La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


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Basado en su entendimiento de los textos judíos, un destacado psicoanalista del siglo XX cuestionó a Carl Jung en el tema de la responsabilidad personal.
En el verano de 1933, Erich Neumann, un joven médico judío que se convertiría en uno de los psicoanalistas más importantes del siglo XX, huyó de Berlín con su esposa y su hijo de un año. Recién salido de la facultad de medicina, él esperaba comenzar su formación como psicoanalista, pero las nuevas leyes antijudías lo hicieron imposible. Era hora de buscar un nuevo hogar.
En su camino hacia la Palestina bajo mandato británico, los Neumann se detuvieron en Zúrich, donde Erich pudo formarse bajo uno de los mayores psicoanalistas de la época: Carl Gustav Jung, discípulo de Freud y fundador de la psicología analítica. Fue un encuentro que marcaría profundamente a ambos, generando algunos de los descubrimientos y controversias psicológicas más importantes del siglo.
Después de varios meses de estudio, Neumann llegó a su patria ancestral como un devoto discípulo de Jung, ansioso por difundir las teorías de su maestro. Al mismo tiempo, se esforzaba por comprender qué significaba ser judío durante este período catastrófico de la historia judía. Separado de sus padres y de su nuevo mentor, Neumann estaba solo.
Neumann escribió Las raíces de la conciencia judía entre 1935 y 1945, bajo la sombra del Holocausto. Fue su intento de articular la singularidad de la cosmovisión judía y los desafíos particulares que enfrentaba en la modernidad. Comenzando con la historia del Monte Sinaí, él resalta que el plan original era que toda la nación judía recibiera la Torá completa, pero quedaron abrumados tras escuchar los dos primeros Mandamientos directamente de Dios y pidieron a Moshé que actuara como intermediario.
“Característicamente, el genio judío permite que su historia fundacional… comience con su propio fracaso catastrófico”, escribe Neumann, quien luego elogia este “rasgo recurrente: la capacidad no sólo de mirar a los ojos a la propia sombra, sino también de ver la dinámica de la vida desarrollarse en el conflicto con esa sombra… Esta tensión, entre una visión clara del fracaso y un testarudo ‘a pesar de todo’, es una de las fuerzas impulsoras de toda la existencia judía”.
De acuerdo con la perspectiva de Neumann, el reconocimiento del fracaso por parte de los israelitas reveló su mayor fortaleza: su aceptación de la responsabilidad personal y su constante crecimiento. Esta idea de Newmann hace eco a fuentes judías anteriores. En Deuteronomio, Moshé informa al pueblo que Dios estuvo complacido con su solicitud de un intermediario. El comentarista medieval Don Isaac Abarbanel explica que, aunque su pedido parecía impropio, Dios reconoció que provenía de una humilde aceptación de sus limitaciones y de un deseo de cumplir la Torá de todos modos. Por desgracia, Neumann pronto descubriría que su mentor no compartía esta visión.
Carl Jung y Erich Neumann
Después de la guerra, Neumann escribió una obra sobre psicología y ética. Al enviar un borrador a Jung para su aprobación, se sorprendió con muchas de las correcciones propuestas, que parecían restar importancia a la responsabilidad personal. “No deseo desalentar la actividad”, escribió Jung, pero luego añadió: “Sólo podemos aprender cómo debe comportarse un grano de maíz entre el martillo y el yunque”. El punto de Jung era que todos estamos abrumados por fuerzas poderosas, ya sean las dinámicas del inconsciente o las exigencias de la existencia física. Aunque podamos considerarnos agentes morales autónomos, para él la verdadera ética significaba resignarse a las circunstancias.
Neumann respondió con firmeza: “El comportamiento ético de la personalidad no puede simplemente experimentarse como el grano de maíz entre el martillo y el yunque”. Neumann había elegido sus convicciones judías por encima de las teorías psicológicas de Jung. El judaísmo defiende la importancia de la responsabilidad personal. Ya siglos antes, Maimónides había escrito que nunca se debe pensar que la vida está predeterminada: “No hay nadie que lo obligue, que decrete sobre él, o que lo arrastre hacia uno de dos caminos. Más bien él, por su propia voluntad y entendimiento, se inclina hacia el camino que elige.”
Pero esta no fue ni la primera ni la más dramática instancia del desacuerdo de Neumann con Jung.
Cuando los nazis llegaron al poder, Jung eligió no oponerse abiertamente. Peor aún, sus escritos en los años 30 contenían declaraciones abiertamente antisemitas. Neumann quedó horrorizado por la ignorancia y la falta de visión de su mentor. ¿Cómo no podía ver lo que se estaba gestando en Alemania?
Neumann sabía que su maestro no era un nazi, y documentos desclasificados revelan que Jung eventualmente se convirtió en un agente encubierto para la OSS, predecesora de la CIA. Pero Neumann también reconocía que los conceptos erróneos iniciales de Jung sobre los judíos provenían de la ignorancia, y reprendió a su mentor por su “ignorancia general de lo judío.” Al parecer, Jung tomó en serio las palabras de su alumno. James Kirsch, otro estudiante judío de Jung, relata que Jung se disculpó personalmente con sus pacientes y amigos judíos. Jung comenzó a explorar el misticismo judío y finalmente acreditó a un líder jasídico temprano, Rav Dov Ber de Mezeritch, con haber “anticipado toda mi psicología en el siglo XVIII”.
Los reproches de Neumann y el arrepentimiento de Jung son ejemplos conmovedores de lo que puede suceder cuando un maestro humilde encuentra a un alumno valiente y con principios. Pero también son una advertencia. Incluso un psicoanalista experimentado puede no ver los puntos ciegos de su propia psique. Sin un intento enfocado de comprender perspectivas ajenas, todos somos víctimas potenciales del odio infundado.
Asimismo, la reducción de la responsabilidad personal por parte de Jung al indefenso “grano de maíz” puede fomentar fácilmente una mentalidad de víctima. Siempre es tentador vernos como oprimidos por fuerzas cósmicas que nos eximen de culpa por nuestros fracasos personales. Especialmente hoy, cuando las redes sociales y la política identificatoria nos alientan a reducir al individuo a sus circunstancias sociales, corremos el riesgo de perder la fe en la capacidad del individuo para trascender a su entorno. Frente a esto, Neumann nos invita a contemplar lo ocurrido en el Monte Sinaí, donde una pequeña nación reconoció sus limitaciones, las aceptó, y marchó valientemente hacia la historia.
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