La niña que se negó a morir

07/05/2026

9 min de lectura

Judith Kallman cayó en la oscuridad, en el escondite, en el horror, en el silencio, pero cada vez encontraba el camino de regreso a la vida. Esta es su historia de supervivencia y fortaleza.

Judith Kallman nació en Piešťany, Checoslovaquia, en una infancia perfecta. Su hogar estaba lleno de los aromas irresistibles de la cocina de su madre; y ella y sus hermanos siempre vestían ropa elegante hecha a medida. Cada viernes por la noche, su padre los bendecía con calidez y amor genuino.

“Como era la menor de seis hijos, mi padre me colocaba en su regazo para bendecirme. Yo observaba a mi madre cubrirse los ojos mientras recitaba la bendición sobre las velas. Después, nos abrazaba y yo miraba sus ojos llenos de amor. Décadas después, todavía puedo revivir esa mirada, y me pregunto cómo pudo escondernos su miedo”, recuerda Judith.

Pero todo cambió de la noche a la mañana.

Con mamá yendo a pasear

Un viernes a la noche, durante una tranquila comida de Shabat, lanzaron una piedra por su ventana, quebrando su tranquilidad. Ese fue el comienzo del fin.

Para el verano de 1940, el gobierno había anunciado que todos los judíos debían ser expulsados de las estructuras económicas del país.

“La seguridad del mundo se reducía día a día… con cada restricción establecida, las preocupaciones de mis padres crecían y sus opciones se disminuían”.

Casi se ahoga

Al principio, su padre usó sus conexiones para conseguir un lugar de escondite para la familia durante el invierno de 1941 en una granja de campesinos.

Un día, cuando los soldados inspeccionaban la propiedad en busca de judíos, Judith y su familia corrieron a su escondite. Judith, de apenas cuatro años, necesitaba ir al baño. Su madre se negó rotundamente, temiendo que los soldados la vieran.

Finalmente, permitió que Judith usara un retrete exterior destinado a los trabajadores. Era un simple cobertizo de madera con un agujero en el piso sobre un arroyo. Una tabla de madera estaba clavada sobre el agujero para formar el “asiento”.

“No pensé que iba a sobrevivir. Estaba tratando de agarrarme a cualquier cosa para salir de las aguas residuales”.

Al subir al asiento, Judith perdió el equilibrio y cayó en el agujero. Su pequeño cuerpo quedó atrapado en el flujo de aguas residuales. Casi ahogándose, gritó, pero nadie pudo oírla. La corriente la arrastraba y sabía que no podría aguantar mucho más.

“No pensé que iba a sobrevivir, pero tenía la voluntad de vivir. Estaba tratando de agarrarme a cualquier cosa para salir de las aguas residuales”.

Judith con su nieta

De repente, Judith vio luz filtrándose por las tablas y divisó un clavo que sobresalía. Logró agarrarlo y luego otro. Clavo a clavo, lentamente se levantó de la suciedad. Corrió de regreso a su familia escondida y tuvo que permanecer cubierta de aguas sucias durante horas hasta que los soldados se marcharon.

Unos meses después, la familia fue obligada a abandonar la granja. Corrieron de un lugar a otro, escondiéndose donde podían. Finalmente, llegaron a Zilina, donde vivieron con documentos falsos como no judíos, intentando hacerse invisibles.

“Mamá nos enseñó a encender velas en nuestro corazón. Disfrazamos quiénes éramos, pero nunca negamos nuestra fe,” explicó Judith.

Perseguidos por los nazis

Mientras Judith y su familia se escondían como gentiles, los nazis pagaban a los habitantes locales para que denunciaran a los judíos ocultos para arrestarlos y deportarlos a Auschwitz.

Los vecinos sospechaban que la familia de Judith era judía y los denunciaron. La SS llegó a revisar sus documentos. Mientras los niños estaban en la escuela, la SS arrestó a sus padres por portar papeles falsos.

Los vecinos sospechaban que la familia de Judith era judía y los denunciaron.

Tres de los hermanos de Judith estaban en la escuela cuando la SS golpeó la puerta de sus padres para revisar los documentos. Judith y dos de sus hermanos observaron cómo los soldados tomaban los documentos y los examinaban. “¡Volveremos!” gritaron.

Mientras la SS se marchaba, los padres de Judith rápidamente la llevaron a su escuela y regresaron a casa. Cuando la SS volvió, arrestaron a sus padres y a los dos hermanos restantes por portar documentos falsos. La SS sabía que cuatro niños estaban ausentes. Judith y sus hermanos ahora eran fugitivos perseguidos por la SS.

Tras unas semanas, se corrió la voz de que los padres de Judith serían deportados el 20 de octubre de 1942. “El evento se publicitaba como un ‘picnic’ para atraer a espectadores”.

