La visión del judaísmo sobre la Cábala


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La ONU, así como los imperios ebrios de su propia grandiosidad, han sucumbido a sus propias contradicciones inherentes.
Las Naciones Unidas, que celebraron recientemente el 80 aniversario de su fundación, están dando muestras de su idealismo juvenil. Su moderno sistema internacional basado en normas ha probado ser lastimosamente inadecuado para tratar el antiguo conflicto entre Irán e Israel. Cuando el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, afirmó que “Israel debe desaparecer”, citando al fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, lo decía con una seriedad mortal. Cuando el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, prometió repetidamente «Nunca más» diciendo «que Israel debe garantizar que no se permita a Irán fabricar armas nucleares», hizo un juramento casi bíblico.
Un año y ocho meses después de que los aliados de Irán iniciaran una guerra contra el Estado judío —Hamás con su masacre de 1200 civiles y la toma de rehenes, Hezbolá con su incesante lanzamiento de cohetes que vació pueblos enteros en el norte de Israel, y los hutíes con sus ataques contra buques y ciudades —Israel finalmente respondió contra la fuente: la infraestructura nuclear y balística de Irán. Rápidamente se produjo la habitual protesta por las supuestas violaciones por parte de Israel del derecho internacional.
France 24 citó preocupaciones sobre un patrón de violencia «preventiva» que erosiona el derecho internacional y da paso a una «ley de la selva». The Guardian se preguntó si estamos asistiendo a la muerte del derecho internacional, señalando irónicamente: «O bien es una señal de que algo va muy mal en el sistema internacional, o bien es una señal de que funciona como debería, que un Estado como Corea del Norte se haya tomado la molestia de acusar a Israel de cometer un «crimen imperdonable contra la humanidad». El Espectador, diario colombiano, acusó a Israel de violar «múltiples leyes internacionales» y condenó la «ineficacia total de las organizaciones multilaterales» destinadas a prevenir tales ataques.
Notablemente, los expertos de la ONU declararon que los ataques constituían una violación flagrante del derecho internacional, calificándolos de violación del artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe «el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier estado, incluso bajo el pretexto de la legítima defensa preventiva».
Irán e Israel son dos naciones antiguas con pasados fracturados y a menudo entrelazados que están enfrentándose en el siglo XXI. Mucho antes del surgimiento de los imperios europeos que colonizaron el mundo y del nacimiento de los Estados Unidos —las potencias que crearon las Naciones Unidas —ambos pueblos formaban parte de las culturas fundacionales que sentaron las bases para lo que estaba por venir.
El filósofo alemán Hegel consideraba al Imperio persa como el primer estado moderno y multinacional, capaz de unificar a pueblos vastos y diversos, al tiempo que les permitía conservar sus leyes, costumbres e identidades locales. Incluso lo denominó «el comienzo de la historia mundial». La influencia de Persia en la civilización occidental es más profunda de lo que comúnmente se reconoce: muchas costumbres de las cortes reales europeas tuvieron su origen allí y llegaron a Europa a través de Grecia. Los persas fueron pioneros en el riego, la astronomía y la química, y más tarde fundaron el primer hospital universitario del mundo.
El debilitamiento del último gran imperio persa en el siglo VII abrió el camino a la conquista islámica y, siglos más tarde, al ascenso del chiismo imamí radical, base ideológica de la actual República Islámica. Un iraní contemporáneo puede considerarse heredero de un antiguo imperio, seguidor del islam mesiánico o ciudadano de una república moderna, identidades que a menudo chocan.
Las escrituras judías, unas de las más influyentes en la historia de la humanidad, comienzan con la creación y continúan hasta el exilio en Persia, tras la conquista babilónica de Jerusalén. Cuando el rey Ciro permitió a los judíos regresar a Israel y reconstruir su templo, un vínculo de respeto comenzó a formarse entre los dos pueblos. El libro de Ester relata cómo Hamán, un consejero no persa del rey Asuero (Jerjes I), rompió temporalmente ese vínculo. Si Hegel veía al Imperio persa como el amanecer de la modernidad, Hamán fue el primer antisemita moderno —un precursor de Adolf Hitler— que persuadió al monarca para que ordenara la aniquilación de los judíos, un decreto emitido en nombre del rey:
Hay un pueblo disperso y esparcido entre los pueblos de todo su reino. Sus leyes difieren de las de todos los demás pueblos, y no guardan las leyes del rey; por lo tanto, no es conveniente que el rey los tolere.
