Lo que importa es que comencemos el camino, que no permanezcamos estáticos.
  2. "Ninguna persona sabe dónde será enterrada" (Deuteronomio 34:6). Qué gran contraste entre Moshé y los héroes de otras civilizaciones, cuyas tumbas se convirtieron en monumentos, santuarios, lugares de peregrinación. Precisamente para evitar eso, la Torá insiste explícitamente en que nadie sabe dónde fue enterrado Moshé. Creemos que el mayor error es adorar a los seres humanos como si fueran dioses. Admiramos a los seres humanos, pero no los adoramos. Esta pequeña diferencia es cualquier cosa menos pequeña.
  3. Sólo Dios es perfecto. Eso fue lo que Moshé quería que el pueblo no olvidara nunca. Incluso los más grandes seres humanos no son perfectos. Moshé pecó. Todavía no sabemos exactamente cuál fue su pecado, hay muchas opiniones al respecto. Pero esa fue la razón por la que Dios le dijo que no podría entrar a la Tierra Prometida. Ningún ser humano es infalible. La perfección pertenece sólo a Dios. Sólo cuando honramos esta diferencia esencial entre el cielo y la tierra, Dios puede ser Dios y los humanos podemos ser humanos.

La Torá tampoco oculta el pecado de Moshé. "Porque no me santificaste…" (Números 20:12). La Torá no oculta el pecado de nadie. Es valientemente honesta sobre el más grande de los grandes. Cuando tratamos de ocultar los pecados de las personas, suceden cosas malas. Por eso hubo tantos escándalos en el mundo de los judíos religiosos, algunos sexuales, otros financieros, y otros de otras clases. Cuando las personas religiosas ocultan la verdad, lo hacen por los motivos más elevados: tratan de evitar un jilul Hashem. Pero, inevitablemente, el resultado es un jilul Hashem todavía más grande. La mojigatería de negar los defectos de las personas más grandes, conduce a consecuencias muy feas que alejan a las personas decentes de la religión. La Torá no oculta los pecados de las personas. Nosotros tampoco debemos hacerlo.

  1. Hay más de una forma de vivir una buena vida. Incluso Moshé, el más grande de los hombres, no pudo guiar solo al pueblo. Él necesitaba las habilidades pacificadoras de Aharón, el coraje de Miriam y el apoyo de los setenta ancianos. Nunca debemos preguntar: "¿Por qué no soy tan bueno como X?". Cada uno tiene algo, una habilidad, una pasión, una sensibilidad que nos hace, o podría hacernos, llegar a la grandeza. El mayor error es tratar de ser otra persona en vez de ser nosotros mismos. Haz aquello en lo que te destacas, luego rodéate de personas que sean fuertes en tus aspectos más débiles.
  2. Nunca pierdas tu idealismo de la juventud. La Torá nos dice respecto a Moshé a los 120 años: "su ojo no se había opacado ni se le había ido su lozanía" (Deuteronomio 34:7). Yo pensaba que estas eran dos frases complementarias hasta que comprendí que la primera es la explicación de la segunda. Que el "ojo" de Moshé "no se había opacado" implica que él nunca perdió la pasión por la justicia que tenía cuando era joven. Seguía allí, tan vigorosa en Deuteronomio como lo era en Éxodo. Somos tan jóvenes como nuestros ideales. Si le das lugar al cinismo, envejeces rápidamente.
  3. En la zarza ardiente, Moshé le dijo a Dios: "No soy un hombre de palabras. Soy pesado de lengua". Cuando llegamos a Devarim, el libro llamado "Palabras", Moshé se ha convertido en el más elocuente de los profetas. Algunos se sorprenden por esto. Pero no debería ser así. Dios eligió a alguien que no era un hombre de palabars, para que cuando hablara el pueblo entendiera que no era él quien hablaba sino que Dios hablaba a través de él. Cuando él hablaba, no eran sus palabras sino las palabras de Dios. Por eso Dios escogió una pareja que no podía tener hijos (Abraham y Sará) para que se convirtieran en los padres del primer niño judío. Por eso eligió a un pueblo que no se destacaba por su piedad para convertirse en testigos de Dios ante el mundo. La forma más elevada de grandeza es abrirnos ante Dios de forma tal que Sus bendiciones fluyan a través de nosotros hacia el mundo. Así es como bendecían al pueblo los sacerdotes. No era su bendición, ellos eran el canal para la bendición de Dios. El mayor logro al que podemos aspirar es abrirnos con amor a los demás y a Dios para que a través nuestro pueda fluir algo más grande que nosotros mismos.
  4. Moshé defendió al pueblo. ¿Acaso le agradaba el pueblo? ¿Lo admiraba? ¿Lo querían a él? La Torá no nos deja ninguna duda respecto a las respuestas a estas preguntas. Sin embargo, Moshé defendió al pueblo con toda su fuerza y toda su pasión. A pesar de que habían pecado. A pesar de que eran desagradecidos con Dios. A pesar de que hicieron un becerro de oro. Moshé arriesgó su vida para defenderlos. Él le dijo a Dios: "Ahora perdónalos, y si no, bórrame del Libro que has escrito" (Éxodo 32:32). De acuerdo con el Talmud, Dios le enseñó a Moshé esta lección al comienzo de su carrera. Cuando Moshé dijo que el pueblo no le creería, Dios le respondió: "Son creyentes hijos de creyentes, y finalmente tú serás quien no crea".(3) Los líderes dignos de admiración son aquellos que defienden al pueblo: incluso a los que no son ortodoxos, incluso a los laicos, incluso a aquellos cuya ortodoxia es un tono diferente de la propia. El pueblo digno de respeto es aquél que respeta. Quienes odian serán odiados, los que menosprecian serán menospreciados. Y los que condenan serán condenados. Este es un principio básico del judaísmo: midá kenegued midá. Las personas grandiosas son aquellas que ayudan a otros a ser grandes. Moshé le enseñó al pueblo judío cómo llegar a la grandeza.

El mayor tributo que la Torá hace a Moshé es llamarlo eved Hashem, el siervo de Dios. Por eso el Rambam escribió que todos podemos llegar a ser tan grandes como Moshé.(4) Porque todos podemos servir a Dios. Somos tan grandiosos como las causas a quienes servimos, y cuando las servimos con verdadera humildad, fluye a través nuestro una Fuerza más grande que nosotros que trae al mundo la Presencia Divina.

NOTAS

  1. Baba Batra 15a
  2.  Avot 2:16
  3. Shabat 97a
  4. Hiljot Teshuvá 5:2



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