Judith y su hermano fueron a la estación de tren para intentar encontrar a sus padres. Sin saber que el tren se dirigía a un campo de exterminio, los niños decidieron que intentarían unirse a ellos. Judith vio a sus padres siendo empujados hacia los vagones de ganado y comenzó a gritar.

Su padre levantó la vista, vio a sus hijos y gritó: “¡Váyanse!”

Judith luego supo que a su padre se le ofreció una exención para bajarse del tren. Pero él se negó a dejar a su esposa y a sus dos hijos, y los cuatro fueron asesinados en Auschwitz.

“Mi vida se detuvo cuando el tren se llevó a mis padres. Ese día mi infancia terminó abruptamente. Durante un tiempo creí que mis padres volverían por mí, incluso después de saber a dónde habían ido. Esa era mi fantasía, que mantuve hasta mi adolescencia, porque simplemente no podía captar el concepto de no volver a verlos”.

Escape a Hungría

Su tía paterna organizó que Judith y sus tres hermanos restantes encontraran un lugar seguro.

Mantenerlos juntos hacía todo más peligroso, así que ella y su hermano se separaron de los otros dos hermanos y viajaron con un guía campesino a pie hasta la casa de la hermana de su madre en Hungría. Fue un viaje largo y arduo.

Finalmente llegaron, temblando y exhaustos, a la puerta de la casa en Budapest. Su tía respondió al golpe y se sorprendió al ver a los niños frente a ella.

Debido a un edicto que prohibía acoger fugitivos, su tía les negó la entrada. “Ella lloró al despedirnos”.

Debido a un edicto que prohibía acoger fugitivos, su tía les negó la entrada. “Ella lloró al despedirnos”. Judith no guarda rencor hacia su tía y la ha perdonado por completo.

“Ella sobrevivió la guerra junto a sus hijos. No tengo idea de qué habría hecho yo en tales circunstancias, así que no puedo juzgarla. Éramos una amenaza real para la supervivencia de mis familiares”.

La campesina que los llevó hasta allí no tenía intención de cuidar a los dos niños. “Nos dejó en un parque en Budapest y se fue. No era su culpa que su entrega especial fuera rechazada. Hizo lo que pensó que era correcto”.

Los hermanos se acurrucaron juntos en el banco del parque, sin saber qué hacer. Eventualmente, un policía se acercó y habló con ellos. Al escucharlos responder en checo, los llevó a la prisión de la calle Conti. Los niños fueron usados como entretenimiento para los demás reclusos, abusados y torturados, sin poder defenderse. Judith describió la cárcel como una “bendición disfrazada de infierno.”

Cada día se fundía con el siguiente y se preguntaban cómo sobrevivirían. “Lo que más recordaba era el olor horrible. Era una mezcla de olores corruptos, enfermedades, suciedad, sudor, alimañas, excremento y muerte. Los olores nos llenaban de terror. Igual de aterrador era cómo la gente me agarraba cuando nos llevaban al patio cada día para tomar aire y hacer algo de ejercicio”.

Judith era una niña hermosa, con cabello rubio y grandes ojos verdes. “Estaba acostumbrada a ser objeto de atracción para los adultos, pero no del tipo de atracción amenazante, pervertida y lasciva dirigida hacia mí en aquel repugnante infierno… Los hombres que más me asustaban eran los que ya no parecían humanos”.

Entre la comunidad judía se corrió la voz de que unos niños huérfanos habían sido encarcelados. Milagrosamente, los niños fueron rescatados con la ayuda de los líderes comunitarios. Fueron adoptados por Maurice e Ilonka Stern, una pareja judía adinerada, sin hijos, dueña de un famoso restaurante kosher en Budapest.

La vida se volvió segura nuevamente para Judith y su hermano. Los Stern los amaban como si fueran sus propios hijos.

Poco después, Hungría fue invadida por los nazis y los judíos fueron nuevamente deportados a Auschwitz.

Pero esta existencia soñada fue breve. Poco después, Hungría fue invadida por los nazis y los judíos fueron nuevamente deportados a Auschwitz.

Judith tenía sólo siete años cuando tuvo que esconderse nuevamente con su nueva familia, esta vez en una fábrica de vidrio, bajo la protección de la Cruz Roja Suiza. En un momento fueron descubiertos y obligados a alinearse en la calle. Los soldados empezaron a dispararles uno por uno. Judith sostenía con ansiedad la mano de su padre adoptivo.

“No tengas miedo,” le dijo con voz temblorosa. Pero Judith tenía un plan. Pensó: cuando llegue mi turno, fingiré que estoy muerta y me acostaré en el suelo.

Momentos antes de que le apuntaran, apareció de la nada un vehículo de la Cruz Roja, su ocupante ondeó documentos oficiales y les gritó a los soldados que dejaran de disparar.