El edicto fijaba una fecha concreta para la aniquilación de los judíos. Esto constituiría claramente una intención genocida según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio de 1948, que define el delito como «la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso». El decreto era inequívoco: «Se enviaron cartas... a todas las provincias del rey para destruir, matar y aniquilar a todos los judíos —jóvenes y ancianos, niños pequeños y mujeres— en un solo día... y saquear sus posesiones».
Los judíos se salvan cuando Hamán cae del poder. Sobreviven y prosperan en el Imperio persa, con la judía Ester como reina, mientras que algunos regresan a Jerusalén para reconstruir el Templo.
La salvación del genocidio en Persia es conmemorada hoy en día por los judíos de todo el mundo durante la fiesta de Purim. Unos 2400 años después, un tercio del pueblo judío pereció en el Holocausto nazi. Cuando Netanyahu juró «nunca más», hay que entenderlo en el contexto de estos dos acontecimientos y del largo exilio y las persecuciones que hubo entre ellos.
Tras la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, la recién establecida Organización de las Naciones Unidas autorizó la creación del Estado de Israel y consolidó el orden internacional basado en normas. Al igual que Irán, el Israel moderno se enfrenta a una cultura política fracturada, pero por razones muy diferentes. La identidad de Irán se vio fragmentada por la conquista y la imposición de una fe; la de Israel, por la reunión de exiliados, judíos de todos los rincones del mundo, cada uno con experiencias, idiomas y visiones distintos. Sin embargo, a diferencia de Irán— su adversario mucho más grande tanto en población como en territorio— los israelíes son capaces de alcanzar la unidad y compartir un objetivo común, especialmente en tiempos de crisis, como ha demostrado la última guerra.
Durante casi mil años, los judíos que permanecieron bajo sucesivas dinastías iraníes disfrutaron de largos períodos de estabilidad y autonomía, a pesar de las dificultades ocasionales, en comparación con la mayoría de las demás diásporas judías. En total, incluida la pequeña comunidad actual, los judíos han vivido en la región durante más de 2500 años en relativa armonía con sus vecinos iraníes —incluso después de la creación de Israel — hasta la Revolución Islámica de 1979.
Cerca de 850 años después de la conquista árabe, Irán vivió otra transformación religiosa forzada, cuando gobernantes turcos impusieron violentamente el chiismo imamí a una población mayoritariamente suní. Hoy en día, el chiismo representa alrededor del 10 % de la población musulmana mundial, de la cual la gran mayoría es imamí. Se trata de una versión más mesiánica del islam, centrada en la creencia de que el Mahdi, el duodécimo imán oculto, regresará al final de los tiempos. Durante siglos, los chiítas siguieron siendo una minoría subyugada en el mundo musulmán, tanto por su número como porque su teología enfatizaba en esperar en silencio la reaparición del Mahdi.
Esto cambió con la Revolución Islámica de 1979, cuando el ayatolá Jomeiní argumentó que el regreso del Mahdi requería la acción humana, y no la paciencia pasiva. El nuevo régimen comenzó a sentar las bases para su reaparición. Dentro de esta visión apocalíptica, la destrucción de Israel pasó a ser fundamental. El obstáculo más importante «para la aparición del Mahdi», declaró un alto funcionario de inteligencia iraní en 2015, «es la existencia del régimen usurpador de Israel».
El fanatismo del régimen iraní quedó patente en su voluntad de enfrentarse al mundo entero —desafiando a Estados Unidos como el «Gran Satán», tomando rehenes norteamericanos, bombardeando objetivos occidentales y oponiéndose tanto al occidente capitalista como al bloque soviético. El ayatolá Jomeiní trató de convertir siglos de aislamiento chiíta en un movimiento revolucionario panislámico que desafiara a los regímenes regionales y al statu quo del mundo musulmán de mayoría suní. «Debemos esforzarnos por exportar nuestra Revolución a todo el mundo», declaró el líder supremo en las celebraciones del año nuevo iraní en 1980.
