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La política de la responsabilidad

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Bejukotai (Levítico 26:3-27:34 )

por Rav Jonathan Sacks

El capítulo 26 de Vaikrá establece con sorprendente claridad los términos de la vida judía bajo el Pacto. Por un lado, hay una imagen idílica de las bendiciones de favor Divino. Si Israel sigue los decretos de Dios y cumple Sus mandamientos, entonces habrá lluvia, la tierra dará sus frutos y habrá paz, el pueblo florecerá, tendrán hijos, y la presencia Divina estará entre ellos. Dios los hará libres. "Yo quebré las barras de su yugo y les permití caminar con la cabeza en alto".

Sin embargo, el otro lado de la ecuación es aterrador: las maldiciones que caerán sobre la nación si los israelitas no honran su misión como una nación sagrada:

"Pero si ustedes no me escuchan y no llevan a cabo todos estos mandamientos… mandaré sobre ustedes pánico, consunción y fiebre ardiente, que hacen languidecer los ojos y angustian las almas; sembrarán en vano sus semillas porque sus enemigos las comerán… Si después de esto no me obedecen, los proseguiré atormentando, siete veces más por sus pecados. Quebrantaré la soberbia de su poder, haré sus cielos como hierro y su tierra como cobre… Convertiré sus ciudades en ruinas y haré que sus santuarios queden desolados, y no oleré sus fragancias placenteras. Haré que su tierra quede desolada, y sus enemigos que habitan en ellas serán desolados… A los sobrevivientes entre ustedes, Yo traeré aprensión a sus corazones en las tierras de sus enemigos; el sonido de una hoja que cruje los perseguirá y huirán como se huye ante la espada y caerán, pero sin perseguidor alguno. (Levítico 26:14-36).

Leído entero, este pasaje se parece mucho a la literatura del Holocausto. La repetición de las frases: "Si después de todo esto… Si a pesar de esto… Si a pesar de todo", parecen golpes de martillo del destino. Es un pasaje demoledor por su impacto, tanto más porque gran parte se volvió realidad en diversos momentos de la historia judía. Sin embargo, las maldiciones terminan con la más profunda promesa del consuelo final. A pesar de todo, Dios no quebrará Su pacto con el pueblo judío. De forma colectiva, seremos eternos. Pueden sufrir, pero nunca serán destruidos. Saldrán al exilio, pero eventualmente retornarán.

Expresado con el mayor dramatismo, esta es la lógica del pacto. A diferencia de otras concepciones de la historia o de la política, el pacto no considera que nada sea inevitable o incluso natural en el destino de un pueblo. Israel no seguirá las leyes habituales de auge y caída de las civilizaciones. El pueblo judío no debe ver su existencia nacional en términos de cosmología, escrita en la estructura del universo, inmutable y fija para todo el tiempo, como lo entendían en la antigüedad en la Mesopotamia y en Egipto. Tampoco deben ver su historia como cíclica, un tema de crecimiento y decadencia. En cambio, su existencia depende por completo de consideraciones morales. Si Israel se mantiene fiel a su misión, florecerá. Si se aleja de su vocación, sufrirá derrota tras derrota.

Hay sólo otra nación en la historia que consistentemente vio su destino en términos similares: los Estados Unidos. La influencia de la Biblia hebrea sobre la historia norteamericana, transmitida por los peregrinos y reiterada desde entonces en la retórica presidencial, fue decisiva. De esta manera describió un escritor la fe de Abraham Lincoln:

Somos una nación formada por un pacto, por la dedicación a un grupo de principios y por un intercambio de promesas de mantener y propulsar ciertos compromisos entre nosotros mismos y con todo el mundo. Estos principios y compromisos son el eje de la identidad norteamericana, el alma del cuerpo político. Ellos hacen de los Estados Unidos una nación singular y especialmente valiosa entre todas las otras naciones. Pero el otro lado de la concepción contiene una advertencia muy similar a las advertencias que los profetas dieron a Israel: si fallamos en cumplir nuestras promesas mutuas, y perdemos los principios del pacto, entonces perdemos todo, porque eso es lo que somos. (1)

La política del pacto es política moral, que impulsa una conexión elemental entre el destino de una nación y su vocación. Esta es la condición de ser un estado no como una cuestión de poder sino como una responsabilidad ética.

Uno podría llegar a pensar que esta clase de política le roba a la nación su libertad Eso fue lo que argumentó Spinoza. "Por lo tanto, este era el propósito de la ley ceremonial, que los hombres no hagan nada por propia voluntad, sino que siempre actúen bajo una autoridad externa, y constantemente deban confesar con sus actos y sus pensamientos que no son sus propios amos". (2) Sin embargo, en este sentido Spinoza se equivocó. La teología del pacto es empáticamente una política de la libertad.

