Una "luz para las naciones", la misión del pueblo judío


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A través de la gratitud, la memoria y la presencia, el judaísmo revela cómo enraizar la felicidad en la bendición y no en la búsqueda.
La alegría es esquiva. La perseguimos en las posesiones, los logros y las experiencias, solo para descubrir que se nos escapa entre los dedos. El judaísmo ofrece una verdad diferente: la alegría no se persigue, se construye. Su cimiento es la gratitud.
La poética y psicológicamente profunda mitzvá de Bikurim, la ofrenda de los primeros frutos, arroja algo de luz sobre este tema. Tras meses de trabajo, un agricultor lleva su cosecha al Templo en Jerusalem y hace una declaración formal. No se trata de un impuesto ni de un diezmo. Es un ritual de memoria y gratitud, a la vez personal y profundamente nacional.
El agricultor recita una historia abarcadora: el exilio ancestral, la esclavitud en Egipto, la redención divina y la llegada a la Tierra Prometida. Solo entonces ofrece sus frutos. No es solo alimento. Es memoria tangible, historia que se puede saborear. Bendición enraizada en el sufrimiento, regada por la promesa.
La Torá ordena entonces: “Y te regocijarás en todo el bien que Hashem tu Dios te ha dado a ti y a tu casa” (Devarim 26:11)
Esto no es un añadido. Es una revelación. La gratitud produce alegría. Al rastrear nuestras bendiciones a través del tiempo, cultivamos el suelo emocional donde florece la alegría.
La psicología moderna lo confirma. La gratitud desvía nuestro enfoque del miedo y la carencia hacia la abundancia y la conexión. Incluso las prácticas de gratitud más simples mejoran de forma constante el bienestar más que las ganancias materiales o los placeres pasajeros. La gratitud interrumpe el sesgo negativo del cerebro y abre espacio para la alegría.
Cuando la felicidad se convierte en una búsqueda, siempre parece estar fuera de alcance. Esa búsqueda interminable alimenta una economía de consumo donde el gasto es el motor, pero la satisfacción siempre se posterga. El resultado es una cultura que consume más que cualquier otra en la historia, pero lucha con niveles crecientes de depresión, ansiedad y un uso récord de antidepresivos. La sabiduría judía rompe ese ciclo. La alegría no se compra, se practica. No surge de la búsqueda sino de la presencia.
La gratitud es una disciplina. A través de rituales como los primeros frutos, las bendiciones después de las comidas y comenzar cada día con Mode Aní, la gratitud se convierte en acción, regular, deliberada y duradera.
La Mishná pregunta: “¿Quién es rico? Aquel que se regocija con su porción.” (Pirkei Avot 4:1) La riqueza no se mide por las posesiones, sino por la capacidad de generar alegría a partir de lo que ya tenemos. El énfasis no está en la porción misma, sino en el acto de regocijarse.
Últimamente he pensado mucho en esto. Mi familia acaba de mudarse a una casa modesta en Israel. No es grande, pero tiene un patio, un pedazo de tierra con una palmera datilera. Cuando veo ese árbol, siento lo que la mitzvá de los primeros frutos intenta expresar, porque soy nieto de una sobreviviente del Holocausto. Mi abuela no deambuló por Aram. Ella deambuló por Bergen-Belsen y Auschwitz. Fue esclavizada por los alemanes. La mitad de su familia fue asesinada. Sin embargo, gracias a una improbable orquestación divina, ahora vivo en la tierra que ella apenas podía llegar a imaginar.
Ella sobrevivió, y nosotros regresamos. Yo, su nieto, no solo tengo libertad, sino también mi propia palmera datilera en la Tierra Prometida.
Estos son mis primeros frutos.
El judaísmo nos enseña a no dar nunca la vida por sentada. Ese es un desafío para nuestra generación. Podemos reservar un vuelo a Israel, visitar el Muro Occidental y plantar un árbol con el Keren Kayemet LeIsrael, y aun así olvidar lo extraordinario que es “ser un pueblo libre en nuestra tierra”. La ofrenda de los primeros frutos nos impide olvidar. Nos abre los ojos a cuán improbable, dirigida y bendita es realmente esta época que vivimos.
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