La Carta de las Naciones Unidas pide «tolerancia» y paz entre «buenos vecinos». Sin embargo, desde que el fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, exhortó a «levantarnos todos para destruir Israel», los líderes iraníes han seguido pidiendo la aniquilación de Israel, mientras niegan la historia judía en la región, sin recibir más que una palmada en la muñeca por parte de las autoridades de la organización. En 2012, el entonces presidente Mahmud Ahmadineyad, antes de subir al podio para pronunciar su último discurso antisemita oficial, exageró la historia de su país en Oriente Medio y negó por completo la de Israel: «Irán lleva existiendo desde hace siete o diez mil años. Ellos (los israelíes) llevan ocupando esos territorios desde hace sesenta o setenta años. No tienen raíces históricas allí».
Un portavoz del entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, dijo que estaba «consternado» y recordó a Irán que «de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas, todos los miembros deben abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier estado».
En la actualidad, Irán aplasta la disidencia interna mientras financia redes terroristas dirigidas contra comunidades judías e intereses israelíes en todo el mundo. Gastó miles de millones en armar a las milicias chiíes para formar un muro de terror alrededor de Israel, llevando sistemáticamente a la bancarrota a su propio pueblo.
Desde los atentados de la década de 1990 contra la embajada israelí y el centro comunitario judío en Argentina hasta las actuales operaciones de vigilancia y planes terroristas contra instituciones judías en todo el mundo, el alcance de Irán se extiende mucho más allá de Oriente Próximo.
Los misiles balísticos Iranies, capaces de transportar cabezas nucleares, llevan escrito en hebreo «Israel debe ser aniquilado». En el reciente conflicto, alcanzaron un importante hospital y uno de los institutos de investigación más importantes del mundo, borrando años de inestimable investigación sobre el cáncer. Mientras el democrático Israel construye su futuro contribuyendo a la humanidad, el régimen clerical de Irán ofrece un futuro sombrío y represivo a sus propios jóvenes.
La Carta de la ONU fue una respuesta a dos devastadoras guerras mundiales instigadas en gran medida por las potencias occidentales. Redactada por políticos y no por juristas en múltiples idiomas que invitan a un sinfín de interpretaciones, la Carta reflejaba más el trauma idealista de la posguerra que la sabiduría atemporal necesaria para resolver las disputas entre civilizaciones. Eleanor Roosevelt, que continuó la labor fundacional de su difunto marido en las Naciones Unidas, captó este optimismo imperante cuando escribió: «Una vez que se empieza una guerra no queda más remedio que combatirla hasta el final; así que el esfuerzo por la paz debe hacerse mientras las naciones están en paz».
A medida que se aceleraba la descolonización a mediados del siglo XX, el número de miembros se amplió para incluir a países recién independizados cuyas fronteras a menudo habían sido trazadas arbitrariamente por las potencias occidentales, lo que contribuyó a debilitar la cohesión interna. En busca de identidad nacional y ayuda económica, muchos se inclinaron hacia los bloques soviético o árabe, ambos promotores de agendas antioccidentales y antiisraelíes.
El documento fundacional también está desactualizado. El artículo 2(4) se interpreta en términos generales como una prohibición total del uso de la fuerza, mientras que la frase «en caso de ataque armado» del artículo 51 exige, que la violencia ya esté en curso. Es evidente que la Carta nunca se diseñó para abordar las realidades de la guerra moderna —terrorismo no estatal, tácticas asimétricas y guerras por proxy—como lo demuestra la estrategia de cerco de Irán contra Israel.
A pesar de las amenazas documentadas de Irán y su guerra proxy, el European Journal of International Law publicó un artículo en el que concluye que el ataque «preventivo» de Israel contra las instalaciones nucleares y de misiles balísticos de su adversario no cumple con los requisitos de la Carta de las Naciones Unidas para la legítima defensa. Afirma que hay «pocas pruebas» de que Irán se haya comprometido a utilizar un arma nuclear contra Israel, desestimando incluso las amenazas genocidas como insuficientes para demostrar la intención de aquellos «que realmente toman las decisiones relevantes.» Sin embargo, muchos de los que profieren tales amenazas—como Jamenei — son los responsables de la toma de decisiones. Aun así, el artículo concluye que la «agresión» de Israel viola el artículo 2(4) y, por lo tanto, es ilegal.