Lo que ocurre en Vaikrá 26 es una aplicación a una nación en conjunto de la proposición efectuada por Dios a individuos al comienzo de la historia humana:

Entonces Dios le dijo a Caín: "¿Por qué te has enfurecido y por qué ha decaído tu rostro? Si mejoraras, ¿no serías perdonado? Pero si no mejoras, el pecado yace a tu puerta y hacia ti será su deseo, pero tú puedes dominarlo". (Génesis 4:6-7)

Dios le dijo que la elección estaba en sus manos. Eres libre de hacer lo que eliges. Pero los actos tienen consecuencias. No puedes comer de más y no hacer ejercicio y mantenerte sano. No puedes actuar con egoísmo y ganarte el respeto de los demás. No puedes permitir que prevalezcan las injusticias y mantener una sociedad unida. No puedes dejar que los líderes usen el poder para sus propios intereses sin destruir las bases de un orden social libre y agradable. No hay nada místico en estas ideas. Es algo eminentemente lógico. Pero también hay aquí una moral ineludible.

Yo te saqué de la esclavitud a la libertad, dijo Dios, y te di la posibilidad de ser libre. Pero no puedo ni quiero abandonarte. No intervendré en tus elecciones, pero te instruiré cuáles son las elecciones que debes tomar. Te enseñaré la constitución de la libertad.

El primer principio, y el más importante, es este: una nación no puede adorarse a sí misma y sobrevivir. Tarde o temprano, el poder corromperá a quienes lo ejercen. Si la fortuna lo favorece y se enriquece, se volverá autocomplaciente y eventualmente caerá. Sus ciudadanos ya no tendrán el coraje de luchar por su libertad, y caerán en manos de otra potencia más espartana.

Si hay grandes inequidades, las personas carecerán de un sentido de lo que es el bien común. Si el gobierno es prepotente y no rinde cuentas, no logrará obtener la lealtad del pueblo. Nada de esto te quita la libertad. Simplemente es el paisaje dentro del cual se ejerce la libertad. Puedes elegir un camino u otro, pero no todos los caminos conducen al mismo destino.

Para mantenerse libre, una nación debe servir a algo más grande que ella misma, nada menos que a Dios, junto con la creencia de que todos los seres humanos fueron creados a Su imagen. La auto-idolatría en una escala nacional lleva al totalitarismo y a la extinción de la libertad. En el siglo XX fue necesario que murieran más de 100 millones de personas para recordarnos esta verdad.

Ante el sufrimiento y la pérdida, hay dos temas fundamentalmente diferentes que un individuo y una nación se deben cuestionar y que llevan a diferentes resultados. El primero es: "¿Qué es lo que yo, o nosotros, hicimos mal?". El segundo es: "¿Quién nos hizo esto?" No es una exageración decir que esta es la opción fundamental que gobierna los destinos de las personas.

Lo último conduce ineludiblemente a lo que hoy se conoce como la cultura de la víctima. Se trata de localizar la fuente del mal fuera de uno mismo. Otro tiene la culpa. No soy yo ni somos nosotros los culpables, sino una causa externa. La atracción de esta lógica puede ser abrumadora. Genera simpatía. Pide y evoca compasión. Sin embargo, es profundamente destructivo. Lleva a la gente a verse a sí misma como objetos, no como sujetos. Están hechos, no son los que hacen. Son pasivos, no activos. Los resultados son ira, resentimiento, rabia y una sensación ardiente de injusticia. Sin embargo, nada de esto conduce jamás a la libertad, ya que por su misma lógica esta mentalidad abdica de la responsabilidad por las circunstancias actuales en las que uno se encuentra. Culpar a los demás es el suicidio de la libertad.

En cambio, culparse a uno mismo es difícil. Implica vivir con una autocrítica constante. No es un camino hacia la paz mental. Sin embargo, nos brinda una fuerza profunda. Implica que precisamente porque aceptamos la responsabilidad por las cosas malas que han sucedido, también tenemos la capacidad de trazar un curso diferente en el futuro. Dentro de los términos establecidos por el pacto, el resultado depende de nosotros. Esa es la geografía lógica de la esperanza, y se basa en la elección que Moshé definiría posteriormente con estas palabras:

Pongo hoy por testigos ante ustedes al cielo y a la tierra; he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Deberás escoger la vida, para que vivas tú y tu descendencia. (Deuteronomio 30:19)

Una de las más profundas contribuciones que la Torá hizo a la civilización occidental es esta: que el destino de las naciones no se encuentra en lo externo, en la riqueza o el poder, el destino o las circunstancias, sino en la responsabilidad moral: la responsabilidad de crear y mantener una sociedad que honre la imagen Divina en cada uno de sus ciudadanos, ricos o pobres, poderosos o menos poderosos.

La política de la responsabilidad no es simple. Las maldiciones de Vaikrá 26 están lejos de brindar consuelo. Sin embargo, el profundo consuelo con el que terminan no es algo accidental ni simples ilusiones. Es el testimonio del poder del espíritu humano convocado a lo más elevado. Una nación que se ve a sí misma como responsable de los males que le acontecen, es también una nación que tiene un poder inextinguible de recuperarse y retornar.

NOTAS

  1. John Schaar, Legitimacy and the Modern State, 291
  2. Spinoza, Tehologico-Political Treatise, capítulo 5



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