Así, la vida de Judith se salvó nuevamente.

Liberación

En mayo de 1945, Budapest fue liberada de los alemanes. Poco después de la guerra, la señora Stern enfermó y falleció. Su esposo se volvió a casar con una mujer que no quería hijos. “Ella enviaba señales claras de que yo no era bienvenida y el matrimonio lo subrayó”.

Judith fue enviada a un orfanato judío en Checoslovaquia dirigido por la familia Vogel. Los Vogel eran amables y generosos, pero hospedar huérfanos suponía un esfuerzo financiero. Cuando unas monjas ofrecieron que los niños asistieran gratis a su escuela católica, ellos aprovecharon la oportunidad.

A cambio de la educación gratuita, los estudiantes judíos debían asistir a misa católica. Judith se encontraba persignándose en nombre de la Santísima Trinidad.

En 1947, llegó a esa escuela católica Rav Dr. Salomón Schonfeld. Él había recibido información sobre Judith y le informó que ella se uniría a su último kindertransport hacia Inglaterra.

Rav Schonfeld rescató a cientos de niños escondidos en instituciones cristianas. Él visitaba monasterios que ocultaban niños judíos. Las monjas afirmaban que no quedaban niños judíos. El rabino las agradecía y comenzaba a irse, pero al pasar junto a las camas recitaba en voz alta: “Shemá Israel…” Muchos niños escuchaban su voz y se unían a la oración recordada de su infancia. Así descubrió y rescató a esos niños judíos.

Israel, matrimonio y Estados Unidos

Tras varios años viviendo en Inglaterra, Judith descubrió que sus hermanos vivían en Israel y quiso reunirse con ellos.

Se mudó a un pueblo infantil llamado Kfar Batia, dirigido por Amit. Era una de las pocas estudiantes de habla inglesa y su tarea era guiar a donantes y dignatarios, como Eleanor Roosevelt.

Judith fue transferida a una escuela vocacional en Tel Aviv y continuó su educación, pero seguía colaborando con Amit. Un día, un joven filántropo llamado Howard Alter llegó de visita y Judith debía guiarlo. Él se enamoró de inmediato, pero los sentimientos no eran mutuos. Howard no se rindió.

De regreso a su hogar, Howard se detuvo en París y envió a Judith unas gafas de sol de diseñador y una hermosa carta. Escribió que conocerla fue lo mejor que le había pasado y esperaba mantener correspondencia con ella.

Con el tiempo, surgieron sentimientos entre ambos. Eventualmente se casaron en Israel y Howard llevó a Judith a Estados Unidos. La vida en Estados Unidos era diferente, pero maravillosa para Judith.

Howard y Judith el día de su boda

Howard y Judith tuvieron tres hijos, pero poco después del bar mitzvá de su hijo mayor, Howard falleció de cáncer de piel. Judith tenía sólo 36 años.

Eventualmente, Judith se casó con Irwin Kallman, un hombre maravilloso que ya tenía dos hijos.

Durante las últimas décadas, Judith tuvo el honor de conocer a toda clase de dignatarios y políticos, como el presidente Clinton, Golda Meir, el presidente Herzog, entre otros. Nunca habría imaginado que Dios la sacaría de experiencias tan infernales y la llevaría a alturas de lujo y reconocimiento.

Judith e Irwin Kallman

“Cuando estaba en prisión, no podía ver más allá del momento, pero de adolescente comencé a soñar que mi vida sería mejor. Buscaba la felicidad y decidí hacer todo lo posible para alcanzarla”.

También Irwin ha fallecido. “Me siento muy bendecida de haber tenido dos hombres que me amaron de verdad con todo su corazón”.

Resiliencia y fe

Tras tantas dificultades y pérdidas, Judith describe sus herramientas para la resiliencia. “Siempre debes tener fe, creas o no en Dios. Debes superar todo. Debes pensar en el mañana. Hoy puede estar nublado, pero mañana las nubes desaparecerán y el sol brillará. Siempre sentí que, pasara lo que pasara, Dios estaba conmigo. Él me iba a salvar. Siempre miré hacia adelante y no me enfoqué en lo negativo de la vida”.

Aunque Judith tiene una fe enorme, también carga con un trauma duradero. Cada vez que un policía la detiene, revive el miedo.

A pesar de haber sufrido tantas pérdidas en su vida, Judith aún tiene el valor de amar a otros y es querida por sus muchos hijos y nietos. “El dolor puede superarse con amor… Fui de país en país, de orfanato en orfanato. Necesitaba amor. Me faltaba. Entendí que incluso si no tuve la seguridad que necesité de niña, al menos sobreviví y podía brindarla a los que amo. Eso también es un regalo. Eso también es una victoria”.

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