Cuando Israel se vio obligado a construir una barrera de seguridad para impedir que los terroristas suicidas entraran en sus ciudades, el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU fue más allá de la Carta, invocando la Convención de Ginebra y el derecho internacional humanitario para dictaminar, en efecto, que los derechos de los palestinos a la libre circulación eran más importantes que los israelíes inocentes que volaban por los aires en autobuses y restaurantes.
Ya se trate del "muro de fuego" de Irán, que permite la agresión indirecta manteniendo una negación plausible, o del muro defensivo de Israel contra el terrorismo, Israel se enfrenta sistemáticamente a una pared de antisemitismo en las Naciones Unidas. Eso, al parecer, también es civilizacional —desde Hamán hasta el ayatolá Jamenei—que como muchos, no duda en apelar a el derecho internacional cuando conviene a su causa. Tras el asesinato por Israel del líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, en septiembre de 2024, el líder supremo invocó «las leyes de defensa islámicas y las leyes internacionales» para justificar un bombardeo masivo en represalia contra Israel. En ese mismo sermón admitió la estrategia de sustitutos de Irán al declarar que el ataque de Hamás del 7 de octubre era «una decisión completamente correcta», agregando que «cualquier daño a Israel servirá a la humanidad».
El régimen del ayatolá ofrece a sus ciudadanos solo una sombría porción de la rica historia de Irán: una existencia cotidiana marcada por la represión, las libertades limitadas, la incertidumbre económica y una visión apocalíptica del futuro que promueve el terrorismo global y la destrucción de Israel—un país miembro de la ONU con el que comparte una historia antigua. Han robado el futuro a la población joven de Irán al invertir las riquezas del país en la búsqueda de una bomba atómica.
Irónicamente, el país de Oriente Medio cuya demografía más se asemeja a la de Israel es Irán. Ambas naciones tienen sociedades jóvenes y educadas. La mayoría de los iraníes mira al futuro y se muestra cada vez más desilusionada con el régimen. A diferencia de gran parte del mundo árabe, hay poca animosidad entre israelíes e iraníes comunes. El odio del régimen es una importación islámica radical, no un reflejo del pueblo. El Israel moderno y de alta tecnología, que permite elegir entre tradición, modernidad o una mezcla de ambas, se presenta como modelo natural para un Irán post-ayatolá.
Durante la guerra de 12 días, el ayatolá Jamenei evocó la batalla de Khaybar, donde, en los albores del islam, Mahoma masacró y exilió a las tribus judías de Arabia —mucho antes de la conquista árabe— no había persas presentes.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, adoptó una visión histórica más larga al dirigirse al pueblo iraní: «La nación de Irán y la nación de Israel han sido verdaderos amigos desde los días de Ciro el Grande. Ha llegado el momento de que os unáis en torno a vuestro legado histórico defendiendo vuestra libertad frente a un régimen malvado y opresor». La implicación: El pueblo judío ahora puede devolver la bondad de Ciro a sus descendientes ayudándoles a eliminar a su opresor común. Si esa paz llega, lo hará a pesar de las Naciones Unidas, no gracias a ellas. Durante décadas, el tan aludido orden basado en normas ha permanecido inactivo mientras uno de sus miembros amenaza abiertamente con aniquilar a otro. A sus 80 años, la organización fundada con grandes esperanzas sigue siendo, inmadura, moralmente inconsistente y cada vez más geriátrica.
Esa paz se forjará donde siempre se ha forjado: entre los propios pueblos, como a lo largo de los tiempos.
Las Naciones Unidas, como los imperios ebrios de su propia grandiosidad, han sucumbido a sus propias contradicciones inherentes. Sin una reforma radical, se enfrenta al mismo destino que esas civilizaciones caídas: la irrelevancia y, en última instancia, el basurero de la historia.
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