La visión del judaísmo sobre la Cábala


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Descubre cómo la Rabanit Henny Machlis, una madre de 14 hijos que recibió a miles de personas en su casa, dominó la disciplina espiritual de la felicidad.
El día en que fueron liberados los rehenes fue el más feliz en la memoria reciente de Israel. Dos años de angustia y tensión dieron paso a la euforia, las sonrisas, las risas y los bailes en las calles. Judíos de todo el mundo se alegraron y celebraron. La alegría llovió sobre nuestro paisaje reseco y marchito.
Yo también estaba feliz. Como millones de judíos, durante dos años recé por los rehenes uno por uno, recité salmos, lloré y esperé su liberación. El domingo por la noche, revisé las noticias toda la noche, y cuando por la mañana leí que el primer grupo de siete rehenes había sido entregado a Tzáhal y que “todos están de pie”, derramé lágrimas de alegría. Rebosaba de felicidad.
Pero entonces sucedió. Camino a la farmacia para comprar un remedio, me di cuenta de que no tenía mi tarjeta magnética del seguro médico. No podía comprar el medicamento que necesitaba. Me sentí molesta y mi felicidad se evaporó en un instante.
¿Qué pasó? ¿Por qué la felicidad es tan difícil de conservar?
Por supuesto, me recordé a mí misma que ese contratiempo era insignificante comparado con el acontecimiento trascendental de la liberación de los rehenes. Pero me tomó un par de minutos de gimnasia mental soltar mi disgusto y recuperar la alegría que había desaparecido de mi corazón.
La Rabanit Henny Machlis, cuyo décimo iortzait (aniversario de fallecimiento) es esta semana, obtuvo la medalla de oro de la felicidad. Una mujer que nació en Brooklyn y se convirtió en una leyenda de Jerusalem por recibir a cientos de desconocidos en su hogar cada Shabat. Henny daba clases de Torá, aconsejaba incluso a las personas más abatidas, ayudaba a concertar matrimonios y dedicaba largas horas a la plegaria. Alguien que vivió con la familia Machlis durante dos años testificó: “Nunca vi a Henny desanimada. Ni siquiera a las cinco de la mañana, después de estar despierta toda la noche. Tal vez estaba cansada, pero si había algo que hacer, lo hacía con alegría. La felicidad era lo suyo. Siempre decía: ‘Todo está genial, maravilloso’”.

¿Acaso en su vida todo marchaba realmente genial y maravilloso? No desde el punto de vista de un biógrafo. Henny y su esposo, Rav Mordejai Machlis, se mudaron de Nueva York a Israel poco después de casarse en 1979. Henny dio a luz a 14 hijos, nueve de ellos por cesárea, y la menor nació con síndrome de Down y autismo. En su modesto departamento en Jerusalem, recibían a más de cien invitados en comidas suntuosas de Shabat, tanto en la cena como en el almuerzo, 51 semanas al año. Henny, con ayuda de sus hijos, cocinaba todo. Con la casa Machlis abierta 24/7 a cualquiera que necesitara un sofá (o un colchón en el suelo) para dormir, no era de extrañar que todas las joyas de Henny estuvieran “prestadas”, término que ella usaba porque nunca acusaría a nadie de robar. El dinero siempre escaseaba. La privacidad era nula.
Henny consideraba la felicidad como un ejercicio espiritual que uno debe trabajar.
Dadas las circunstancias desafiantes de su vida, ¿cuál era el secreto de su inquebrantable felicidad?
Ella trabajaba en ser feliz. La mayoría de las personas sufrimos la ilusión de que la felicidad es el resultado de circunstancias favorables. Cuando obtenemos lo que queremos, somos felices. Henny, en cambio, veía la felicidad como un ejercicio espiritual. Como relató su esposo: “Henny se esforzaba mucho por estar besimjá [feliz]”.
Henny entendía que nuestros pensamientos crean nuestros sentimientos. Ella solía decir a la gente: “Cambia el canal. Estás pensando en este estrés y aquel estrés; cambia el canal. El canal 2 es triste. Probemos el canal 4”. Uno de sus lemas era: “Fortaleces lo que mencionas”. En lugar de hablar de problemas y dificultades, alentaba a la gente a hablar de lo que estaba bien en sus vidas.
Como toda virtuosa, Henny practicaba ejercicios específicos para perfeccionar la habilidad de ser feliz. Aquí algunos de ellos:
Henny enseñaba que cuando uno está abrumado por la tristeza, puede simplemente elegir declarar: “Soy feliz ahora”. Ella aconsejaba: “No te preocupes por ser feliz para siempre. Solo toma este momento que Dios te da y di: ‘Soy feliz ahora’. Y por ese segundo, puedes ser feliz”.

