La visión del judaísmo sobre la Cábala


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Los rituales del duelo judío me enseñaron una manera de recorrer este territorio desconocido.
La pérdida repentina y trágica de mi querida amiga fue una experiencia indescriptible. Su muerte fue prematura, inesperada y conmocionante, añadiendo una capa más a una situación ya inimaginable. Mi amiga estuvo enferma durante un tiempo, pero lo mantuvo en secreto, sin querer cargar a nadie con ello. Dejó atrás un hijo, un esposo, una familia, amigos y estudiantes que la amaban y admiraban. El impacto no me golpeó de una vez, especialmente porque no era algo que estuviera en mi radar de eventos que pudieran ocurrir. Mi cuerpo sintió la profunda pérdida antes de que mi mente pudiera comprender la realidad de lo sucedido. La energía se filtraba de mí a través de grietas invisibles, dejando mis músculos doloridos y mi cuerpo sacudido por temblores incontrolables.
El dolor me transportó a un universo paralelo, uno que reflejaba el mundo que conocía, pero que estaba extrañamente alterado por el vacío donde solía estar mi ser querido. El dolor es peculiar en su flujo y reflujo; llega en olas implacables, liberándote del insoportable peso de sentir todo de una vez.
Perder a alguien cercano arranca cualquier ilusión de control que creías tener. No hay acción ni palabras que puedan salvar la brecha de su ausencia. Ellos se han ido, y con ellos, una parte de tu mundo, dejando un dolor que parece insuperable, un vacío que nunca se podrá llenar.
Perder a alguien cercano arranca cualquier ilusión de control que creías tener.
Al prepararme para su funeral y la shivá, me dispuse a enfrentar esta nueva realidad. Adopté una postura de observación, lista para enfrentar cualquier emoción que surgiera sin juicio. ¿Qué podía decirles a sus padres, a su esposo y a su familia? Claro, había perdido a una amiga de más de 20 años, pero ellos habían perdido a un pariente irremplazable. ¿Podría soportar el peso de mi dolor mientras les ofrecía refugio para el suyo?
Al adentrarme en este territorio desconocido me sentía perdida, pero tenía que encontrar una forma de atravesarlo. Esto era más que un viaje de pérdida; era un testamento de amor, memoria y los lazos inquebrantables que me unían a alguien que había perdido.
Técnicamente, como amiga, no se espera que me siente en shivá. Sólo se espera que lo hagan los familiares cercanos. Pero como para mí ella era más como una hermana, pasé la mayoría de las noches en la casa donde hacían la shivá. No me parecía natural seguir con mi vida de la forma habitual. Quería estar con otras personas que también la amaban, personas que entenderían el dolor que estaba sintiendo. Además, quería ser un rostro familiar de tiempos más felices para su familia, haciéndoles saber que mi amor por ella siempre se extendería hacia ellos.
La shivá ofreció una forma única de consuelo en medio del dolor. Creo que obtuve más de ella que las personas a las que intentaba apoyar. Me ayudó a estar con su familia, que son todas piezas de mi amiga. Llegaron personas, algunas conocidas y otras extrañas, cada una con sus propias experiencias de pérdida, pero unidas en su comprensión de la profundidad y complejidad del dolor. Compartir historias de mi amada amiga, en medio de plegarias y recuerdos, iluminó el impacto de su vida y el vacío que dejó su partida. Este apoyo comunitario, impregnado de tradición y empatía, subrayó un mensaje poderoso: aunque el dolor de la pérdida es personal, la sanación es un esfuerzo colectivo.
En los valles sombreados de la pérdida, donde la luz de la presencia de un ser querido ya no llega, el corazón busca consuelo en los rituales que nos conectan con las generaciones pasadas. Vi cómo el acto de sentarse en shivá ofrecía un gran consuelo, guiando a los deudos hacia un sentido de comunidad y continuidad. Esta práctica sagrada, observada durante siete días después del entierro, no trata sólo sobre el luto sino sobre recordar, sanar y encontrar consuelo en el corazón colectivo de la familia y amigos.
La shivá es un momento en el que las personas se sienten profundamente conectadas a través de la tragedia. En el silencio que habla más que las palabras, hay una comprensión compartida de que nadie debe caminar el camino del dolor solo. La presencia de otros en la casa del deudo es un recordatorio tangible de la red de apoyo que los rodea, ofreciendo fuerza cuando la suya podría flaquear.
Entre las muchas tradiciones judías asociadas con la muerte y el duelo, tal vez ninguna sea tan conmovedora como el acto de quedarse con el cuerpo del difunto hasta el entierro. Esta tradición, conocida como shemirá, refleja un profundo respeto por el alma del fallecido, señalando que nunca se queda solo, ni siquiera en la muerte. Es un último acto de compañía que susurra sobre un vínculo irrompible que trasciende el reino físico.
En estos momentos de reflexión, despojados de vanidad y preocupación por uno mismo, se te anima a reflexionar sobre la esencia del alma que has perdido, a recordarla por cómo vivió y amó.
Igualmente significativo es el acto de cubrir los espejos en la casa de luto. Este acto desvía tu atención de ti mismo hacia la memoria del fallecido. En estos momentos de reflexión, despojados de vanidad y preocupación por uno mismo, se te anima a reflexionar sobre la esencia del alma que has perdido, a recordarla por cómo vivió y amó.
A medida que pasaban los días de shivá, cada momento de historias compartidas, cada lágrima que caía y las palabras reconfortantes pronunciadas por nuestro Rabino ayudaban con la sanación y la conexión. La creencia de que mi amiga, aunque ausente de este reino mortal, no se había perdido para siempre, se convirtió en una esperanza en la abrumadora oscuridad del dolor. La idea de que ahora está en la presencia de un Dios amoroso ofreció un consuelo que fue tanto profundo como trascendental, recordándome que los lazos de amor y amistad son eternos, trascendiendo los confines de esta existencia terrenal.
En este espacio sagrado de duelo, apoyada por el calor de la comunidad y fortalecida por una fe inquebrantable en un poder superior, encontré consuelo y una sensación inquebrantable de pertenencia y propósito. Esta realización de que hay un reino donde tus seres queridos te esperan, lleno de paz y liberado de sufrimiento, me trajo un consuelo indescriptible.
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