Esa felicidad no resuelve tus problemas con un jefe gruñón, una factura pendiente o una tubería con fugas. Pero el simple hecho de saber que puedes ELEGIR ser feliz al declararlo, le quita el control de tu ánimo a ese jefe, factura o tubería. Puedes elegir ser feliz, aunque sea momentáneamente, diciendo: “Soy feliz ahora”. Si lo dices con frecuencia, te convertirás en el amo de tu estado de ánimo.
Otra herramienta que Henny usaba era contar chistes. Ella le pedía a las personas que le contaran chistes y con gusto los compartía con otros. En un taller de terapia de risa al que asistió, aprendió que reírse cura muchas clases de enfermedades. Ella creía en la risa.
Henny recomendaba que la gente debe hacer lo que la hace feliz: escuchar música, bailar, practicar un pasatiempo (ella misma empezó a pintar a los 50 años) o consentirse a uno mismo con un gusto.
Su hija Tamar testificó: “Mi madre nos enseñó a no decir ‘Estoy sufriendo’, porque fortaleces lo que mencionas. En cambio, ella preguntaba: ‘¿Qué podemos hacer para que estés feliz? ¿Ir al Kotel? ¿Darte un gusto con un café helado? ¿Ponemos música y bailamos?… Dependía de cada hijo. Lo que hiciera feliz a ese hijo era lo que ella les decía que hicieran’”.
Solo sonríe. Sin importar cómo te sientas, sonríe. En lugar de ver la sonrisa como resultado de la felicidad, Henny creía que el acto de sonreír en sí mismo genera felicidad. Ella decía: “Cuando sonríes, incrementas las endorfinas y la serotonina en la sangre, que son hormonas que te hacen sentir feliz”. Además, sonreír a otra persona la alegra. “Cuando le sonríes a alguien le haces saber: ‘Estás bien en mi libro’”.

Henny practicaba la gratitud hacia Dios por cada cosa pequeña en su vida. No veía su vaso medio lleno, sino rebosante. Ella enseñaba: “Si siempre buscas motivos para estar agradecido, siempre estarás besimjá”.
Henny usaba estas herramientas para trabajar su felicidad, día a día y hora a hora. Se tomaba muy en serio practicar la felicidad.
Hace diez años esta semana, Henny falleció de cáncer a los 57 años. Unas semanas antes de morir, le dijo a su hija Yojeved que para ser feliz una persona siempre debe reflexionar sobre alguien que tiene menos que uno. Henny le contó:
“Estaba tratando de pensar quién querría estar en mi posición, tan enferma de cáncer y sin poder encontrar una cura todavía. Y recordé que escuché sobre un hombre, padre de diez hijos, que murió de cáncer. Comprendí que él habría amado estar en mi posición: aún viva, capaz de rezar y de probar distintos tratamientos experimentales. Soy muy afortunada”.
La felicidad es un ejercicio espiritual. Henny trabajó en ello hasta el final.
Epílogo:
La familia Machlis continúa recibiendo a unas 100 personas cada noche de Shabat y aproximadamente a otras 70 para el almuerzo. Las inspiradoras (a veces transformadoras) comidas son dirigidas por Rav Machlis. Los hijos de los Machlis, ya adultos y casados, se turnan para cocinar, servir y limpiar. Entre los invitados hay soldados solitarios recién llegados de Gaza, y cada comida comienza con plegarias por los rehenes, los heridos y las familias en duelo.
Quienes se sientan inspirados por Henny Machlis, por favor enciendan una vela de iortzait por Henna Rasha bat Yitta Ratza este viernes (24 de octubre) antes de la puesta del sol.
Quienes deseen donar para las comidas de Shabat de la familia Machlis pueden hacerlo en: www.machlis.org.
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